lunes, 21 de noviembre de 2016

San Junipero

Llegué a la cita de ver San Junipero, abrumado por el hype que había provocado en las redes y con una curiosidad bastante grande de saber si haría el mismo efecto en mí. Al cuarto episodio de Black Mirror, de su tercera temporada, le precedían unas excelentes y unánimes críticas.

Me cuidé de leer ninguna que profundizase en  la trama, para no estropear la sorpresa. Y obtuve una respuesta, recubierta de clara decepción. Me explico, pero mejor que dejes de leer si aún no has visto este capítulo.
Caminando del purgatorio al infierno
San Junipero es como una imagen de photoshop con multitud de capas. Como toda la saga de Charlie Brooker trata de las tecnologías y de cómo nos relacionamos socialmente con ellas. Pero también trata de amor. Un amor que a su vez hace bandera del movimiento LGTB, por ser sus protagonistas dos mujeres enamorándose. El contexto temporal son los exuberantes años ochenta, lo cual ejerce como gancho para introducirnos en el desarrollo de una historia cuyo fondo hubiera podido ser cualquiera, pero no es para nada circunstancial que se trate de esta época en concreto.
Lo que a la mayoría de la gente les sirve para empezar a adorar el capítulo, a mí me empieza a generar dudas. Vale sí, son los ochenta, qué de recuerdos me trae, las secuencias  se suceden repletas de iconos y canciones de esos años, pero el envoltorio me parece muy artificial. Por momentos me acuerdo del decorado social y real del Show de Truman, por donde un ingenuo Jim Carrey vagaba.

Por mucho que suene el ‘Heart and soul’ de T Pau noto que me están manipulando emocionalmente. Voy a algún sitio que no es ni tan divertido, ni tan bonito como lo que estoy viendo. El destino en este caso es una paradoja metafísica sobre realidad y ficción. Sobre muerte y eternidad. Siempre me da pereza pensar en estos temas, pero hacerlo medio engañado frente al televisor me hace recordar las religiones, aunque en este caso Charlie Brooker lo pueda justificar con que no empuja en una u otra dirección. Simplemente invita a reflexionar. Como todo Black Mirror.
 
Quizá sea ese poso de intensidad que se le da al nudo lo que me desagrada. Como una cebolla pasada, voy quitándole capas a la trama y me voy quedando sin nada. La relación de amor me aburre sobremanera. Por supuesto que no por prejuicios o distancia emocional con la pareja lésbica. Aún sigo saboreando esa maravilla de Cucumber. E incluso la más profunda Banana, donde las historias de amor LGTB me parecían creíbles y hermosas. Esta de San Junipero no me la creo. Es forzada y a veces absurda.

El trasfondo tecnológico es otra vez manido, porque lleva de la mano el paso del tiempo, la vejez y el final de la vida, que dibujan notas sensibleras que tampoco me llegan. Tras un comienzo bastante esperanzador, preguntas en el aire y un paisaje social llamativo nos quedamos con una invitación a pensar, abocándonos a un final que tenemos bastante claro desde que somos conscientes de los saltos en el tiempo.

Brooker juega con la ventaja de que todos en algún momento (con religión o sin ella) hemos fantaseado con esa idea de la eternidad, donde nuestras vidas son plácidas y bellas. En San Junipero es una especie de purgatorio bien vendido. La vida real es otra cosa, por mucho que la tecnología sea el comodín para inducirnos al todo será posible. Demasiados fuegos de artificio para un truco tan sencillo. 

miércoles, 4 de mayo de 2016

Los maravillosos excesos de Vinyl

Una de las grandes aportaciones generales de Boardward Empire, además de una trama excelente, una ambientación notable y unas actuaciones de primer nivel fue poner de relieve al hasta entonces poco conocido Bobby Cannavale. Un tipo que se comía literalmente la pantalla. Que estremecía con sus miradas, sus gestos, sus aullidos y que merecía trascender más allá de interpretar papeles de jefe mafioso.
Richie Finestra, loco por la música
Esta es una tarea complicada porque los rasgos del actor de New Jersey son inequívocamente italianos, o como mucho latinos (así lo hace como Dr. Cruz en Nurse Jackie). Para la orgía de sexo, drogas y rock and roll, que es Vinyl, Cannavale repite como italoamericano, dando vida a Richie Finestra. Pero su pasión, su temperamento y sus desproporcionados actos podrían firmarlos cualquiera, siempre y cuando esté bajo la presión de un sello discográfico al borde de la bancarrota y que su único apoyo para resistir sea hacerlo bajo el influjo del polvo blanco.  
Cada década tiene sus propias características. Los años setenta fueron la constatación de que el mundo estaba cambiando, la implementación de todas las revoluciones habidas a finales de los sesenta. La liberación de los versos libres frente a lo políticamente correcto. Si en algún lugar todos esos cambios se hicieron notables fue en la capital del mundo occidental: Nueva York. Y el mundo de la música fue una herramienta fundamental en esos cambios.
El Rock & Roll eclosionaba y abría un abanico de variantes brutal, que iban desde la radicalidad del heavy metal hasta la moderación melódica del pop, pasando por la evolución del country y el folk. La música negra también buscaba su espacio. Renegaba bastante del jazz que servía a la élite blanca para el postureo cultureta y quizá por ello bebía de la mano del blues para hacerlo evolucionar hasta el soul más puro, un funky más acorde para las pistas de baile y los primeros platos de mezclas.   
Finestra, con su mujer Devon, Hannibal y Cece 
Cada acorde nuevo podía representar montones de dinero en un modelo de negocio donde los intermediarios copaban las ganancias y solamente los grupos consolidados podían hacerse ricos. La mayor tajada del pastel correspondía a las discográficas. Quemaban literalmente a grupos ávidos de fama, grouppies y dinero. Como la oferta era incluso mayor que la demanda el firmar por una buena discográfica obnubilaba el juicio de los músicos noveles, sin darse cuenta que con ello todo su patrimonio artístico pasaba a perteneces a grandes corporaciones que podían modelar a su gusto las cualidades musicales de los firmantes para adecuarlos a una estrategia comercial definida.
Jamie Vine medrando como descubridora de los Nasty Bits de Steve Jagger (¿hay parecido con el padre?) 
Todos los resortes de marketing estaban preparados desde el momento en que una canción sonaba en una emisora de radio, hasta las tiendas de vinilos, pasando por representantes, listas de mejores canciones, etc. Y en este despiadado mundo Richie Finestra se había movido como pez en el agua, hasta que la mala situación de American Century le obliga a venderla al gigante alemán Polygram  por una cantidad considerable de dinero ¿Está Finestra preparado para dejar de lado la música y sucumbir a una jubilación dorada?  
La plantilla principal de American Century
Por si faltan alicientes a una trama rica y atractiva, la música está presente en Vinyl de una manera contundente. Tanto que a veces parece que la historia es más un complemento de la banda sonora que al revés. Led Zeppelin, Alice Copper, David Bowie, hasta ABBA cobran relevancia para demostrar que el sujeto sobre el que gravita todo no es algo recurrente sino un todo.
Andy Warhol  explorando las emociones ante la cámara de Devon
Los padres de la criatura de HBO son Martin Scorsese y Mick Jagger por lo que los excesos, ese ambiente que se mueve entre lo opresivo y lo liberador cobran sentido. La droga y el sexo también juegan un papel esencial, ambos como compañeros de inhibiciones lúdicas, en un proceso donde lo que importa es hacer historia rompiendo tabús.


Vinyl es una maravilla para los sentidos. Los escenarios setenteros son sórdidamente realistas, la fotografía un filtro fidedigno de aquellos años, la narración un puzzle que se amplía con coherencia a cada capítulo y la música…de la música no digo nada porque hay cosas que es mejor comprobar en primera persona. Cuando la luz cae y empiezan los acordes sólo hay que dejarse llevar por la magia.