viernes, 28 de noviembre de 2014

El poder y la cuarta pared


El mejor ejemplo de que no todos los remakes son malas ideas es la excelente House of Cards de la plataforma Netflix. La primigenia miniserie británica (BBC) intentaba reflejar, a través de Francis Urquhart como protagonista, los resortes del poder en la Gran Bretaña de los años ochenta. Desde un punto de vista feroz, terrible, sin atisbo de compasión, en un crítico retrato de la clase política. Estos cuatro capítulos pueden verse a través del portal youtube, con subtítulos en castellano.

En 2013 Netflix decide crear su versión americana, con trece capítulos vertiginosos, complejos, profundos. Que nos enseñan sin ambages la manera de mantenerse y escalar en el poder, por medio de alianzas, traiciones y una falta de ética y moral apabullantes.
Jackie Sharp y Remy Denton
La elección de Kevin Spacey como Frank Underwood fue una elección acertada, porque nadie como él para encarnar a un político tan lleno de ambición como carente de escrúpulos. Además su relación con la cuarta pared es un sello diferenciador de la serie, aunque ya lo hayamos visto en más productos televisivos. La cuarta pared es la pantalla invisible que separa a una obra, ya sea cine, teatro o televisión, de los espectadores. Cuando alguien, durante la representación, se dirige a los espectadores se llama romper la cuarta pared y es, además de un guiño a la complicidad con el público, un recurso para enfatizar la tensión del momento.
Claire y Frank Underwood
Underwood puede estar departiendo en el Gabinete un tema crucial que en un momento dado girará la cabeza, nos mirará de frente y explicará lo que acabamos de ver o su próxima jugada. Esta técnica que parece importante termina por parecernos lógica y normal y no aleja ni un ápice nuestra atención de lo que estamos viendo: una serie fantástica sobre política.

House of Cards ha terminado su segunda temporada y ya tiene una tercera en camino. Lo que empezó siendo una historia algo lenta y quizá con demasiado por abarcar, se ha ido concretando con un solo objetivo: el poder absoluto. Esta sintetización de la trama no ocurre de hecho entre ambas temporadas, sino en mitad de la segunda. Y no lo hace de manera aleatoria o carente de sentido, pero es un punto de inflexión que el espectador reconoce y asocia con un vértigo dramático que se va acelerando a medida que llega al final y amenaza con descarrilar y llevarse todo por delante.

Francis Underwood está acompañado en su escalada al poder por la fría y calculadora Claire (notable Robin Wright, Globo de Oro a mejor actriz 2014), con quien además de sueños comparte falta de prejuicios, determinación y un lado oscuro. Como toda pareja la relación pasa por mejores y peores momentos. La superación de éstos últimos, y más allá, la manera de hacerlo, conseguirán que nos expliquemos la naturaleza real de esta unión.  Aquí está, en mi opinión una de las virtudes de House of Cards. La capacidad para bosquejar el alma humana cuando esta trata de poner absolutamente todos los recursos al servicio de un fin último. Sin que aparezcan en ningún momento dudas morales o remordimientos que la alejen de su éxito.
Francis en su local de BBQ
Respecto al conjunto del guión la trama política no se sale de lugares comunes, como el equilibrio de poder, la tensión entre partidos (Underwood es demócrata), el poder de las grandes corporaciones, la relación con los medios de comunicación y a través de ellos con la opinión pública, etc. Estamos viviendo una época en que tanto los Media como los entresijos de poder han cobrado especial relevancia en las producciones televisivas. Bienvenidos sean, ambos. A nadie se le escapa que estos temas al ser de rabiosa actualidad necesitan ser, a su vez, un reflejo de su tiempo, de un lugar y un momento determinados. Por ello la actualización de las nuevas tecnologías, la relación con las redes sociales o como se retroalimentan el poder y la calle tiene que ser contados de tal manera que olvidemos por un momento que se trata de ficción.
La periodista Zoey Barnes, cruzando la delgada línea entre lo ético y lo que no lo es 
 House of Cards además de un drama sobresaliente pretende ser un reflejo de una parte de la sociedad. Que esta representación sea una parte tan comprometida como la clase política permite licencias narrativas que nos lleven a encrucijadas donde las posturas se radicalizan y la ingenuidad desaparece ¿Son los políticos así de perversos? ¿O simplemente son personas que han llegado a determinados grados de poder donde no cabe otra manera de actuar? Ahora que está tan de moda la palabra ‘casta’ para definir a la clase política estaría bien que nos preguntásemos cuanto de Frank Underwood hay en nosotros mismos. Sería inocente pensar que la serie de Netflix no pretende, además de entretener, precisamente eso.  

martes, 18 de noviembre de 2014

La vida de Mindy


Una vez consolidada la era de oro de la televisión, el gran reto actual consiste en encontrar a la heredera de las grandes comedias de los años noventa, que marcaron un nivel y unos estándares de calidad difíciles de recuperar. Los ejemplos de ello los conocemos: Frasier, Seinfeld o Friends. Que en la actualidad, la moderadamente buena Modern Family acapare año tras año todos los premios que se otorgan a la mejor comedia dice mucho del vacío que hay en el humor televisivo.

Este hueco y la continua necesidad de equiparar las producciones cómicas a los dramas hacen que se tomen como tales series que, bajo mi modesto punto de vista, distan mucho de serlo. No veo a Girls, a The Big C, ni a Nurse Jackie como comedias. Al igual que no creí que lo fueran Californication o Entourage. Menos intensas y con menos pretensiones por supuesto, pero ¿comedia? A veces quien promueve estas etiquetas lo defiende argumentando que al final todo va enfocado al gran escaparate que son los Emmys y Los Globos de Oro donde estos dramedias (palabro) tendrían escasas posibilidades de competir con dramas puros. En comedia, y más en los últimos tiempos, la competencia es menor y hay más opciones de ganar y salir en los medios, con la consiguiente satisfacción de las cadenas, que obtienen así promoción de su producto gratis. Que Nurse Jackie sea una comedia o un drama es lo de menos para Showtime. Lo importante es la repercusión de los premios. Y a fin de cuentas también hay momentos graciosos ¿no?

Esta última explicación puede tener sentido para alguien que no se tome el género cómico tan en serio como yo. Para mí una comedia lo ha de ser sin ninguna duda, o sino no lo es. Por eso últimamente me he obstinado en encontrar la mejor comedia actual. Tenemos desde Louie o Mulaney y sus monólogos, la excelente The Big Bang Theory (que va ya por su octava temporada), las nuevas y ya canceladas Selfie y Manhattan Love Story (algo raro esta última, porque pintaba bien), la política (y a veces aburrida) Veep de Julia Louis-Dreyfus, la extraña A to Z, la radical You ‘re the Worst, la británica gamberra Scrotal Recall, la que juega con la moral Jane the Virgin, la sátira policiaca Brooklyn Nine Nine, el humor simple de Eagleheart, etc.
Serie de mujeres para mujeres (y hombres sensibles con ganas de reírse)
Dentro de esa amplia oferta me quedo con una sin dudarlo: The Mindy Project. Así a bote pronto la vida de una doctora de ascendencia hindú, con puntuales voces en off de la protagonista (a lo Sexo en Nueva York), con tendencia a recrearse en asuntos frívolos (propios de gente sin problemas económicos) y con un colorido intenso de fondo no es algo que me interese. Pero The Mindy Project es el paradigma de serie que te gusta en función de si amas u odias a su protagonista. No cabe otra opción. Y Mindy Kaling me gusta. Es graciosa, sabe reírse de sus defectos (aunque no al nivel de Lena Dunham en Girls), es competitiva y al final uno se da cuenta que no está haciendo otra cosa que viendo una buena comedia romántica moderna, con una actriz principal que engancha.
Además de unos créditos notables, los carteles promocionales están genial
Mindy Kaling trabaja en una clínica privada donde convive con el irascible Danny (Chris Messina) y el conquistador Jeremy (Ed Weeks). El equilibrio de poder y la búsqueda de Mindy de su propia relevancia en la empresa darán pie a multitud de situaciones divertidas, sin alejarse demasiado de las comedias al uso, pero con un ligero acento novedoso que darán frescor a la serie.    

The Mindy Project, a pesar de ser una idea ya utilizada es valiente porque siendo como es una serie de mujeres (que no para, porque a mí me encanta) rompe con los estereotipos de chicas flacas y obsesionadas con su cuerpo que pululan por la pequeña pantalla. Mindy se gusta (con sus lógicas excepciones, como todos) porque sabe que es encantadora. El que tenga más o menos sobrepeso es sólo un rasgo y ella misma abandera esa máxima de que si te gusta lo que ves te gusta todo. Una mujer que es capaz de hacerte reír mientras está llena de sangre porque tiene la nariz rota es que tiene un don.
Felicidad y buen rollo, para ver y tomar
El aparente defecto de la ligereza de sus problemas y su vanidad mal aceptada va difuminándose para dejar sitio a una mujer inteligente e interesante, con unos compañeros de trabajo que complementan perfectamente la vida (el proyecto) de Mindy. A pesar de que en la protagonista subyace la depresión de mujer que cumplidos los treinta aún no sabe hacia dónde va su vida, las situaciones, tanto las traídas en forma de recuerdos con precisos flashbacks, como las que suceden a tiempo real producen una sensación de felicidad latente que enganchan al espectador. Ese buenrollismo es uno de los puntos fuertes de la serie de FOX. Uno quiere pertenecer al proyecto de Mindy. Participar de sus chistes, de sus dardos irónicos y de sus piques laborales.

Está claro que la fortaleza del producto no está en sus pretensiones. Uno se da cuenta de que la serie te tiene a sus pies cuando llevas tres capítulos seguidos y quieres más. El mejor síntoma de una que comedia ha pasado, sin forzarlo, a nuestra lista de favoritas.          

The Mindy Project puede verse en Cosmo TV, en casi todos los operadores de pago de televisión (Canal +, Orange, Movistar tv, Ono, Euskaltel, etc).     
      

lunes, 3 de noviembre de 2014

55 minutos para aprender a ver


Debe ser muy difícil explicarle a alguien que siempre ha sido ciego en qué consiste la maravilla de poder ver. Captar la profundidad de los colores, las sombras, las diferentes perspectivas que dotan de profundidad un paisaje o los tonos ocres que encierran millones de matices en un bosque otoñal. Todo esto viene a cuento porque no paro de encontrarme con gente que no llegan a poder captar la magia visual que es Boardwalk Empire. Muchos de ellos desanimados por tantas subtramas paralelas al imperio de Nucky Thompson en la floreciente Atlantic City o por (atención SEMI- SPOILER!!!) el final de una segunda temporada que reventó la ley no escrita de que los protagonistas nunca desaparecen.

Boardwalk Empire enseña cómo debe ser un esquema global de guión. Yendo de lo general, en este caso una historia que tiene fechas, nombres e historias, hasta lo particular, donde los creadores puedan dar rienda suelta a su imaginación. Por eso me gusta la serie de HBO. Me habla de cosas que ya he visto, como mafia, ley seca, segregación racial, contrabando, etc. Pero también de pequeños relatos donde la épica cotidiana humana cobra relevancia.

Esta extraordinaria serie termina en esta quinta temporada. Y lo hace acortando sus habituales doce capítulos por ocho. Algo que podría revelar cierto cansancio en los guionistas o inseguridad en cómo cerrar la historia. Con este recelo vi este fin de semana el primer capítulo ‘Los días de oro de los chicos y chicas’ (‘The golden days of boys and girls’) una maravilla visual inaccesible para el cine actual y al alcance solamente de la élite de las producciones televisivas.
Charlie 'lucky' Luciano (Vincent Piazza) escalando poco a poco la poder
Su metraje, cincuenta y cinco minutos, de puro oro televisivo, tendría que ser de obligado visionado para todos aquellos que quieran entrar en la industria de la ficción. Los diferentes escenarios son un crisol de eficacia televisiva, cada una con su diferente trama y con un ritmo propio. (Nuevo SPOILER). No es lo mismo, ni en encuadres, ni en luz, ni la tensión actoral que subyace en una escena para describir a unos convictos negros en un frío bosque trabajando, que la cálida luz que dibuja las prendas blancas de los habitantes de la Habana o las tristes consecuencias del crack económico del 29 en los vendedores de sueños. Todo ello mezclado con un flashback perfecto, que comienza con unos chiquillos recogiendo bajo el mar las monedas que las clases adineradas de Atlantic City les arrojan. Ahí se nos presenta a un pequeño Nucky Thompson en el momento justo en que empieza a comprender que con la honradez nunca va a escapar de su vida de miseria y privaciones.

Steve Buscemi, sigue dando clases magistrales de acción y contención en una misma secuencia. Con silencios que dicen más que mil palabras y que olfatean el mundo con esa suspicacia propia de quien nada tiene y ve peligros a cada paso. Ese instinto luchador que aprende desde niño a no subestimar a la competencia, a no creer en las casualidades y a entender que los errores del pasado, bien utilizados, pueden ser un apoyo más que una rémora.    
Steve Buscemi, como Nucky Thompson, bajo el sol cubano
No voy a tratar de convencer a nadie de nuevo, porque me distrae la belleza de lo que contemplo. Una historia dentro de otra contada en menos de una hora. Y con tantas secuencias extraordinarias, tanta tensión dramática y tantas frases lapidarias que da para pensar semanas. El imperio de Nucky Thompson es una maravilla para el espectador. Qué grande es HBO.   

La quinta y última temporada de Boardwalk Empire puede verse actualmente en Canal +.