domingo, 28 de abril de 2013

‘Falcón’: pasión sevillana con acento inglés



Tercera inversión televisiva de Canal +, esta vez en coproducción con la Sky Atlantic británica y la ZDF alemana, tras los éxitos de crítica (que no de público) de ‘Crematorio’ y ‘¿Qué fue de Jorge Sanz’?

‘Falcón es una miniserie dividida en dos historias (cada una de dos capítulos) basada en las novelas del británico Robert Wilson: ‘El ciego de Sevilla’ y ‘Condenados al silencio’. En ellas se cuenta la vida del inspector Javier Falcón, en un Sevilla bella y moderna, aunque no exenta de oscuros intereses y personajes.

Un rasgo esencial en esta serie es que está hecha en inglés, con el neozelandés Marton Csokas dando vida a Falcón y con el evidente choque cultural que nos produce escuchar a personajes sevillanos en la lengua de Shakespeare. La versión doblada al español tampoco ha solucionado el problema, porque su castellano tan neutro nos recuerda constantemente que nuestros protagonistas son ajenos a la capital andaluza, aunque los escenarios, las luces y los fondos nos ofrezcan continuamente una Sevilla de la que es muy fácil enamorarse.
 
Una Sevilla preciosa
Las tramas de las dos historias son bastante enrevesadas. No he leído las novelas de Wilson, pero entiendo que son lo suficientemente atractivas como para que alguien pensara en ellas plasmadas en la pequeña pantalla; y a la vez lo suficientemente densas como para que dos capítulos por novela sean insuficientes para no enredar demasiado el argumento y que nos veamos por momentos saturados de información.

El protagonista, Javier Falcón, es el enésimo policía torturado, con un pasado turbio y con secretos alejados de la moralidad que se le presupone a un guardián del orden. Sus relaciones con las mujeres también son un elemento importante, a la vez que la sensualidad de éstas es una metáfora de la preciosa Hispalis representada. Por contra, o de manera complementaria, la saña y crudeza de los crímenes muestra la cara tenebrosa de una ciudad y unos habitantes siempre presentes de fondo.
 
Javier Falcón y Consuelo Jiménez
Aunque se sustenta en varios tópicos, como la religión o las corridas de toros, no llega a extremos patéticos ‘danbrownianos’ y se nota el amor y el respeto del autor por Sevilla. Una ciudad sitiada por el calor, pero también por una atractiva arquitectura, bañada por una luz mágica siempre presente y con el eco de unos sevillanos ávidos de terminar su trabajo para socializar en bares y restaurantes, con alegría y cierto glamour.
 
El venezolano Santiago cabrera, con el Guadalquivir de fondo
Entre los personajes secundarios me llama la atención la británica Hayley Hatwell, como Consuelo Jiménez, la Aliena de ‘Los Pilares de la Tierra’ y más recientemente la viuda del capítulo ‘Be Right Back’ de ‘Black Mirror’ y el venezolano Santiago Cabrera (Isaac Méndez en ‘Héroes’) dando vida al juez Esteban Calderón.
 
La bella Hayley Hatwell como Consuelo
‘Falcón’ es atrevida en su concepto y algo trabada en su ejecución, pero no deja indiferente y mejora a medida que nos acostumbramos a su irregular ritmo. Un espectáculo visual, con actuaciones sobrias y un cliffhanger final que nos inclina a pensar que Robert Wilson verá más novelas suyas recreadas en la televisión, con Canal + como anfitrión.   

domingo, 21 de abril de 2013

'Mildred Pierce': en busca del sueño americano



Por fin encontré hueco para ver los cinco capítulos de los que se compone esta miniserie de la HBO (2011), que tratan sobre la vida de una mujer de mediana edad, que intenta salir adelante tras una separación en plena depresión de los años 30 en California. ‘Mildred Pierce’ es una versión extendida y para la televisión de la original de Michael Curtiz (1945) protagonizada por una excelsa Joan Crawford y que tuvo en nuestro país el extraño nombre de ‘Alma en suplicio’.  La traducción, a pesar de lo rimbombante, se ajusta a lo que en aquella época se demandaba a este tipo de dramas: una congoja continua, porque siempre hay alguna faceta en la vida que descarrila, por mucho empeño que se ponga en lo contrario.   
Joan Crawford, en la versión de Michael Curtiz
El argumento no ha envejecido mal, porque el tema de la crisis económica es un asunto candente y es, en principio, el tema principal, alrededor del que gira todo lo demás. Un escenario dramático donde se tiene que elegir entre reducir las expectativas sociales o pasar hambre. De hecho, al principio de la serie, hay varias escenas curiosas,  respecto a la crisis y los parados, que son de rabiosa actualidad en nuestro contexto temporal y geográfico.
También  es  una cuestión de superación personal por medio del trabajo, en una sociedad tan neoliberal y protestante como la norteamericana, donde la culminación de la realización personal pasa, ineludiblemente, por el éxito profesional.  Por último, y es la cuestión que centra el final de la serie y de manera circular, los cinco capítulos en su conjunto, la búsqueda de los equilibrios afectivos que hagan posible una paz interior necesaria para poder seguir adelante.
Con las tartas comienza todo
Sobresale, como podría suponerse, la actuación de Kate Winslet, desencarnada en el dramatismo, diligente en la acción y cándida en lo afectivo. Es un papel para el lucimiento o para el caos, porque no se deja ni por un momento a otro personaje dominar la trama y son muchos los cambios de registro actorales que, hacen que sea un caramelo para una buena actriz dispuesta a darlo todo. La actriz de ‘Titanic’ supera la prueba con buena nota, pese a enfrentarse a un desafío tan grande como es la comparación con Joan Crawford.
Mildred Pierce es pionera porque tiene que serlo. Se ve sola, sin ingresos y con dos hijas a las que rebajar el nivel de vida supone en sí mismo un drama. Todo intentando no condenar a su propia familia a una situación de penuria y hambre y buscando una salida momentánea desde donde pueda, con el tiempo, despegar.
James Legros, como Wally Burgan
La historia cae en demasía en lo folletinesco, consciente quizá de ello y sustentándose en un atrezzo y unos exteriores más que notables. Quizá es en estos aspectos técnicos donde la serie quiere marcar diferencias y donde nos recuerda que estamos ante un producto HBO, a sabiendas que no va a ser la vida de los Pierce, por mucho que el guión se haya querido actualizar 65 años más tarde, lo que va a deslumbrar por su contenido a los espectadores.
Monty Baragon (Guy Pierce) y la buena vida
Kate Winslet está acompañada de un irregular Guy Pierce. El actor inglés de origen, en el papel del vividor Monty  Beragon es una suma de clichés demasiado planos. No hay nada en sus actos que nos hagan pensar que puede actuar de manera diferente de como esperamos que lo haga y en la manera en que retrata a ese aristócrata venido a menos.
Mary Winningham. Pocas bromas.
Sobresale la veterana Melissa Leo ('Treme') como amiga y consejera de Mildred, James Legros, muy bien caracterizado, el sobrio Bryan F. O’Byrne (su exmarido) y el rostro contundente de Mary Winningham (como Ira). Obvio, a propósito a las dos actrices que hacen de hija mayor en diferentes etapas, Veda Pierce, por insulsas, abofeteables y, sobretodo, prescindibles como actrices.
Tan mal maquillada que parece un travelo
Me esperaba más de un producto cuya historia no está a la altura de su plasmación técnica y menos aún de los parabienes con los que me la habían aconsejado, a pesar del buen papel de Kate Winslet.  Me quedo, sin embrago,  con algunos exteriores sobresalientes, cuyas casas y conjuntos residenciales, unidos a la ética social-familar imperantes en la época, plasman el sueño americano de manera perfecta.  

lunes, 8 de abril de 2013

Contracorriente



A veces no es todo amor lo que uno profesa por la ficción televisiva. Siempre se resalta lo que nos gusta y tratamos de olvidar lo que nos ha decepcionado. Entra dentro de la naturaleza humana. Lo que aún es más complejo y difícil de evaluar ocurre cuando nuestros gustos chocan frontalmente con lo que la mayoría entiende como buen producto o, aún peor, cuando la crítica especializada está encantada con algo que nos deja fríos, en el mejor de los casos. Voy a hacer un recorrido por cuatro ejemplos de series que triunfan, en número de seguidores o a nivel de reconocimiento de la industria, pero que están a años luz de lo que considero apropiado para ver.

'The Walking Dead’; que un libro (un cómic en este caso) sea mejor que su plasmación en la pantalla no es nuevo y se contrarresta rápidamente tachando de cultureta o talibán de lo original (según) a quien ose decir tal cosa. Como soy consciente de que las historias de zombis, en escenarios apocalípticos no me llaman mínimamente la atención, me extrañó verme hipnotizado por los cómics de Robert Kirkman. Sorpresa apoyada en que la primera temporada televisiva, visionada con anterioridad, me pareció malísima. Sí, unos efectos estupendos, una realización técnica acorde con la cadena, AMC, pero unos guiones soporíferos donde sólo quedaba esperar donde llegaba el susto del zombi extraviado. ¿Por qué el cómic deja cliffhangers estupendos entre cada capítulo y la serie no?  Para mi esta producción no está a la altura, ni del cómic, ni de lo que los fans esperan de ella, por mucho eco mediático de que venga precedida.  
Fusiles, pistolas, ¿ballestas? porqué no. Todo vale.
‘Sexo en Nueva York’; las andaduras de Carrie Bradshaw y sus amigas siempre me han resultado ridículas y grotescas. Aún bajo la posibilidad de ganarme enemistades, sobre todo entre el público femenino (sí, parece un cliché, pero hacer una encuesta), no se sustenta que las aspiraciones de muchas mujeres se reduzcan a emular las frivolidades imposibles de estas cuatro petardas. Que las compras compulsivas de productos de lujo sean el cénit de la felicidad o que la realización personal llegué, indefectiblemente, tras asistir a todas las fiestas de moda de Manhattan, luciendo modelazo de Prada y unos Manolo’s. Creo que la vida es menos frívola que eso.    
Oda al realismo. Casi me vuelvo con los zombis...
‘A dos metros bajo tierra’; ya me despaché a gusto con esta creación de Alan Ball http://vic-offtopic.blogspot.com.es/2012/09/enterrando-seis-metros-bajo-tierra.html  y sigo en mis trece de que es la serie más sobrevalorada de la historia. Para poder criticar a gusto me sometí al calvario de verla entera, no sin largos tiempos de parón, momento en el que entusiastas fans de la familia Fischer me animaban a resistir, odisea tras la cual entendería el porqué de tantos aplausos y parabienes. Claro que entre tantas temporadas y tantos personajes había algo salvable, pero era tan poco y tan breve que al final se perdía en las interminables broncas existencialistas, ya fueran de índole familiar o en el ámbito de la pareja. Todo para dejarnos mensajes condescendientes y (ejem) poéticos. Hay discursos de Fidel Castro menos aburridos que ‘Six Feet Under’. Aviso.
¿Otra amena discusión en casa de los Fischer? Que raro. 
Damages; hay que ser muy fan de Glenn Close para que esta serie te llegue. Nunca he podido con las actrices (o actores) que viven del histrionismo y que sólo me resultan salvables cuando hacen un ejercicio de contención extremo. Por eso me gustó en ‘La casa de los espíritus’ y también por ello me encantó en ‘The Shield’ como Capitana Rawling. Pero, en ‘Damages’ (aquí ‘Daños y Perjuicios’) está desatada. Miss Close es una colección de muecas y gestos exasperantes, que me hacen preguntarme cada cierto tiempo la exacta naturaleza de ese desorden nervioso. Su partener no acompaña. Me imagino el casting previo en búsqueda de una mujer joven lo más plana posible y chapeu! Eligieron a la flemática Rose Byrne.    
                                                                                                                                                
No digo que el hilo argumental de la serie sea malo, aunque ciertamente va mejorando tras unos comienzos incoherentes. Pero está claro que si en una producción televisiva no paramos de alabar a los secundarios es que algo falla. Ojo a la lista: Ted Danson, Campbell Scott (‘Elegir un amor) Zeljo Ivanek (‘True Blood’), Marcia Gray Harden, Michael Nouri (‘Flasdance’), Timothy Olyphant (‘Deadwood’, ‘Justified’) En fin, nombres con los que, por sí solos, se podría hacer algo muy grande, obviando las mil caras de concentración de Glenn Close y la inexpresividad de su empleada/rival.    
Más intensa no se puede. Respira Glenn.
Cuatro ejemplos de que para gustos colores. Pero a veces, por pura coherencia, uno necesita levantar la voz y destacar su individualidad manifiesta. Aunque ello conlleve pensar lo contrario de lo que la, nunca silenciosa, mayoría entiende. Quien más y quien menos tenemos nuestras decepciones televisivas ¿cuáles son las tuyas?