Uno de
los carteles promocionales de HBO para True Detective reza: 'We get the world we deserve' (Tenemos el mundo que
merecemos) y ésta podría ser la síntesis pesimista de lo que hemos visto en esta
segunda entrega, donde Nic Pizzolatto nos sumerge en una intriga, por momentos
bastante compleja, sobre la podredumbre moral de las personas que buscan el
poder a toda costa o de quienes ya lo ostentan y quieren más. Políticos,
empresarios y funcionarios corruptos tejiendo una tela de araña donde los
protagonistas se ven atrapados, con la sensación de que a cada paso que dan se
ven aún más envueltos en oscuridad. Ese clima opaco y opresivo se pone ya de
manifiesto con la canción de los créditos, ‘Never mind’, interpretada magníficamente
por Leonard Cohen, anticipándonos un escenario donde el paraíso californiano de
sol y libertad ha tornado en algo mucho más sucio y podrido.
Ese
descenso a los infiernos de Dante, porque hay diferentes niveles y pecadores
concentrados en cada uno de ellos, parece que puede servir de catarsis a los cuatro protagonistas en la ficticia ciudad
de Vinci (¿Vernon?). Los cuatro llevan una existencia envuelta en un halo
trágico, donde el pasado está presente y los demonios interiores vigilan. En
una especie de huida hacia adelante, la misma sensación de pesimismo absoluto, de
que nada bueno puede extraerse de la vida, hace que los tres policías aborden el
caso de la muerte del empresario Ben Caspere con la pasión de un suicidio final
que al menos de sentido parcial a sus vidas.
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| Jordan Semyon (Kelly Reilly) a las duras y a las maduras |
El
personaje interpretado por Vince Vaughn, Frank Semyon, está en un plano
similar al de los tres policias, pero tiene otra perspectiva. Cómodamente instalado en un limbo que
bordea la ley, la muerte de su socio hace que todo su imperio se desmorone y se
vea obligado a cruzar la línea para intentar recuperar lo perdido. Eso le
retrotrae a tiempos donde hacía lo que fuera por sobrevivir, incluso cosas por
las que ahora su conciencia sí le pide explicaciones. Para ponerle aún más en
jaque en este dilema, su mujer, Jordan representa todo lo puro que ve en la
vida. Aunque no es ajena al tipo de vida que debe acarrear Frank, ella es el
delgado lazo que le une a la esperanza y a un futuro donde puedan, juntos,
redimirse. Pero Semyon necesita algo de esa arcadia envenenada para tomar impulso.
Un mínimo de dinero que les permita empezar desde cero muy lejos. Y eso es algo
que le deben y que piensa recuperar aunque tenga que pasar por encima de todos.
Más si cabe cuando percibe que su control se ha convertido en un poder hueco,
donde cualquiera es capaz de retarle y muy pocos creen que en las nuevas circunstancias
Semyon sea capaz de mancharse el traje para conservar su status. Hay que dar un
golpe encima de la mesa. Y bien fuerte para que las ratas salgan asustadas.
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| Frank Semyon demostrando quien manda |
Por su
parte, el detective Ray Velcoro, interpretado magistralmente por el irlandés Colin
Farrell aúna trauma y punto de inflexión en un mismo lugar de su pasado. La
violación sufrida por su exmujer hace años le llena de incertidumbre sobre la
paternidad de su hijo, cuyo parecido físico es bastante exiguo. Ese ataque
sexual que fue culminado cuando Frank le dio información sobre el presunto
violador y Velcoro decidió tomarse la justicia por su mano. Desde ese momento
nace una relación de cierta simbiosis entre ambos, con pequeñas confidencias de
Ray, desde el lado bueno de la ley. El policía sabe que ha traspasado la línea,
aunque no a tumba abierta, pero se carga de razones cuando piensa que ha
merecido la pena. De algún modo la muerte del violador evita una controvertida
prueba de paternidad y refuerza su papel de padre, a pesar del divorcio. Ese
momento de venganza se convierte en el momento en que su vida toma otro camino.
Su matrimonio se viene abajo, su ética policial es discutible y convierte
la violencia en una respuesta apropiada para algunas situaciones. La distancia
que la va separando de su hijo, poco a poco, le destroza por dentro.
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| Ray Velcoro, cuando se debe elegir entre uno y mismo y quien más se ama |
Ani
Bezzerides (la preciosa Rachel McAdams), es una detective arisca y concienzuda
que tiene su propio infierno en un episodio de su niñez, bloqueado por su
propia mente, donde desaparece de mano de un desconocido, para aparecer días
más tarde abandonada en una furgoneta. Parece que ese es el principal motivo
por el que odia al sexo masculino. Ese y un padre semi ausente que no ejerce
como tal. Ani es un torbellino de dolor que ha construido una coraza para defenderse
de todo aquello que la pueda dañar. Es consciente de que en un mundo violento y
peligroso debe equilibrar fuerzas a base de que nadie penetre en su círculo de
seguridad, porque allí dentro puede ser imprevisible y mortal. Bezzerides es el
mejor ejemplo de que en este mundo, inhumano y cruel, las mujeres son aún más víctimas
de los excesos del poder.
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| Bezzerides entrenándose y dando rienda suelta a su rabia |
Por
último, el joven Paul Woodrugh, a quien
da vida el canadiense Taylor Kitsch, es un excombatiente al que los pecados de
guerra no son lo único que le atormentan. Sostiene una relación con una chica
hispana a la que no puede dar más de sí mismo porque también se siente atraído
por los hombres y no tiene claro qué clase de futuro puede esperar el producto de
su ambigüedad secreta. Una acusación de abuso de poder con implicaciones sexuales
con una actriz conocida hace que sea apartado de su puesto de motorista de tráfico, hasta que, accidentalmente, encuentra
el cadáver de Ben Caspere.
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| Paul defendiendo la verdad |
Los tres servidores de la ley, que vienen de tres cuerpos policiales distintos, se ven de repente asignados al extraño caso y todos tienen en común el ser óptimas elecciones para servir
como carne de cañón para los políticos de turno, que quieren llevar el asesinato
y su investigación fuera de los titulares.
La
fiscal del caso, Katherine Davis (Michael Hyatt), parece ser la única
verdaderamente empeñada en encontrar la verdad. Todos los demás estamentos
policiales o del ayuntamiento de Vinci parecen interesados en sumar sombras al
caso.
Mi
valoración final de la serie es francamente satisfactoria. No termino de entender
a aquellos que la culpan de complicada. Y sí, lo es, pero eso acrecienta el
realismo de lo que estamos viendo. Las tramas de corrupción y delincuencia son
así en la vida real. Quizá hay personas para quienes incluso Epi y Blas precise de repeticiones y explicaciones varias, pero ese no es público de Nic
Pizzolatto. Además para eso ya está Homeland.
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| Así comienza una de las mejores escenas de acción que he visto últimamente |
Por el
tempo, la fotografía, esas escenas de carretas infinitas como venas, la
(sublime) música, una trama veraz y dura y unas actuaciones que no sólo sirven
para poner de relieve unas interpretaciones sobresalientes, sino incluso en el
caso de los cuatro protagonistas para sacarles de unos papeles cliché, donde
parecían encasillados.
Cuando
me enteré de que mi tocayo Vince Vaughn iba a ser uno de los cabeza de cartel me
hice cruces. Ahora sé que pocos como él habrían aguantado ese mafioso con ánimo
redentor, que por momentos nos retrotrae al tristemente desaparecido James
Gandolfini en la piel de Tony Soprano. Rachel McAdams levanta un personaje que
está siempre al filo de la tormenta emocional. Esa tensión contenida de rabia interior
nos lo regala la actriz a quien parece que las protagonistas de comedia
romántica se le pueden haber quedado pequeñas. De Colin Farrell poco se pude decir. Solamente
la escena (intentaré spoilear lo mínimo) telefónica con su exmujer donde toma
una decisión desgarradora, pero generosa y noble, vale ya por sí misma la pena
para ver toda la temporada. No me olvido del ídolo juvenil Taylor Kitsch, a
quien cuesta verle más allá de Friday Night Lights, pero sus miradas y
silencios nos presagian un actor mucho más grande que no tardará en romper.
En
definitiva, bendita curiosidad que nos hace comprobar por nosotros mismos y bendita
la arrogancia de espíritu de contradicción que me hizo desconfiar de las
críticas. En un mes veremos de nuevo a Carrie poniendo mohines extraños en Homeland
y tendremos las masas a sus pies. Que cosas.








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