domingo, 13 de diciembre de 2015

The Leftovers: mística y dolor

Desde luego no imagino un grupo de guionistas tan tolerante a las ocurrencias como el equipo de David Lindelof mientras escribían la segunda parte de The Leftovers ¿Qué tal una mujer vestida de novia regando el jardín? Qué bueno ¿Y una pareja copulando en medio de un disturbio? Lo compramos. Únicamente debía existir una premisa: atemperar ese angustioso clima de tristeza existencial de la primera temporada, dándole a la historia un sentido más simbólico para que cada espectador encuentre su propia explicación de lo que ocurre. 

Para quien no haya visto la primera entrega, algo que debería remediarse lo antes posible, el argumento gira sobre la desaparición repentina del tres por ciento de la población de manera repentina. Los primeros compases de la trama servían para calmar la desazón que nos producía el no saber a cuento de qué eso ocurría. Pero la historia no iba de eso y nuestra ansiedad debía centrarse en otros objetivos más difusos y profundos. Si la adaptación de la novela de Tom Perrota hubiera girado entorno al porqué estaríamos hablando de un producto de ciencia ficción, pero estamos viendo algo que nos plantea la dicotomía entre creencia y razón, realidad y ficción, vida y muerte. 
Los Murphy
La verdad es que así expuesto debería servir de poco aliciente para que espectador novel se acerque, pero en este caso el continente es casi tan importante como el contenido y gracias a una fotografía que roza el misticismo, una banda sonora cuidada (y extrañamente heterogénea) y un tempo de la trama estudiado al milímetro se consigue que algo difícil de digerir para el espectador medio se revista de la etiqueta de exquisito y nos obligue a seguir viendo y preguntándonos qué diablos ocurre.

No pasa mucho tiempo hasta que esa dependencia nos vence y queremos saber más, pese a que por momentos nos veamos desbordados ante tal cúmulo de acontecimientos extraordinarios. Lo peor (o quizá lo mejor), en este sentido, es que después de aceptar la premisa de que la desaparición es algo difícil de asimilar, todo lo que sucede después, el duelo, la búsqueda de respuestas, el dolor o las relaciones personales nos parecen no sólo absolutamente asumibles sino reflejo de otras situaciones actuales que nos afectan en mayor o menor medida. La crisis de fe, las masivas inmigraciones o el terrorismo son unas cuestiones que podrían tener su lectura a través de The Leftovers. Quizá incluso si rascamos un poco, podemos  llegar a la conclusión de que muchos de esos problemas están conectados y funcionan entre sí como fichas de domino. Algo posiblemente obvio, pero que gracias a la serie pensamos desde otra perspectiva.      
Jarden, la entrada al paraíso
El uso de los diferentes protagonistas para diferenciar las antagónicas posturas también es un acierto de los creadores. No sólo por humanizar todos los puntos de vista y generar empatía incluso con los actos más radicales, sino porque describen una evolución que a veces les hace estar en un lugar muy diferente de donde partieron.

Quizá lo más desgarrador de la serie es que nos permite observar como el dolor, aún llegando de diferentes maneras y grados, lo vivimos de manera muy parecida vengamos de donde vengamos. Es verdad que la desaparición de alguien nos obliga a decidir si afrontamos el trauma de inmediato o si intentamos permanecer más impermeables al duelo, pero una de las moralejas de la serie es que de una manera o de otra ese dolor se manifestará finalmente, por mucho que evitemos hacerlo.
Razón versus fe y en medio el absoluto desconocimiento. Nada a lo que agarrarse.
Por momentos The Leftovers da un giro completo y plantea qué nos hace felices. Aquí es donde uno se acuerda de la pirámide de Maslow, de filosofía, de conceptos tan amplios y cambiables como amor, familia, seguridad y hogar. Porque este producto de HBO es muchas cosas, pero sobretodo multidisciplinar. Ante cuestiones tan relevantes las tornas giran de nuevo para preguntarnos hasta que punto somos sinceros con nosotros mismos, nuestras prioridades en la vida, quiénes somos en realidad.

Mucho en qué pensar y todo ello gracias a David Lindelof, quien ya nos abrió un tiempo para la reflexión con Perdidos, con la que esta serie guarda alguna similitud. Al final todas las bizarras ideas de los guionistas, que comentaba al principio, tienen un porqué, a diferencia del galimatías de la isla. Hay una estructura, un plan general para que ningún cabo quede suelto.

Un cuento extraño, intenso, duro por momentos  y sensible que si peca de algo es de no ser apto para todos los espectadores. Muchos de ellos no tolerarán de entrada el que el quid de la historia no tenga ninguna relevancia. Pero a veces mirar hacia dentro, a cómo somos, nos puede llevar a sorprendernos más que en los mundos más distantes imaginables. 
Excelsa fotografía