viernes, 15 de febrero de 2019

El preciso momento en que el mundo se viene abajo

Comencé a ver The Girlfriend Experience con más dudas que ánimo, impulsado en la búsqueda de algo diferente y con el borroso recuerdo de haber leído una buena crítica. La historia no da para que la imaginación se desborde. Una estudiante de derecho de Chicago comienza a trabajar de becaria en un reputado bufete y al mismo tiempo una amiga le convence para probar un trabajo que le permite ganar bastante dinero como escort (acompañante ocasional de hombres solventes).  

Así, a bote pronto no me interesaba nada. Tampoco ayudaba que hubiera una película homónima del año 2009, dirigida por Steven Soderbergh (sí, el de Erin Brockovich) que fuera un rotundo fracaso. Menos mal que la vida está llena de éxitos construidos sobre cimientos más que dudosos, así que decidí darle una oportunidad.
Un drama con este argumento tiene alarmas automáticas que saltan para avisarnos de que estamos ante un bodrio. Si resalta la encrucijada ética de vender el propio cuerpo por dinero, si se regodea en lo sórdido que resulta hacer el amor con personas extrañas o el atajo que supone conseguir dinero fácil, frente a lo complicado que suele ser hacerlo de otras maneras 'más convencionales'. Pero no hay valoraciones morales de ningún tipo. Y menos mal.

Casi puedo decir que al principio tenía el dedo puesto en el stop para cambiar de opción, pero me empezó a gustar. Sin ruido, sin nada que justificase mi adhesión. Siendo objetivo el guión realista fue básico para ello. Que Riley Keough borde el poliédrico papel también tuvo mucho que ver.
El personaje de Christine/Chelsea es una oda al camaleonismo. En la facultad es una chica aplicada y seria, consciente de que el mundo de la abogacía es una selva y que desde sus primeros años de derecho debe disciplinarse para destacar. En el bufete adopta el papel sumiso y servicial que debe tener en una gran empresa donde es el último (y a prueba) eslabón. Sin embargo, en su papel de compañera de lujo Christine se transforma. A pesar del tipo de trabajo desde el primer momento es consciente de su poder, tanto como para preguntarle a la mujer que le pone en contacto con los elitistas clientes (una moderna Madame) en su primera toma de contacto para qué la necesita.

Puede que la constatación de esa transformación sea algo con lo que podíamos contar, pero no con el hipnotismo con que nos seduce Riley Keough. No así. No con ese control de la situación desde el principio. Esas ideas claras y unas líneas rojas para saber por donde nunca hay que perderse. El binomio entre poder y control y cómo ejerce ambos. Para ser una prostituta novel Chelsea se maneja de maravilla en el proceloso mundo de las carencias masculinas. 
La travesía laboral de Christine le hace ir conociendo cómo funciona su empresa, o al menos cómo es el equilibrio de fuerzas y motivaciones de las personas que la rodean. A su vez va experimentando las posibilidades que le dan sus clientes como escort. Qué esperan de ella y cómo van evolucionando esas relaciones. El grado de cariño y confianza que ella misma debe ir entregando a quien se hace merecedor de ello. Un proceso sumamente interesante y que es verazmente reflejado en la serie. Porque nos pone frente al espejo. Sobretodo a los hombres.

Todo muy interesante y socialmente perturbador. Incómodo. La protagonista maneja demasiadas situaciones en el filo, haciendo malabares entre su vida pública y privada. Entonces, en medio de esa tensión in crescendo llega EL CAPÍTULO.  Blindsided, el noveno capítulo de la primera temporada, número mágico, como en Juegos de Tronos,  que vuelve todo del revés y nos muestra como reacciona una mujer cuando TODO lo que puede salirle mal, le sale mal. Y en el caso de Christine, con su agitada y múltiple vida social es una verdadera hecatombe.
Podría añadir que Chirstine muere matando, que su instinto casi animal para revolverse cuando la intentan hacer daño la hace comportarse como nadie espera, pero todo es una verdad a medias. Lo único real es que es un capítulo que se desarrolla íntegramente en las oficinas de Kirkland & Allen. Y no necesita de más escenarios. Todas el abanico de emociones que se pueden desarrollar son reflejadas en esos escasos 28 minutos de metraje.

Sentir empatía y a través de ella pensar ¿Qué ha pasado? ¿Qué parte concreta me ha descolocado tanto como para ir corriendo a escribir un post sobre ello? Y eso que no he terminado todavía. Y eso que hay una segunda temporada con Carmen Ejogo de protagonista.
 
            

jueves, 7 de junio de 2018

Infiltrados en la realidad



En el libro Segunda Fundación, de Isaac Asimov, la adolescente Arcadia huye hacia su planeta escapando del clima de conspiraciones y miedo donde se haya. Sólo una persona la ayuda en su desesperada fuga. A punto de elegir su destino, en medio de la tensión, algo retumba en su cerebro y se sorprende con la revelación de que su único apoyo es en realidad quien le produce el mayor terror. La persona que le ayuda, sonríe y entiende es de quien tiene que huir lo más rápido y lejos posible.

Ese doble tirabuzón entre el nudo y el desenlace está al alcance de muy pocos elegidos contadores de historias, ya sean narrativa, cine o televisión. Un tono de suspense tan bien generado que produce tensión hasta el límite, para una vez allí, deslizarse en caída libre por el filo que nadie esperaba.

Los aciertos de Oficina de infiltrados, Les Bureau des legendes en el original (todo suena mejor en la lengua de Molière) son muchos. Para empezar explica como nadie el avispero en que se ha convertido la actual Siria. Los objetivos de cada actor político, más allá de la dualidad occidente-oriente y Rusia-EEUU. No hay bueno y malos. Hay intereses. Algunos más evidentes que otros.

El punto de partida de esta estupenda serie es la Dirección General de Seguridad francesa (DGSE), un lugar lleno de secretos y donde los protocolos de seguridad de los que allí trabajan les preparan para conocer hasta un punto exacto. Ni un centímetro más. Los conocimientos por debajo de la cúspide jerárquica son estancos. Y en ese tablero regresa el agente Malotru de su misión, tras seis años en Siria.

Malotru es brillante, comprometido y muy perpicaz. Vuelve a su rutina diaria en la DGSE, se reúne con su hija y retoma su verdadera identidad: Guillaume Debailly. Pero algo ha cambiado en él.  Le cuesta desentenderse de su nombre encubierto, porque encierra una relación secreta que no quiere dar por terminada.

La dualidad entre lo público y privado con la que convive un agente de inteligencia es minuciosamente reflejada en la serie de Movistar +. Las reglas de seguimiento o las que evitan precisamente ser seguido. La manera de entablar contacto con alguien cuya información, directa o indirecta, puede ser un activo y la preparación para tomar distancia emocional con estas personas.

Hay que entender que el enemigo es múltiple y muchas veces adopta la forma de aliado. El Daesh y el Estado Islámico son lo palpable, lo evidente, aunque incluso entre ellos hay diferencias en cuanto a metas y los medios para materializarlas. EEUU, Irán, Turquía, Rusia, Israel, Argelia, el pueblo Kurdo, etc. componen un puzzle geopolítico de difícil solución.

El tono de la historia es una de sus elementos diferenciadores. Me cuesta creerme una trama monocorde, a un nivel pausado o veloz, porque la vida misma no es así. Oficina de infiltrados cuida mucho los momentos. Cuándo y cómo debe ser la tensión. Ese bucle de situaciones que precipita las cosas, pero de manera tan aleatoria que no nos muestra lugares conocidos. No hay atajos de guión para llegar donde esperábamos. Sorprende, sin perder en ningún momento su compromiso con la realidad.

Mathieu Kassowitz, a quien vimos en Amelie, borda el papel de Malotru/Guillaume Debailly/Paul Lefevre. Despierta interés por su sagacidad, por su modo de analizar las situaciones y dar con soluciones. Pero también conmueve. Su lado humano, que no desaparece en ningún momento, es el hilo conductor de todo. Sus miradas, sus dudas, nos presentan a un agente de inteligencia extraordinariamente preparado para lo imposible y sencillamente frágil para lo evidente.

En paralelo la sismóloga Marine Loiseau (interpretada por Sara Giraudeau) es un camaleón emocional dentro de un aspecto inocente. Precisamente su fachada de fragilidad es el punto fuerte desde donde debe engañar a todos. Marine hace tan bien su trabajo que cuando duda en situaciones límite ella misma no tiene claro hasta qué punto la incertidumbre es otra capa más con la que protegerse. Con la que endurecerse.
Las motivaciones de todos los actores principales tienen cabida en el mundo real que conocemos. Ansia de poder, mayor relevancia, libertad de movimiento y saber. Conocer más allá del protocolo previo es la Ítaca cotidiana de la DGSE y sus moradores.Al fin y al cabo la información es poder y manejada de manera conveniente permite tener ventaja frente a los demás.

Excelente trabajo actoral, más allá de unos protagonistas sublimes. Las localizaciones son también las pertinentes, destacando unas oficinas del DGSE, con las que se juega con su localización exterior-interior, en una paradoja entre lo visible y lo oculto. 
   
Zineb Triki, como Nadia El Mansour
De momento este regalo televisivo tiene tres temporadas, con tramas transversales que a veces divergen y otras encuentran puntos en común, con la precisión de una orquesta sinfónica. Se nota que hay un guión principal previo, sobre el que se van dibujando los tramos intermedios, con ingenio y precisión.  

Una cuarta entrega en ciernes alimenta la esperanza de que en breve podamos seguir disfrutando y aplaudiendo esta maravillosa obra, donde se confunden constantemente ficción y realidad.  


lunes, 2 de octubre de 2017

El dolor como punto en común



El comentario más simple y erróneo que he leído sobre Bron-Broen es que es una historia que trata de las aparentemente diferentes maneras de entender la vida de suecos y daneses. Un cliché. Y una bobada. Propia de quien no se ha enterado de nada. De quien puede ser testigo de un precioso eclipse de luna y sigue mirando ensimismado el dedo que lo señala.

A través de una red de casos policiales el puente, que así es como se traduce, es un reflejo de una sociedad herida. No la sueca, la danesa o la nórdica. La nuestra en general, en este espacio y este tiempo que compartimos. Los policías y los criminales muestran cicatrices, experiencias que olvidar y los procesos o motivaciones que se llevan a cabo para intentar superarlas son los que a la postre los colocarán a un lado u otro de la ley. Algunas veces esta línea es casi difusa y hay que saberse todas las leyes para saber dónde poner a cada cual. Otras veces está ya tan lejos que es imposible dar marcha atrás para intentar verla.
El error parte de una vida en la que la felicidad es un sueño imposible. Nadie cuenta que lo más cerca que estamos de ella es cuando emprendemos el camino en su búsqueda. Todo lo demás desde ese punto es un éxodo de incertidumbre donde, sin saberlo, nos vamos alejando más y más del sueño.

El dichoso camino que tenemos que tomar como referencia es otro engaño más. Estamos en un lugar oscuro, sin referencias espaciales y la mente debe dibujar algunas líneas en la nada para seguirlas, en un acto de fe autoimpuesto, del que no podemos culpar a nadie más que a nuestro propio instinto de supervivencia.

Como en otras tantas encrucijadas ciencia y religión demandan nuestra entera atención. Nadie nos explicará nunca que somos caminantes errantes, sin más guía que una estrella lejana y difusa, la cual tenemos la certeza oculta que jamás llegaremos a alcanzar. Ni de lejos.     

Quizá el síndrome de Asperger de Saga Noren simplifica mucho las cosas a la hora de entender ese vacío. Su falta de empatía y el rechazo que con ello provoca no la disuade de seguir el camino más recto hacia lo que ella cree lo correcto. Total el daño ya está hecho e intentar suavizarlo sólo conduce a una pérdida de tiempo, que no ayuda en absoluto a seguir progresando.

La persuasión de Noren es una alegoría de la heroicidad ciega. De quien no quiere cumplidos y tampoco tiene claro cuál es su destino, pero sigue un sendero borroso hasta las últimas consecuencias.

En Bron Broen nadie es feliz. Policías, testigos y sospechosos se van acumulando en una rueda de reconocimiento social donde cada uno ve similitudes donde quiere verlas. No es plan de recopilar todas las carencias que llevan a ese estado de ánimo general de frustración, pero existen y son la verdadera piedra angular de la serie.

Decía Don Draper en Mad Men que la felicidad es sólo una ilusión,  que cuando se consigue, dura un instante y entonces ya queremos más. Puede que incluso ese entramado de puertos intermedios sea también una quimera y hayamos errado el camino desde que dimos el primer paso. 

Las tres historias que tienen como testigo el puente de Oresund duelen. No hay momentos para la autocomplacencia policial, ni para malabarismos intuitivos. La verdad va apareciendo porque se rasca. Y el rascar duele, más si cabe cuando se hace sobre personas cuyas vidas no son precisamente dichosas.

A medida que lo aparente va perdiendo piel se nos muestran situaciones demasiado reales como para que espectador ponga distancia con ellas. Dependencias tóxicas, relaciones desiguales que lo único que consiguen es que vayamos dándole la razón a Saga por ese despego emocional hacia todos y todo.

Se puede pensar que nuestra Asperger es el paradigma de una sociedad enferma. Que Martin aporta el juicio, el tacto emocional del que carece su compañera. En un mundo ideal esa humanidad terminaría por llevar a su terreno a Saga. Con cariño, enseñando a mirar a quien no ve más allá de los hechos. Pero en esa situación estaríamos girando la cabeza de nuevo al dedo.

Los ojos como platos de Saga son los nuestros. Digerimos la realidad con dificultad, con ganas de rebelarnos contra lo que vemos. Un enemigo duro, inmenso e implacable que a veces nos hace desertar y salir huyendo a escondernos, heridos. Martin Rohde, su compañero asume mejor lo que ve. Es humano, accesible, creíble. La fortaleza que irradia se desgaja en algunos momentos porque la vida puede ser insoportable. Duele. Y ser vencidos entra dentro de las posibilidades de las personas.   

Hay algo en el dolor, sobre todo si es compartido, aunque sea por muy diferentes razones, a lo que no llega nunca la felicidad. Ese vértigo de sensibilidad que no para de gritar, hasta que nos hace dejar de oír. La alegría y el bienestar por muy buscados que sean nos llevan a un estado de letargo irresponsable. Esa candidez cómoda, artificial hasta el punto que no hace girar absolutamente nada.

El ritmo trepidante de Bron/Broen es resultado precisamente de eso. Duele mientras la vamos viendo y ese dolor a veces nos deja al borde del abismo. Ayuda bastante la crudeza de los asesinatos, que se recrean en lo sórdido de un modo bastante radical. Es la única licencia que le encuentro a estas historias y puedo entenderlo. Para destacar en una sociedad donde el daño es tan evidente, el crimen debe exagerarse hasta donde la imaginación de los guionistas alcance. Y alcanza muy lejos.


La fotografía es impresionante, con carreteras y paisajes que se funden entre lo bello y la desolación. Los protagonistas, Sofia Helin y Kim Bodnia bordan su papel, cada cual con sus motivaciones y sus propios miedos. Su relación a ratos tensa, a veces extrañamente cercana traspasa la pantalla por su innegable química. Unas tramas complejas y excitantes, montaña rusa de idas y venidas, pero una intriga con criterio y justificada. La banda sonora, Hollow talk, de Choir of Young belivers, puede ser la pieza más bonita que he escuchado para la pequeña pantalla. Y seguramente la más adecuada para el tono del producto al que precede. No podía haber un envoltorio mejor para esta maravilla.       
       

lunes, 21 de noviembre de 2016

San Junipero

Llegué a la cita de ver San Junipero, abrumado por el hype que había provocado en las redes y con una curiosidad bastante grande de saber si haría el mismo efecto en mí. Al cuarto episodio de Black Mirror, de su tercera temporada, le precedían unas excelentes y unánimes críticas.

Me cuidé de leer ninguna que profundizase en  la trama, para no estropear la sorpresa. Y obtuve una respuesta, recubierta de clara decepción. Me explico, pero mejor que dejes de leer si aún no has visto este capítulo.
Caminando del purgatorio al infierno
San Junipero es como una imagen de photoshop con multitud de capas. Como toda la saga de Charlie Brooker trata de las tecnologías y de cómo nos relacionamos socialmente con ellas. Pero también trata de amor. Un amor que a su vez hace bandera del movimiento LGTB, por ser sus protagonistas dos mujeres enamorándose. El contexto temporal son los exuberantes años ochenta, lo cual ejerce como gancho para introducirnos en el desarrollo de una historia cuyo fondo hubiera podido ser cualquiera, pero no es para nada circunstancial que se trate de esta época en concreto.
Lo que a la mayoría de la gente les sirve para empezar a adorar el capítulo, a mí me empieza a generar dudas. Vale sí, son los ochenta, qué de recuerdos me trae, las secuencias  se suceden repletas de iconos y canciones de esos años, pero el envoltorio me parece muy artificial. Por momentos me acuerdo del decorado social y real del Show de Truman, por donde un ingenuo Jim Carrey vagaba.

Por mucho que suene el ‘Heart and soul’ de T Pau noto que me están manipulando emocionalmente. Voy a algún sitio que no es ni tan divertido, ni tan bonito como lo que estoy viendo. El destino en este caso es una paradoja metafísica sobre realidad y ficción. Sobre muerte y eternidad. Siempre me da pereza pensar en estos temas, pero hacerlo medio engañado frente al televisor me hace recordar las religiones, aunque en este caso Charlie Brooker lo pueda justificar con que no empuja en una u otra dirección. Simplemente invita a reflexionar. Como todo Black Mirror.
 
Quizá sea ese poso de intensidad que se le da al nudo lo que me desagrada. Como una cebolla pasada, voy quitándole capas a la trama y me voy quedando sin nada. La relación de amor me aburre sobremanera. Por supuesto que no por prejuicios o distancia emocional con la pareja lésbica. Aún sigo saboreando esa maravilla de Cucumber. E incluso la más profunda Banana, donde las historias de amor LGTB me parecían creíbles y hermosas. Esta de San Junipero no me la creo. Es forzada y a veces absurda.

El trasfondo tecnológico es otra vez manido, porque lleva de la mano el paso del tiempo, la vejez y el final de la vida, que dibujan notas sensibleras que tampoco me llegan. Tras un comienzo bastante esperanzador, preguntas en el aire y un paisaje social llamativo nos quedamos con una invitación a pensar, abocándonos a un final que tenemos bastante claro desde que somos conscientes de los saltos en el tiempo.

Brooker juega con la ventaja de que todos en algún momento (con religión o sin ella) hemos fantaseado con esa idea de la eternidad, donde nuestras vidas son plácidas y bellas. En San Junipero es una especie de purgatorio bien vendido. La vida real es otra cosa, por mucho que la tecnología sea el comodín para inducirnos al todo será posible. Demasiados fuegos de artificio para un truco tan sencillo. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Los maravillosos excesos de Vinyl

Una de las grandes aportaciones generales de Boardward Empire, además de una trama excelente, una ambientación notable y unas actuaciones de primer nivel fue poner de relieve al hasta entonces poco conocido Bobby Cannavale. Un tipo que se comía literalmente la pantalla. Que estremecía con sus miradas, sus gestos, sus aullidos y que merecía trascender más allá de interpretar papeles de jefe mafioso.
Richie Finestra, loco por la música
Esta es una tarea complicada porque los rasgos del actor de New Jersey son inequívocamente italianos, o como mucho latinos (así lo hace como Dr. Cruz en Nurse Jackie). Para la orgía de sexo, drogas y rock and roll, que es Vinyl, Cannavale repite como italoamericano, dando vida a Richie Finestra. Pero su pasión, su temperamento y sus desproporcionados actos podrían firmarlos cualquiera, siempre y cuando esté bajo la presión de un sello discográfico al borde de la bancarrota y que su único apoyo para resistir sea hacerlo bajo el influjo del polvo blanco.  
Cada década tiene sus propias características. Los años setenta fueron la constatación de que el mundo estaba cambiando, la implementación de todas las revoluciones habidas a finales de los sesenta. La liberación de los versos libres frente a lo políticamente correcto. Si en algún lugar todos esos cambios se hicieron notables fue en la capital del mundo occidental: Nueva York. Y el mundo de la música fue una herramienta fundamental en esos cambios.
El Rock & Roll eclosionaba y abría un abanico de variantes brutal, que iban desde la radicalidad del heavy metal hasta la moderación melódica del pop, pasando por la evolución del country y el folk. La música negra también buscaba su espacio. Renegaba bastante del jazz que servía a la élite blanca para el postureo cultureta y quizá por ello bebía de la mano del blues para hacerlo evolucionar hasta el soul más puro, un funky más acorde para las pistas de baile y los primeros platos de mezclas.   
Finestra, con su mujer Devon, Hannibal y Cece 
Cada acorde nuevo podía representar montones de dinero en un modelo de negocio donde los intermediarios copaban las ganancias y solamente los grupos consolidados podían hacerse ricos. La mayor tajada del pastel correspondía a las discográficas. Quemaban literalmente a grupos ávidos de fama, grouppies y dinero. Como la oferta era incluso mayor que la demanda el firmar por una buena discográfica obnubilaba el juicio de los músicos noveles, sin darse cuenta que con ello todo su patrimonio artístico pasaba a perteneces a grandes corporaciones que podían modelar a su gusto las cualidades musicales de los firmantes para adecuarlos a una estrategia comercial definida.
Jamie Vine medrando como descubridora de los Nasty Bits de Steve Jagger (¿hay parecido con el padre?) 
Todos los resortes de marketing estaban preparados desde el momento en que una canción sonaba en una emisora de radio, hasta las tiendas de vinilos, pasando por representantes, listas de mejores canciones, etc. Y en este despiadado mundo Richie Finestra se había movido como pez en el agua, hasta que la mala situación de American Century le obliga a venderla al gigante alemán Polygram  por una cantidad considerable de dinero ¿Está Finestra preparado para dejar de lado la música y sucumbir a una jubilación dorada?  
La plantilla principal de American Century
Por si faltan alicientes a una trama rica y atractiva, la música está presente en Vinyl de una manera contundente. Tanto que a veces parece que la historia es más un complemento de la banda sonora que al revés. Led Zeppelin, Alice Copper, David Bowie, hasta ABBA cobran relevancia para demostrar que el sujeto sobre el que gravita todo no es algo recurrente sino un todo.
Andy Warhol  explorando las emociones ante la cámara de Devon
Los padres de la criatura de HBO son Martin Scorsese y Mick Jagger por lo que los excesos, ese ambiente que se mueve entre lo opresivo y lo liberador cobran sentido. La droga y el sexo también juegan un papel esencial, ambos como compañeros de inhibiciones lúdicas, en un proceso donde lo que importa es hacer historia rompiendo tabús.


Vinyl es una maravilla para los sentidos. Los escenarios setenteros son sórdidamente realistas, la fotografía un filtro fidedigno de aquellos años, la narración un puzzle que se amplía con coherencia a cada capítulo y la música…de la música no digo nada porque hay cosas que es mejor comprobar en primera persona. Cuando la luz cae y empiezan los acordes sólo hay que dejarse llevar por la magia.  

domingo, 13 de diciembre de 2015

The Leftovers: mística y dolor

Desde luego no imagino un grupo de guionistas tan tolerante a las ocurrencias como el equipo de David Lindelof mientras escribían la segunda parte de The Leftovers ¿Qué tal una mujer vestida de novia regando el jardín? Qué bueno ¿Y una pareja copulando en medio de un disturbio? Lo compramos. Únicamente debía existir una premisa: atemperar ese angustioso clima de tristeza existencial de la primera temporada, dándole a la historia un sentido más simbólico para que cada espectador encuentre su propia explicación de lo que ocurre. 

Para quien no haya visto la primera entrega, algo que debería remediarse lo antes posible, el argumento gira sobre la desaparición repentina del tres por ciento de la población de manera repentina. Los primeros compases de la trama servían para calmar la desazón que nos producía el no saber a cuento de qué eso ocurría. Pero la historia no iba de eso y nuestra ansiedad debía centrarse en otros objetivos más difusos y profundos. Si la adaptación de la novela de Tom Perrota hubiera girado entorno al porqué estaríamos hablando de un producto de ciencia ficción, pero estamos viendo algo que nos plantea la dicotomía entre creencia y razón, realidad y ficción, vida y muerte. 
Los Murphy
La verdad es que así expuesto debería servir de poco aliciente para que espectador novel se acerque, pero en este caso el continente es casi tan importante como el contenido y gracias a una fotografía que roza el misticismo, una banda sonora cuidada (y extrañamente heterogénea) y un tempo de la trama estudiado al milímetro se consigue que algo difícil de digerir para el espectador medio se revista de la etiqueta de exquisito y nos obligue a seguir viendo y preguntándonos qué diablos ocurre.

No pasa mucho tiempo hasta que esa dependencia nos vence y queremos saber más, pese a que por momentos nos veamos desbordados ante tal cúmulo de acontecimientos extraordinarios. Lo peor (o quizá lo mejor), en este sentido, es que después de aceptar la premisa de que la desaparición es algo difícil de asimilar, todo lo que sucede después, el duelo, la búsqueda de respuestas, el dolor o las relaciones personales nos parecen no sólo absolutamente asumibles sino reflejo de otras situaciones actuales que nos afectan en mayor o menor medida. La crisis de fe, las masivas inmigraciones o el terrorismo son unas cuestiones que podrían tener su lectura a través de The Leftovers. Quizá incluso si rascamos un poco, podemos  llegar a la conclusión de que muchos de esos problemas están conectados y funcionan entre sí como fichas de domino. Algo posiblemente obvio, pero que gracias a la serie pensamos desde otra perspectiva.      
Jarden, la entrada al paraíso
El uso de los diferentes protagonistas para diferenciar las antagónicas posturas también es un acierto de los creadores. No sólo por humanizar todos los puntos de vista y generar empatía incluso con los actos más radicales, sino porque describen una evolución que a veces les hace estar en un lugar muy diferente de donde partieron.

Quizá lo más desgarrador de la serie es que nos permite observar como el dolor, aún llegando de diferentes maneras y grados, lo vivimos de manera muy parecida vengamos de donde vengamos. Es verdad que la desaparición de alguien nos obliga a decidir si afrontamos el trauma de inmediato o si intentamos permanecer más impermeables al duelo, pero una de las moralejas de la serie es que de una manera o de otra ese dolor se manifestará finalmente, por mucho que evitemos hacerlo.
Razón versus fe y en medio el absoluto desconocimiento. Nada a lo que agarrarse.
Por momentos The Leftovers da un giro completo y plantea qué nos hace felices. Aquí es donde uno se acuerda de la pirámide de Maslow, de filosofía, de conceptos tan amplios y cambiables como amor, familia, seguridad y hogar. Porque este producto de HBO es muchas cosas, pero sobretodo multidisciplinar. Ante cuestiones tan relevantes las tornas giran de nuevo para preguntarnos hasta que punto somos sinceros con nosotros mismos, nuestras prioridades en la vida, quiénes somos en realidad.

Mucho en qué pensar y todo ello gracias a David Lindelof, quien ya nos abrió un tiempo para la reflexión con Perdidos, con la que esta serie guarda alguna similitud. Al final todas las bizarras ideas de los guionistas, que comentaba al principio, tienen un porqué, a diferencia del galimatías de la isla. Hay una estructura, un plan general para que ningún cabo quede suelto.

Un cuento extraño, intenso, duro por momentos  y sensible que si peca de algo es de no ser apto para todos los espectadores. Muchos de ellos no tolerarán de entrada el que el quid de la historia no tenga ninguna relevancia. Pero a veces mirar hacia dentro, a cómo somos, nos puede llevar a sorprendernos más que en los mundos más distantes imaginables. 
Excelsa fotografía

viernes, 16 de octubre de 2015

La mejor comedia en mucho tiempo

  
El comienzo de The last man on earth (El último hombre en la tierra) es rompedor ya de por sí, para ser una comedia. Año 2020, la tierra por culpa de un virus ha borrado todo rastro del ser humano y Phil Miller, el único superviviente, recorre los Estados Unidos en busca de otras personas, con la ayuda de una furgoneta y un megáfono para hacerse notar. Como última opción, escribe en carteles de carretera que hay alguien vivo en Tucson, de donde es y donde se dirige, mentalizado de que con él termina la especie humana.        

Escribir un post sobre estos trece capítulos es un ejercicio complicado si se quieren evitar a toda costa los spoilers, por eso sobre la trama únicamente diré que es muy atractiva, dentro de lo malo que tiene sobrevivir a un apocalipsis y todo eso, la idea de vagar por todo un país, pudiendo coger todo a tu antojo, vivir donde quieras, conducir lo más descabellado que se te ocurra, etc.
Phil Miller y sus colegas esféricos. Cada uno con su nombre. 
Ahora pasemos a lo grave. Al fondo de esta desternillante serie de la FOX: ¿Cuánto de nosotros mismos somos capaces de ocultar para conseguir lo que queremos? Ocultar, en este caso, es un eufemismo grosero de mentir. Porque Phil Miller es un mentiroso compulsivo, además de egoísta, ruin, sucio, manipulador, etc. Will Forte, al que hemos podido ver antes en Nebraska y en la horrible comedia MacGruber, es todo lo malo que un hombre puede ser. Y cuando digo hombre me refiero al sexo masculino, con todos los tópicos exagerados de tal condición.
¿Una piscina llena de alcohol? Esto lo ha pensado antes más de uno
Lo que resulta cómico en The last man on earth es que el personaje de Phil Miller es creíble. Que alguien repulsivo, tan tóxico y embustero  pueda ser concebido como real es gracias a un guión donde, de manera tenue pero efectiva, se nos muestra que al final no deja de ser un pobre hombre por el que sentir lástima. El cinismo de Phil es tal que pasa de reírse del personaje de Tom Hanks en Náufrago por hablar con una pelota de voleibol a fundar su propio club social con pelotas de todas formas y colores. 
La comedia parece muy simple,pero tiene muchísimo más. Tengo tan claro que va a encantar como que si adelanto algo alguien se va a acordar de mi.


Y sin personal shopper
En serio, no quiero contar nada más de esta grata sorpresa, porque merece la pena irse sorprendiendo con cada capítulo. Además son cortos, muy amenos y van a dejar a quien los vea con ganas de saber mucho más en la segunda temporada. Tiene algo que me hace asociarla muy remotamente con Me llamo Earl. Y digo muy remotamente sólo por el tipo de humor, porque dentro de esta nueva generación de comedias, donde muchas se han tomado en serio lo de romper esquemas y hacer algo diferente, ésta es, con diferencia, la que menos va a costar adoptar como referente. Y quererla. Mucho.   
¿Hay alguien ahí?