Siempre me han gustado las historias de espías. Son
la hermana moderna de la novela negra policiaca y como ella se actualiza en un
género sin fronteras y que evoluciona constantemente. Dentro de los espías los hay que buscan el
tirabuzón sorpresivo por encima de la tensión y la credibilidad, como el eterno
007 o el más contemporáneo Burne. A mí me gustan más las encrucijadas morales
que se derivan de un trabajo tan inestable. Más todavía si en algún momento se
ponen en duda las motivaciones de un trabajo que se supedita al romanticismo de
un ideal. Por eso me decepcionó tanto Homeland, tras una primera escena que
parecía que iba a ser precedida de oro puro televisivo. Luego llegaron el enamoramiento de Carrie y
Nicholas y los morritos de Morena Baccarin y empezaron los bostezos. Por eso me
acerqué con reticencias a The Americans en su primera temporada. Una pareja de
espías rusos, cuyos hijos ignoran su condición, en los Estados Unidos de Ronald
Reagan. El fondo de la Guerra Fría es siempre un punto a favor, aunque haya
gente que lo interprete como pasado y prefiera la incertidumbre que generan
otros temas más actuales. Exagerando los años ochenta para algunos es como
ver Los Tudor, obviando que si bien el clima
de distensión rebajó ese escenario, los trasfondos políticos en el binomio
capitalismo-comunismo siguen vigentes hoy en día. Si, además, pensamos que el
guión de la serie de FX está escrito por norteamericanos el asombro es aún
mayor, al llegar a profundizar en multitud de dilemas políticos desde un punto
de vista neutro, limpio de prejuicios y dogmas.
El malabarismo empático comienza cuando a un
espectador (en principio yankee) se le enseñan unos protagonistas rusos que
cometen espionaje y sabotajes múltiples en tierras del Tío Sam. El looping
emocional se dispara cuando vemos que la tapadera perfecta es que estos espías
estén absolutamente integrados en los EEUU, aunque dirigidos en la sombra por
la Madre Rusia. Sus hijos, desconocedores de la misión, nacen, crecen e
interactúan como ciudadanos americanos normales. Para mayor asimilación, la
pareja regenta una agencia de viajes moderadamente próspera. Entonces hay
momentos en que los actores principales se sienten felices con su ‘American way
of life’. Y ahí surge la paradoja absoluta. ‘Estamos –podrían pensar- luchando
contra un modo de vida en el que estamos plenamente integrados y cuyo sueño
americano tiene su mejor ejemplo en nosotros mismos’. Que la tierra de las
oportunidades se haya convertido finalmente en la tierra de ‘sus
oportunidades’ les debe llevar
indefectiblemente a cuestionar si lo que se hace en la Unión Soviética es
mejor. Como toda persona evolucionan y a veces ya no saben si ese dogma
interior, esa exhaustiva preparación que les hizo aptos para su vida encubierta
no pertenece a seres que quedaron lejos, en el pasado. La espada de Damocles
del KGB les recuerda su deber y las posibles consecuencias de dejar de
cumplirlo.
La máxima tensión que se deriva de un escenario
complejo y rico de matices es llevado a la pantalla de manera sobresaliente por
la pareja de protagonistas. Keri Russell, cuyo encasillamiento de niña bonita y
políticamente correcta bebió de las aguas de Malibu Shores para consagrar
definitivamente tanto empalago en Felicity, pasó la prueba de sobra en la
primera entrega, pero en esta segunda está llegando a límites increíbles para
una actriz cuyo techo consideraba bastante predecible. Esa madre abnegada, agente fría y determinada,
esposa pragmática y reflexiva dota al personaje de Elizabeth Jennings de
multitud de escorzos gestuales que hacen
que ambas, actriz y personaje, se fundan ante nuestros agradecidos ojos.
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| Los Jennings en plena misión |
La otra cara de la luna es el galés Matthew Rhys, al que conocía por esa bobada llamada Cinco
hermanos (Brothers & Sisters, para matar al traductor y sus licencias para
traducir lo que se le antoje) y del que, sinceramente, tampoco me esperaba
demasiado. A priori , la pareja sería idónea, con su currículum, para algún
drama romántico de poco nivel, pero nunca para un thriller de espionaje de
tanta altura. Rhys se metamorfosea (Russell también, ojo) en ambiguos
personajes que le ayudan a llevar a cabo sus misiones. Hasta ahí todo normal.
Lo que más me sorprende es que uno de sus alter ego sea de carácter casi
permanente y le obligue a llevar una doble vida, al estilo de la que lleva Bill
Paxon en Big Love. A causa de ello se producen situaciones o conversaciones
entre la pareja protagonista que sin pretenderlo despiertan mi pasmo y, a veces, mi risa, ante lo surrealista de
las mismas. Bravo por el ingenio narrativo.
La familia Jennings se completa con un hijo pequeño,
Henry, irrelevante como tantos otros personajes infantiles. Ajeno a lo que se
cuece, es la parte escéptica a las dudas que generan algunos de los actos de
sus padres en su hermana mayor. Nada más que añadir, más allá de lo abofeteable
que es la voz que le dobla en español. En serio, que esos detalles y más en una
obra notable como esta deberían ser más cuidados. Y llegamos a la adolescente Paige (Holly Taylor), que se
encuentra en una edad en la que una puerta cerrada ya no implica intimidad, sino
invitación a conocer lo que ocurre tras ella. Si esto puede resultar embarazoso
en una familia normal, qué decir de las cajas de Pandora que se pueden abrir en casa de unos comunistas infiltrados en las verdes praderas americanas. Por
ahí va parte de la trama y sólo queda conocer como resolverán los hábiles
guionistas el ineludible descubrimiento.
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| Paige y la política de puertas cerradas |
Como némesis de los protagonistas un actor de mucho
nivel: Noah Emmerich. Emmerich encarna a Stan Beeman, el vecino que trabaja en el FBI. Además, el
agente Beeman se encarga de luchar contra el espionaje soviético en EEUU, reclutando a comunistas con
dudas y destapando a los enemigos del
capitalismo. Beeman es el personaje más ambiguo de la serie. Su relación con la
secretaria de la embajada soviética Nina llega a un nudo emocional y estratégico en el que no se sabe quién
está engañando a quien para sus propósitos. Ambos interpretan un papel que
exige tanta convicción que ellos mismos dudan por momentos de su objetivo
final. Tiene mucho mérito lo de Nina, porque Beeman es del tipo de agente que
consigue con una simple mirada desnudar a su interlocutor. Le acompaña su
preciosa mujer Sandra, con unas facciones que nos recuerdan irremediablemente
al mito ochentero Bo Derek. La similitud de esos pómulos puede ser casual, pero
no es el único guiño que The Americans le hace a la protagonista de Bolero y
10, la mujer perfecta.
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| Beeman y Nina: amor y secretos |
Otro personaje importante es la inquietante Margo
Martindale, como Claudia, el enlace con el KGB. Martindale demuestra que sí
existen papeles idóneos para mujeres de su edad y que su imagen de abuelita
protectora puede ser, igualmente, apta para muy diferentes papeles. En este caso, esa bonhomía aparente esconde una
personalidad dura y calculadora, con la que hay que tener mucho cuidado. Martindale suma mucho en The Americans y cada vez que asoma por la pantalla la zozobra de
la trama es aún mayor.
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| Es aparecer Claudia y la incertidumbre aumenta |
Argumentalmente nada es casual en la serie creada
por Joe Weisberg. Las intrigas, las sospechas y los miedos mantienen al
espectador continuamente en tensión. No con los manidos giros de final de
capítulo que sólo sirven para esperar con ganas el siguiente. Todo lo que ocurre (y
ocurren muchas cosas) no se deja entrever y el tempo de la acción está notablemente construido. La propia tensión de la Guerra Fría está muy bien transmitida
y nos hace partícipes de ella. De repente estamos comprando en un supermercado
en una escena anodina y al momento no dejamos de mirar a todos los lados
buscando aquello que nos acecha y nos perturba.
Aún me queda por ver gran parte de esta segunda
temporada, pero no puedo dejar de pensar en lo que les espera a continuación a
los Jennings. Esa hipnótica atracción es otro fuerte de la serie, al alcance de
muy pocas producciones, pero que en The Americans es tangible. No dejéis de
verla. La América de Ronald Reegan no está tan lejos y la temática no puede ser más
actual.
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| Ronald Reagan, los años ochenta y la Guerra Fría. Una temática apasionante |