miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿Mala True Detective 2? Es estupenda!!!

Uno de los carteles promocionales de HBO para True Detective reza: 'We get the world we deserve' (Tenemos el mundo que merecemos) y ésta podría ser la síntesis pesimista de lo que hemos visto en esta segunda entrega, donde Nic Pizzolatto nos sumerge en una intriga, por momentos bastante compleja, sobre la podredumbre moral de las personas que buscan el poder a toda costa o de quienes ya lo ostentan y quieren más. Políticos, empresarios y funcionarios corruptos tejiendo una tela de araña donde los protagonistas se ven atrapados, con la sensación de que a cada paso que dan se ven aún más envueltos en oscuridad. Ese clima opaco y opresivo se pone ya de manifiesto con la canción de los créditos, ‘Never mind’, interpretada magníficamente por Leonard Cohen, anticipándonos un escenario donde el paraíso californiano de sol y libertad ha tornado en algo mucho más sucio y podrido.

Ese descenso a los infiernos de Dante, porque hay diferentes niveles y pecadores concentrados en cada uno de ellos, parece que puede servir de catarsis a los cuatro protagonistas en la ficticia ciudad de Vinci (¿Vernon?). Los cuatro llevan una existencia envuelta en un halo trágico, donde el pasado está presente y los demonios interiores vigilan. En una especie de huida hacia adelante, la misma sensación de pesimismo absoluto, de que nada bueno puede extraerse de la vida, hace que los tres policías aborden el caso de la muerte del empresario Ben Caspere con la pasión de un suicidio final que al menos de sentido parcial a sus vidas.
Jordan Semyon (Kelly Reilly) a las duras y a las maduras
El personaje interpretado por Vince Vaughn, Frank Semyon, está en un plano similar al de los tres policias, pero tiene otra perspectiva. Cómodamente instalado en un limbo que bordea la ley, la muerte de su socio hace que todo su imperio se desmorone y se vea obligado a cruzar la línea para intentar recuperar lo perdido. Eso le retrotrae a tiempos donde hacía lo que fuera por sobrevivir, incluso cosas por las que ahora su conciencia sí le pide explicaciones. Para ponerle aún más en jaque en este dilema, su mujer, Jordan representa todo lo puro que ve en la vida. Aunque no es ajena al tipo de vida que debe acarrear Frank, ella es el delgado lazo que le une a la esperanza y a un futuro donde puedan, juntos, redimirse. Pero Semyon necesita algo de esa arcadia envenenada para tomar impulso. Un mínimo de dinero que les permita empezar desde cero muy lejos. Y eso es algo que le deben y que piensa recuperar aunque tenga que pasar por encima de todos. Más si cabe cuando percibe que su control se ha convertido en un poder hueco, donde cualquiera es capaz de retarle y muy pocos creen que en las nuevas circunstancias Semyon sea capaz de mancharse el traje para conservar su status. Hay que dar un golpe encima de la mesa. Y bien fuerte para que las ratas salgan asustadas.           
Frank Semyon demostrando quien manda
Por su parte, el detective Ray Velcoro, interpretado magistralmente por el irlandés Colin Farrell aúna trauma y punto de inflexión en un mismo lugar de su pasado. La violación sufrida por su exmujer hace años le llena de incertidumbre sobre la paternidad de su hijo, cuyo parecido físico es bastante exiguo. Ese ataque sexual que fue culminado cuando Frank le dio información sobre el presunto violador y Velcoro decidió tomarse la justicia por su mano. Desde ese momento nace una relación de cierta simbiosis entre ambos, con pequeñas confidencias de Ray, desde el lado bueno de la ley. El policía sabe que ha traspasado la línea, aunque no a tumba abierta, pero se carga de razones cuando piensa que ha merecido la pena. De algún modo la muerte del violador evita una controvertida prueba de paternidad y refuerza su papel de padre, a pesar del divorcio. Ese momento de venganza se convierte en el momento en que su vida toma otro camino. Su matrimonio se viene abajo, su ética policial es discutible y convierte la violencia en una respuesta apropiada para algunas situaciones. La distancia que la va separando de su hijo, poco a poco, le destroza por dentro.
Ray Velcoro, cuando se debe elegir entre uno y mismo y quien más se ama
Ani Bezzerides (la preciosa Rachel McAdams), es una detective arisca y concienzuda que tiene su propio infierno en un episodio de su niñez, bloqueado por su propia mente, donde desaparece de mano de un desconocido, para aparecer días más tarde abandonada en una furgoneta. Parece que ese es el principal motivo por el que odia al sexo masculino. Ese y un padre semi ausente que no ejerce como tal. Ani es un torbellino de dolor que ha construido una coraza para defenderse de todo aquello que la pueda dañar. Es consciente de que en un mundo violento y peligroso debe equilibrar fuerzas a base de que nadie penetre en su círculo de seguridad, porque allí dentro puede ser imprevisible y mortal. Bezzerides es el mejor ejemplo de que en este mundo, inhumano y cruel, las mujeres son aún más víctimas de los excesos del poder.
Bezzerides entrenándose y dando rienda suelta a su rabia
Por último, el joven Paul Woodrugh,  a quien da vida el canadiense Taylor Kitsch, es un excombatiente al que los pecados de guerra no son lo único que le atormentan. Sostiene una relación con una chica hispana a la que no puede dar más de sí mismo porque también se siente atraído por los hombres y no tiene claro qué clase de futuro puede esperar el producto de su ambigüedad secreta. Una acusación de abuso de poder con implicaciones sexuales con una actriz conocida hace que sea apartado de su puesto de motorista de tráfico, hasta que, accidentalmente, encuentra el cadáver de Ben Caspere.
Paul  defendiendo la verdad
Los tres servidores de la ley, que vienen de tres cuerpos policiales distintos, se ven de repente asignados al extraño caso y todos tienen en común el ser óptimas elecciones para servir como carne de cañón para los políticos de turno, que quieren llevar el asesinato y su investigación fuera de los titulares.

La fiscal del caso, Katherine Davis (Michael Hyatt), parece ser la única verdaderamente empeñada en encontrar la verdad. Todos los demás estamentos policiales o del ayuntamiento de Vinci parecen interesados en sumar sombras al caso.

Mi valoración final de la serie es francamente satisfactoria. No termino de entender a aquellos que la culpan de complicada. Y sí, lo es, pero eso acrecienta el realismo de lo que estamos viendo. Las tramas de corrupción y delincuencia son así en la vida real. Quizá hay personas para quienes incluso Epi y Blas precise de repeticiones y explicaciones varias, pero ese no es público de Nic Pizzolatto. Además para eso ya está Homeland.
Así comienza una de las mejores escenas de acción que he visto últimamente
Por el tempo, la fotografía, esas escenas de carretas infinitas como venas, la (sublime) música, una trama veraz y dura y unas actuaciones que no sólo sirven para poner de relieve unas interpretaciones sobresalientes, sino incluso en el caso de los cuatro protagonistas para sacarles de unos papeles cliché, donde parecían encasillados.

Cuando me enteré de que mi tocayo Vince Vaughn iba a ser uno de los cabeza de cartel me hice cruces. Ahora sé que pocos como él habrían aguantado ese mafioso con ánimo redentor, que por momentos nos retrotrae al tristemente desaparecido James Gandolfini en la piel de Tony Soprano. Rachel McAdams levanta un personaje que está siempre al filo de la tormenta emocional. Esa tensión contenida de rabia interior nos lo regala la actriz a quien parece que las protagonistas de comedia romántica se le pueden haber quedado pequeñas.  De Colin Farrell poco se pude decir. Solamente la escena (intentaré spoilear lo mínimo) telefónica con su exmujer donde toma una decisión desgarradora, pero generosa y noble, vale ya por sí misma la pena para ver toda la temporada. No me olvido del ídolo juvenil Taylor Kitsch, a quien cuesta verle más allá de Friday Night Lights, pero sus miradas y silencios nos presagian un actor mucho más grande que no tardará en romper.  

En definitiva, bendita curiosidad que nos hace comprobar por nosotros mismos y bendita la arrogancia de espíritu de contradicción que me hizo desconfiar de las críticas. En un mes veremos de nuevo a Carrie poniendo mohines extraños en Homeland y tendremos las masas a sus pies. Que cosas.  
          
   



            

jueves, 24 de septiembre de 2015

Pilotos de septiembre

La multitud de ficción televisiva hace que debamos elegir ver unas en concreto y desechar otras, lo cual siendo optimistas es un bendito dilema. La a veces ridícula continua angustia del hombre occidental del siglo XXI hace que incluso en esta situación nos fustiguemos por no haberle dado una oportunidad (o una segunda) a algún producto que sí la merecía. Por eso al final terminamos tomando como baremos la temática, la trama o si nos gustan los protagonistas. Personalmente ya he copado mi espacio dedicado a zombies, vampiros y demás criaturas que nos llevan esos lugares comunes donde el miedo, la risa y la vergüenza ajena pueden convivir tranquilamente.Pero hay más elementos a tener en cuenta, claro 

Por ello en las últimas semanas me he dedicado a hacer catas de series. Y me ha sorprendido que las ideas o prejuicios iniciales no hayan sido confirmadas. Es más, a tiempo estoy de que lo que aquí escribo tenga que corregirlo porque alguna serie alce el vuelo o porque otra que empieza bien termine de manera lamentable. 

1992; este retrato de la Italia de los años noventa se ha quedado en muy poco en este primer capítulo. Siempre he comparado la ficción transalpina con la nuestra, por cercanía y porque podría ser un espejo donde mirarnos, pero desde luego lo que he visto está al alcance de cualquiera sin tener que exprimirse demasiado los sesos. Plana y previsible.

Jonathan Strange & Mr. Norrell; la estética dickensiana se mezcla en esta historia de magos con detalles fantásticos. Quizá para paladares a los que este tipo de cosas les sorprendan o exciten su curiosidad. Tras tres capítulos me ha terminado aburriendo.

Cucumber; dramedia sobre un hombre maduro gay en Manchester. No sé si es la foto fija de determinadas relaciones sociales que despiertan mi interés (y no por pertenecer estrictamente al mundo homosexual) o porque Vincent Franklin se come la pantalla, pero estoy enganchado a Cucumber. Me dicen más como giran las órbitas oculares del protagonista, que declamaciones completas de otros, por mucho que se esfuercen.     
Henry Best y sus cuatro grados de dureza del pene. Genial.  
Catastrophe; ¿un embarazo inesperado como preludio de algo más? Bueno, todo muy british. Diálogos agudos, lenguaje malsonante, crítica social y la eterna dicotomía hombre-mujer, que en este caso eleva el envite al ser ella inglesa y él norteamericano. Entretenida y divertida a ratos.  

1864; llegamos a mi mayor decepción. Tras ver, de nuevo, la fantástica recreación de la política danesa, Borgen, esperaba otra cosa del particular trauma histórico danés, en su derrota contra los prusianos y la pérdida de sus territorios más meridionales. Tras dos capítulos, la veo muy pagada de sí misma, con pretensiones de ser algo mucho más grande de lo que es y con tópicos desgastados en busca de un realismo costumbrista que no termina de llegar al espectador.  
True Detective (2); reconozco que ni Colin Farrell ni Vincent Vaughn son santo de mi devoción, más bien lo contrario. Si a eso se suman las críticas hablando de decepción, más si cabe comparado con su primera temporada la cosa pintaba mal. Pero tras tres capítulos me está gustando lo que veo por múltiples razones. Actuaciones notables, ritmo pausado pero firme, más que buena fotografía y una estupenda elección de la música, tanto en los créditos, como después y la elección del momento para sacarla a relucir ¿algo más? sí, una madeja que según se va mostrando aumenta mi curiosidad por saber qué, quiénes, cómo. Quizá al final se estrelle, pero de momento mantiene un nivel alto.  
Una grata sorpresa...de momento. 
Show me a hero; la nueva creación de David Simon está ambientada en el barrio neoyorquino de Yonkers, a mediados de los ochenta. Allí, desde la perspectiva política local se pone foco en el problema de integrar viviendas sociales de población negra marginada entre población de clase media trabajadora. Pinta fe-no-me-nal.   
El guatemalteco Oscar Isaac, ante el papel de su vida
No está mal para para un par de semanas ¿no? Próximas paradas: Mr. Robot, Ray Doovan (3T), The Fall (3T), Regresión.... 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Nacer grande. Morir sin ruido.


Lo más triste que le puede pasar a un producto televisivo que nace con muchas expectativas es que concluya sin que prácticamente nadie se percate de ello. Y morir en silencio podría ser un eufemismo enorme si se utiliza para calificar el final de Mad Dogs. Bodrio, aberración o tremenda tomadura de pelo serían más acertados.

Es una pena, porque todos los que celebrábamos el reencuentro de John Simm y Philip Glenister, tras la estupenda Life on Mars, nos esperábamos algo mucho mejor. Y eso que la cosa prometía: el reencuentro de cuatro cuarentones británicos con un compañero de instituto que ha hecho fortuna, en un lugar tan sugerente y hermoso como la isla de Mallorca. Tras unos efusivos saludos y mientras disfrutan de la mansión del anfitrión, éste les va haciendo reproches, uno a uno sobre cuestiones del pasado. A su vez estos sospechan que la fortuna de su colega quizá no sea tan lícita como pudiera parecer y algo turbio flota en el ambiente.

Con una presentación así es imposible que alguien no compre la idea. Si a eso le añadimos la presencia de Ben Chaplin, el excesivo (pero hipnótico) Marc Warren y dos actrices españolas como María Botto y Leticia Dolera es normal que incluso los norteamericanos hayan hecho una versión cinematográfica de esa continúa huida hacia adelante que es Mad Dogs.

Porque eso es lo que debería ser en esencia esta serie de la Sky1. Un Runaway contínuo, donde el miedo  y la continua tensión nos regalase momentos estupendos. Y a veces lo es. Se parte de la idea de que unos días de vacaciones con amigos no inspiran en absoluto temor. El primer escenario, además, la soleada Mallorca, tampoco es que sea un elemento ajeno como para perturbar a ningún británico, más allá de los diferentes ritmos de vida y algún tópico caducado (Spain: mañana, mañana).     

Pero la serie se mira demasiado al ombligo y quiere que la tensión emocional se plasme en primer plano para que no parezca que los acontecimientos se desarrollen a toda velocidad sin más. Y eso por sí mismo es lo que ralentiza la trama y la hace perder toda su fuerza. Los protagonistas se pierden en discusiones constantemente, pero reitero: cons-tan-te-men-te. Las múltiples posibilidades que dan los cuatro protagonistas de varias el objeto de sus ironías y puyazos hacen que el espectador se pierda en Baxter, Quinn, Buddy, Rick en un inacabable A versus B. Ahora una decisión discutible, después una herida del pasado, caracteres opuestos, etc. Cualquier motivo es bueno para tirarse los trastos a la cabeza. Pereza absoluta.
Un niño brujo en mitad de la pista de aterrizaje ¿porqué no?
Después está lo del cambio de ubicación. Que si bien en al principio parecen un acertado giro del guión terminan cansando ya al llegar a tierras sudafricanas.  La segunda temporada ya se ve un producto sin las ideas claras, para convertirse en algo extraño en la tercera (CIA, sortilegios y brujos, etc.) y convertirse en un monumento a lo absurdo en la última. El final es de los más impresentables que he podido ver nunca y hacen que el final de Perdidos parezca una obra maestra a la coherencia. 

En definitiva buenos ingredientes, un comienzo ilusionante y detrás de eso la nada. Para este viaje no hacían falta estas alforjas.        
Mallorca mola. Y a vista de yate aún más.