El comentario más simple y erróneo que he leído sobre Bron-Broen es que es una historia que trata de las aparentemente diferentes maneras de entender la vida de suecos y daneses. Un
cliché. Y una bobada. Propia de quien no se ha enterado de nada. De quien puede
ser testigo de un precioso eclipse de luna y sigue mirando ensimismado el dedo
que lo señala.
A través de una red de casos policiales el puente, que así
es como se traduce, es un reflejo de una sociedad herida. No la sueca, la
danesa o la nórdica. La nuestra en general, en este espacio y este tiempo que
compartimos. Los policías y los criminales muestran cicatrices, experiencias
que olvidar y los procesos o motivaciones que se llevan a cabo para intentar
superarlas son los que a la postre los colocarán a un lado u otro de la ley.
Algunas veces esta línea es casi difusa y hay que saberse todas las leyes para
saber dónde poner a cada cual. Otras veces está ya tan lejos que es imposible
dar marcha atrás para intentar verla.
El error parte de una vida en la que la felicidad es un sueño imposible. Nadie cuenta que lo más cerca que estamos de ella es cuando
emprendemos el camino en su búsqueda. Todo lo demás desde ese punto es un éxodo
de incertidumbre donde, sin saberlo, nos vamos alejando más y más del sueño.
El dichoso camino que tenemos que tomar como referencia es otro engaño más. Estamos en un lugar oscuro, sin referencias espaciales y la mente debe dibujar algunas líneas en la nada para seguirlas, en un acto de fe autoimpuesto, del que no podemos culpar a nadie más que a nuestro propio instinto de supervivencia.
Como en otras tantas encrucijadas ciencia y religión demandan nuestra entera atención. Nadie nos explicará nunca que somos caminantes errantes, sin más guía que una estrella lejana y difusa, la cual tenemos la certeza oculta que jamás llegaremos a alcanzar. Ni de lejos.
Quizá el síndrome de Asperger de Saga Noren simplifica mucho
las cosas a la hora de entender ese vacío. Su falta de empatía y el rechazo que
con ello provoca no la disuade de seguir el camino más recto hacia lo que ella
cree lo correcto. Total el daño ya está hecho e intentar suavizarlo sólo
conduce a una pérdida de tiempo, que no ayuda en absoluto a seguir progresando.
La persuasión de Noren es una alegoría de la heroicidad
ciega. De quien no quiere cumplidos y tampoco tiene claro cuál es su destino,
pero sigue un sendero borroso hasta las últimas consecuencias.
En Bron Broen nadie es feliz. Policías, testigos y sospechosos se van acumulando en una rueda de reconocimiento social donde cada uno ve similitudes donde quiere verlas. No es plan de recopilar todas las carencias que llevan a ese estado de ánimo general de frustración, pero existen y son la verdadera piedra angular de la serie.
Decía Don Draper en Mad Men que la felicidad es sólo una ilusión, que cuando se consigue, dura un instante y entonces ya queremos más. Puede que incluso ese entramado de puertos intermedios sea también una quimera y hayamos errado el camino desde que dimos el primer paso.
Las tres historias que tienen como testigo el puente de
Oresund duelen. No hay momentos para la autocomplacencia policial, ni para
malabarismos intuitivos. La verdad va apareciendo porque se rasca. Y el rascar
duele, más si cabe cuando se hace sobre personas cuyas vidas no son precisamente
dichosas.
A medida que lo aparente va perdiendo piel se nos muestran
situaciones demasiado reales como para que espectador ponga distancia con
ellas. Dependencias tóxicas, relaciones desiguales que lo único que consiguen
es que vayamos dándole la razón a Saga por ese despego emocional hacia todos y
todo.
Se puede pensar que nuestra Asperger es el paradigma de una
sociedad enferma. Que Martin aporta el juicio, el tacto emocional del que
carece su compañera. En un mundo ideal esa humanidad terminaría por llevar a su
terreno a Saga. Con cariño, enseñando a mirar a quien no ve más allá de los
hechos. Pero en esa situación estaríamos girando la cabeza de nuevo al dedo.
Los ojos como platos de Saga son los nuestros. Digerimos la
realidad con dificultad, con ganas de rebelarnos contra lo que vemos. Un
enemigo duro, inmenso e implacable que a veces nos hace desertar y salir
huyendo a escondernos, heridos. Martin Rohde, su compañero asume mejor lo que ve. Es humano, accesible, creíble. La fortaleza que irradia se desgaja en algunos momentos porque la vida puede ser insoportable. Duele. Y ser vencidos entra dentro de las posibilidades de las personas.
Hay algo en el dolor, sobre todo si es compartido, aunque
sea por muy diferentes razones, a lo que no llega nunca la felicidad. Ese
vértigo de sensibilidad que no para de gritar, hasta que nos hace dejar de oír.
La alegría y el bienestar por muy buscados que sean nos llevan a un estado de
letargo irresponsable. Esa candidez cómoda, artificial hasta el punto que no
hace girar absolutamente nada.
El ritmo trepidante de Bron/Broen es resultado precisamente
de eso. Duele mientras la vamos viendo y ese dolor a veces nos deja al borde
del abismo. Ayuda bastante la crudeza de los asesinatos, que se recrean en lo
sórdido de un modo bastante radical. Es la única licencia que le encuentro a
estas historias y puedo entenderlo. Para destacar en una sociedad donde el daño
es tan evidente, el crimen debe exagerarse hasta donde la imaginación de los
guionistas alcance. Y alcanza muy lejos.
La fotografía es impresionante, con carreteras y paisajes
que se funden entre lo bello y la desolación. Los protagonistas, Sofia Helin y
Kim Bodnia bordan su papel, cada cual con sus motivaciones y sus propios
miedos. Su relación a ratos tensa, a veces extrañamente cercana traspasa la
pantalla por su innegable química. Unas tramas complejas y excitantes, montaña
rusa de idas y venidas, pero una intriga con criterio y justificada. La banda
sonora, Hollow talk, de Choir of Young belivers, puede ser la pieza más bonita
que he escuchado para la pequeña pantalla. Y seguramente la más adecuada para
el tono del producto al que precede. No podía haber un envoltorio mejor para
esta maravilla.





