Desde luego no imagino un grupo de guionistas tan
tolerante a las ocurrencias como el equipo de David Lindelof mientras escribían
la segunda parte de The Leftovers ¿Qué tal una mujer vestida de novia regando
el jardín? Qué bueno ¿Y una pareja copulando en medio de un disturbio? Lo
compramos. Únicamente debía existir una premisa:
atemperar ese angustioso clima de tristeza existencial de la primera temporada, dándole a la historia un sentido
más simbólico para que cada espectador encuentre su propia explicación de lo
que ocurre.
Para quien no haya visto la primera entrega, algo
que debería remediarse lo antes posible, el argumento gira sobre la desaparición
repentina del tres por ciento de la población de manera repentina. Los primeros
compases de la trama servían para calmar la desazón que nos producía el no saber a cuento de qué
eso ocurría. Pero la historia no iba de eso y nuestra ansiedad debía centrarse en otros objetivos más difusos y
profundos. Si la adaptación de la novela de Tom Perrota hubiera girado entorno al porqué estaríamos hablando de un producto de ciencia ficción, pero estamos viendo algo que nos plantea la dicotomía entre creencia y razón, realidad y ficción, vida y muerte.
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| Los Murphy |
No pasa mucho tiempo hasta que esa dependencia nos
vence y queremos saber más, pese a que por momentos nos veamos desbordados ante
tal cúmulo de acontecimientos extraordinarios. Lo peor (o quizá lo mejor), en este
sentido, es que después de aceptar la premisa de que la desaparición es algo
difícil de asimilar, todo lo que sucede después, el duelo, la búsqueda de
respuestas, el dolor o las relaciones personales nos parecen no sólo absolutamente
asumibles sino reflejo de otras situaciones actuales que nos afectan en mayor o menor medida. La crisis de fe, las masivas inmigraciones o el terrorismo son unas cuestiones
que podrían tener su lectura a través de The Leftovers. Quizá incluso si rascamos
un poco, podemos llegar a la conclusión
de que muchos de esos problemas están conectados y funcionan entre sí como
fichas de domino. Algo posiblemente obvio, pero que gracias a la serie pensamos desde otra perspectiva.
El uso de los diferentes protagonistas para
diferenciar las antagónicas posturas también es un acierto de los creadores. No
sólo por humanizar todos los puntos de vista y generar empatía incluso con los
actos más radicales, sino porque describen una evolución que a veces les hace
estar en un lugar muy diferente de donde partieron.
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| Jarden, la entrada al paraíso |
Quizá lo más desgarrador de la serie es que nos
permite observar como el dolor, aún llegando de diferentes maneras y grados, lo
vivimos de manera muy parecida vengamos de donde vengamos. Es verdad que la desaparición de alguien nos
obliga a decidir si afrontamos el trauma de inmediato o si intentamos permanecer
más impermeables al duelo, pero una de las moralejas de la serie es que de una
manera o de otra ese dolor se manifestará finalmente, por mucho que evitemos hacerlo.
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| Razón versus fe y en medio el absoluto desconocimiento. Nada a lo que agarrarse. |
Mucho en qué pensar y todo ello gracias a David
Lindelof, quien ya nos abrió un tiempo para la reflexión con Perdidos, con la
que esta serie guarda alguna similitud. Al final todas las bizarras ideas de
los guionistas, que comentaba al principio, tienen un porqué, a diferencia del
galimatías de la isla. Hay una estructura, un plan general para que ningún cabo
quede suelto.
Un cuento extraño, intenso, duro por momentos y sensible que si peca de algo es de no ser
apto para todos los espectadores. Muchos de ellos no tolerarán de entrada el
que el quid de la historia no tenga ninguna relevancia. Pero a veces mirar
hacia dentro, a cómo somos, nos puede llevar a sorprendernos más que en los
mundos más distantes imaginables.
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| Excelsa fotografía |




