lunes, 28 de abril de 2014

Oscuridad y mentiras: True Detective


Vaya por delante que True Detective me ha decepcionado un poco, algo que suele ocurrir cuando las expectativas están por las nubes. Esto es reflejo de que, si bien estamos en la época dorada de las series, llevamos unos años buscando como locos entre las novedades alguna propuesta que recoja el guante de abanderado de la calidad televisiva. Que su nota en ese Sancta sanctorum del cine y la televisión llamado IMDB sea de 9,4 sobre diez tampoco ayudó a rebajar mis pretensiones. 

Más allá de la idea preconcebida, la crítica limpia de prejuicios empieza con una trama difícil de seguir. No porque la rocambolesca línea temporal sea insalvable: tres tiempos mezclados, plagados de flashbacks y que vienen bastante a cuento porque explican también la propia evolución de los dos protagonistas. Sí lo es porque la obra de HBO empieza densa, como atascada en una idea que no termina de germinar. La presentación de los dos detectives se hace presente, pero es torpe y difusa, sin previa. Están ahí, son compañeros y punto. Peor aún es el binomio interrogatorio (¿lo es?) entre el tiempo presente y los actos del pasado donde nos llevan dichas explicaciones. El error no parte de estos dos planos, sino de que estos son lentos y uno se teme entrar en un bucle donde sea imposible salir. La televisión, por mucho adorno interpretativo que lleve consigo necesita de una velocidad mínima para no aburrir al espectador y esta asignatura se la suspendo a su creador Nic Pizzolatto.

La historia en sí de True Detective tampoco es absolutamente novedosa. De hecho la temática me obliga a hacer referencia, por poner un ejemplo, a la cruda Top of the Lake. Sí lo es la manera de contarla. Y ahí radica su fortaleza. El hilo argumental tiene un fondo policíaco, pero conlleva trenzadas las vidas de sus personajes sin puntos de sutura visibles que nos recuerden que estamos hablando de cosas distintas. Esto es muy de elogiar, porque son multitud los productos televisivos donde esto se hace superfluo y lo tocante a la vida personal se convierte en un estorbo. Incorporado a esa base hay un plano más trascendente que tiene como instigador al personaje de Rush Cohle (Matthew McConaughey) y su peculiar manera de ver la vida. Como contrapunto está el pragmático y un punto cínico Marty Hart (Woody Harrelson) y esta diferencia sirve para crear otro nudo interesante en la trama, la relación de ambos y su propia evolución. Ahí True Detective nos lleva por un lado sensible y palpable de las relaciones humanas, donde la continua contraposición de puntos de vista nos hace empatizar aún más con los personajes, discrepar con ellos, justificarlos, absolverlos. En este intercambio de perspectivas entre el pasado y presente y los dos detectives sale a la luz el concepto de verdad y como sus límites son difusos en muchos casos. Las mentiras pasan a ser una herramienta más en el modo de contar las cosas, todo de una manera subjetiva y en función de quien cuenta la historia y la distancia temporal con la misma.
Rush Cohle (Matthew McConaughey) estupendamente caracterizado
Este juego dual de lecturas múltiples de la realidad se sustenta en las interpretaciones prodigiosas de los resucitados Matthew McConaughey y Woody Harrelson. Quizá en McConaughey sea en el primero que nos fijemos, por estar más alejado de los cánones, tanto por su peculiar espiritualidad como por una estética agradecida. Pero los aplausos se van aparejando a medida que el personaje de Marty Hart crece en carisma, sobretodo porque para ello no tiene que renunciar a alejarse del cliché de policía quemado al uso. La caracterización de ambos, sus cambios físicos en el tiempo y su desarrollo en paralelo al caso son una obra de arte y un espejo donde deberían mirarse otras ficciones.

La televisión vuelve a mostrarse como un medio idóneo para rescatar carreras estancadas y los dos espadas de este thriller policíaco son el mejor ejemplo. Woody Harrelson ya no es ese camarero simple de Cheers y Matthew Conaughey ha demostrado que da para mucho más que para inexpresiva sonrisa de comedia romántica. La resurrección artística de ambos es una buena noticia y servirá de estímulo para aquellos actores y actrices que aún son reticentes a la pequeña pantalla.  

La vida y la muerte también tienen su importancia en la serie bandera de HBO para este 2014. Precisamente el dolor de True Detective (un buen drama debe doler) se inicia a través de los dos intérpretes principales y su incapacidad para entender la falta de humanidad que ven en el día a día de su trabajo. Ese padecimiento, que es diferente en ambos personajes por motivos de creencias y modo de pensar, va extendiéndose como un cáncer y les va haciendo más difícil el trabajo policial y la convivencia entre ambos. Esa dualidad entre cielo e infierno viene también de la mano de la religión, siempre presente en la serie, ya sea en su faceta extrema (pero a través de los canales habituales) o incluso de la santería propia de algunas comunidades de Lousiana.      

Los detalles siempre importan y más en una serie que tenía pretensiones de ser grande desde su concepción. Los créditos son parecidos a nuestra Crematorio, con una canción extraña de corte country-folk, pero que termina obligándome a escucharla todos y cada uno de los ocho capítulos. Su propio título ‘Far from any road’ es un guiño al argumento. La fotografía de una Lousiana salvaje y bella es magnífica y le da un carácter propio y una profundidad infinita a los escenarios, lo que sirve de complemento a los puntuales momentos opresivos y claustrofóbicos de la intriga. La banda sonora es bastante aceptable y no desmerece en absoluto, aunque tampoco es el punto fuerte de True Detective
Marty Hart (Woody Harrelson) con su mujer en la ficción, Michelle Monaghan
Por supuesto y en un drama policíaco con tantas dobles lecturas, tantas señales y con un universo propio de sentidos y contrasentidos, no son pocas las teorías que intentan argumentar que lo que parece un final no es más que una enésima mentira y que hay una serie de migas de pan diseminadas en forma de imágenes o palabras a lo largo de la primera temporada que nos convencen de ello. De este modo, la conclusión sería algo absolutamente revolucionario (no digo más) respecto a lo que hemos obtenido. La verdad es que leer estas teorías es bastante entretenido, se tome en mayor o menor consideración, y ayuda a completar el mapa de esta novela noir en imágenes, gracias al obsesivo estudio de cada escena.   

Mi conclusión final de True Detective es que es una serie notable, quizá no tan excelsa como se no has querido vender, pero con un guión muy trabajado y una ejecución técnica impecable. La gestión de las interpretaciones también es perfecta, más allá de las dos estrellas, lo cual tiene su relevancia, porque en este tipo de situaciones el resto del reparto suele bajar varios puntos, pero se nota que la tensión por mantener esos altos cánones se ha mantenido a la altura exigida.     

Parece que habrá en un futuro una segunda temporada, pero a día de hoy las informaciones son un tanto confusas, hasta el punto de que incluso se habla de que la próxima historia tenga una localización y unos protagonistas completamente diferentes. Ya veremos, porque sin duda merecerá la pena esperar y comprobar si HBO sufre en este caso el mal de las segundas temporadas o por si, al contrario, pule los pocos defectos que impiden que True Detective sea una obra definitivamente mayor.   

miércoles, 16 de abril de 2014

Tiempo de glamour y de dragones

Cuesta mucho explicarle a alguien a quien no le gusta Mad Men sus bondades, algo que se convierte en una cuestión de fe si se va más allá y se centra uno en porqué algunos momentos concretos nos han tocado la fibra sensible. Sigo asombrado con los comentarios de los detractores sobre la actual serie estrella de AMC (¿The Walking Dead? zzzzz) aludiendo a su lentitud o a que nunca ocurre nada. Como se suele decir para gustos colores. Pero, ciertamente, en el mundo de los publicistas de Madison Avenue pasan infinidad de cosas. Centrales, residuales o transversales. Y todas tienen sentido en un todo. Quizá esa percepción errónea sea fruto de una cierta impresión de hastío, tras unos primeros capítulos donde se intenta explicar demasiado.

  
Estos errores de base llevan a algunas personas a afirmar que Mad Men es una serie machista. Esto clama el cielo. La creación de Matthew Weiner dibuja unos personajes femeninos extraordinarios. Son ellas y sólo ellas las que emocionan y las que, de manera audaz, provocan los cambios sociales que de fondo tan bien recoge la serie. Vale que lo hacen a través, principalmente, de un personaje masculino vehicular, como es Don Draper. Pero precisamente los anhelos, las insatisfacciones y la eterna melancolía que destila su personaje tienen como epicentro la mujer como concepto. Las mujeres de Mad Men llevan en los ojos la cruz de las heroínas anónimas. Sufren burlas, vergüenza, miradas acusadoras bajo un prima social que las condena por ser lo que son y a la vez querer hacer cosas que las deberían ser ajenas. Cada una lleva escrita en la cara una tragedia. Pero nos emocionan. Y más allá nos muestran como ser pioneras en un mundo hostil, a veces a costa de su propia felicidad.     
Mad Men's women
Si no se es capaz de ver esto es difícil que un producto tan bien hecho te pueda llegar a gustar tanto como a mí y quizá por ahí venga mi alegato, muchas veces estéril, de que algo que me conmueve de esa manera sea capaz de resultar insípido al paladar emocional de otras personas. Y claro que hay un componente fan bajo este punto de vista. Todos los seriéfilos lo somos en mayor o menor medida, al igual que en la ideología hay parte de racionalidad, pero otra menos diáfana de dogma. El cómo se crea este dogma simplemente viendo la televisión es un misterio que otro día intentaré descifrar. Ahora tengo ganas de hablar de dragones.

Abril además del estreno de la última (dividida en dos partes) temporada de Mad Men nos ha regalado la cuarta entrega de Juego de Tronos. Estos regresos conforman una mezcla fantástica, con dos imaginarios completamente opuestos, pero igualmente apetecibles. De momento, y evitando (como suelo intentar siempre) desvelar nada de lo visto, lo que en la tercera temporada se fue cocinando a fuego lento a la espera de un momento culmen que nos dejara boquiabiertos (y vaya si lo hizo), en esta parece que el ritmo empieza a acelerar desde el principio. Se acabaron los juegos de palabras ambiguos y las taimadas confabulaciones. Las cartas sobre la mesa. Y aquí es donde aparece una cuestión que para mí es vital en el éxito de la serie de HBO. La falta de maniqueísmo.
Tyrion Lannister
En una obra mezcla de fantasía, magia y aventura parece que la constatación de la sempiterna lucha entre el bien y el mal sería algo que se da por hecho. Pues no. Aquí hay muchos grises y eso redunda en que Juego de Tronos sea una obra mayor, más allá de sus alucinantes virtudes técnicas. Con ello HBO está diciendo que no es un drama para un público adolescente y manejable. Que su público objetivo es transversal y que solo obedece a dos principios: que la maldad humana  puede ser algo meramente circunstancial, no un sello fijo en nuestro cerebro. Y que no nos encariñemos con ningún personaje, porque en los Siete Reinos la suerte está echada y los preconceptos con los que veníamos de géneros parecidos se hacen añicos ante la temeridad de los guionistas y la mente creativa del autor de las novelas, George R.R. Martin.     
A disfrutar.