Una de
las grandes aportaciones generales de Boardward Empire, además de una trama
excelente, una ambientación notable y unas actuaciones de primer nivel fue
poner de relieve al hasta entonces poco conocido Bobby Cannavale. Un tipo que
se comía literalmente la pantalla. Que estremecía con sus miradas, sus gestos,
sus aullidos y que merecía trascender más allá de interpretar papeles de jefe
mafioso.
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| Richie Finestra, loco por la música |
Esta es
una tarea complicada porque los rasgos del actor de New Jersey son
inequívocamente italianos, o como mucho latinos (así lo hace como Dr. Cruz en
Nurse Jackie). Para la orgía de sexo, drogas y rock and roll, que es Vinyl,
Cannavale repite como italoamericano, dando vida a Richie Finestra. Pero su
pasión, su temperamento y sus desproporcionados actos podrían firmarlos
cualquiera, siempre y cuando esté bajo la presión de un sello discográfico al
borde de la bancarrota y que su único apoyo para resistir sea hacerlo bajo el
influjo del polvo blanco.
Cada
década tiene sus propias características. Los años setenta fueron la
constatación de que el mundo estaba cambiando, la implementación de todas las revoluciones
habidas a finales de los sesenta. La liberación de los versos libres frente a lo
políticamente correcto. Si en algún lugar todos esos cambios se hicieron notables
fue en la capital del mundo occidental: Nueva York. Y el mundo de la música fue
una herramienta fundamental en esos cambios.
El Rock & Roll eclosionaba y abría un abanico de variantes brutal, que iban desde la
radicalidad del heavy metal hasta la moderación melódica del pop, pasando por
la evolución del country y el folk. La música negra también buscaba su espacio.
Renegaba bastante del jazz que servía a la élite blanca para el postureo
cultureta y quizá por ello bebía de la mano del blues para hacerlo evolucionar
hasta el soul más puro, un funky más acorde para las pistas de baile y los
primeros platos de mezclas.
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| Finestra, con su mujer Devon, Hannibal y Cece |
Cada
acorde nuevo podía representar montones de dinero en un modelo de negocio donde
los intermediarios copaban las ganancias y solamente los grupos consolidados
podían hacerse ricos. La mayor tajada del pastel correspondía a las
discográficas. Quemaban literalmente a grupos ávidos de fama, grouppies y
dinero. Como la oferta era incluso mayor que la demanda el firmar por una buena
discográfica obnubilaba el juicio de los músicos noveles, sin darse cuenta que
con ello todo su patrimonio artístico pasaba a perteneces a grandes
corporaciones que podían modelar a su gusto las cualidades musicales de los
firmantes para adecuarlos a una estrategia comercial definida.
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| Jamie Vine medrando como descubridora de los Nasty Bits de Steve Jagger (¿hay parecido con el padre?) |
Todos
los resortes de marketing estaban preparados desde el momento en que una
canción sonaba en una emisora de radio, hasta las tiendas de vinilos, pasando
por representantes, listas de mejores canciones, etc. Y en este despiadado
mundo Richie Finestra se había movido como pez en el agua, hasta que la mala
situación de American Century le obliga a venderla al gigante alemán Polygram por una cantidad considerable de dinero ¿Está
Finestra preparado para dejar de lado la música y sucumbir a una jubilación
dorada?
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| La plantilla principal de American Century |
Por si
faltan alicientes a una trama rica y atractiva, la música está presente en Vinyl
de una manera contundente. Tanto que a veces parece que la historia es más un
complemento de la banda sonora que al revés. Led Zeppelin, Alice Copper, David
Bowie, hasta ABBA cobran relevancia para demostrar que el sujeto sobre el que gravita
todo no es algo recurrente sino un todo.
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| Andy Warhol explorando las emociones ante la cámara de Devon |
Los
padres de la criatura de HBO son Martin Scorsese y Mick Jagger por lo que los excesos,
ese ambiente que se mueve entre lo opresivo y lo liberador cobran sentido. La
droga y el sexo también juegan un papel esencial, ambos como compañeros de
inhibiciones lúdicas, en un proceso donde lo que importa es hacer historia
rompiendo tabús.
Vinyl es
una maravilla para los sentidos. Los escenarios setenteros son sórdidamente
realistas, la fotografía un filtro fidedigno de aquellos años, la narración un
puzzle que se amplía con coherencia a cada capítulo y la música…de la música no
digo nada porque hay cosas que es mejor comprobar en primera persona. Cuando la
luz cae y empiezan los acordes sólo hay que dejarse llevar por la magia.









