Si hay una serie en la actualidad que esté infravalorada esta es, sin duda, 'Boardwalk Empire'. Con el inconfundible sello HBO, la creación de Terence Winter está ambientada en los locos años veinte, en Atlantic
City y se centra en los turbios negocios de su oligarca, Nucky Thompson (Steve
Buscemi). La verdad es que tampoco recibe malas críticas, pero quizá es víctima del hype
excesivo de su primer capítulo, dirigido por Martin Scorsese al que siguió, en
su primera temporada, una trama un tanto densa, que dejaba al espectador con la
duda sobre qué tipo de historia estaba viendo. Las altas expectativas iniciales dejaron una ligera sensación de decepción en el público.
De primeras se puede criticar que la serie protagonizada por
Steve Buscemi se sustente demasiado en escenas violentas y sexo explícito.
Y tampoco se iría demasiado desencaminado, porque las tiene. Pero al fin y al
cabo estamos hablando de un periodo de entre guerras trepidante, con una sociedad
moderna que intenta encontrar sus límites morales, a la vez que se divierte e
intenta hacer realidad el sueño americano de hacerse millonario por cualquier
medio. En este contexto las mafias tienen su importancia, pero no son las
únicas fichas puestas en el tapete de unos turbios negocios que mueven millones
de dólares. Y no sólo es el, entonces, prohibido alcohol. También las carreras,
la prostitución, los sindicatos, los pelotazos inmobiliarios, los consejos de la
bolsa y un cada vez más incipiente mercado de droga, donde la heroína va
alcanzando a la cocaína en volumen de negocio. Una
tarta enorme que los poderosos quieren preservar, mientras las mafias, las
minorías judía, negra, eslava o irlandesa anticipan un escenario de múltiples
confrontaciones en busca del poder.
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| Steve Buscemi, como Nucky Thompson |
Nucky Thompson es el centro de todo, pero a medida que
avanza la historia los incipientes personajes mostrados de inicio van creando
su propia subtrama que se irá mezclando con los demás. Con el paso de los
capítulos la serie se pule. A veces por exigencias del guión y otras porque
entre tantas cosas que contar terminan sobresaliendo las que de verdad son
interesantes para el espectador. De ahí que la tesis de que hay series que
maduran con el paso del tiempo nunca tuvo tanto sentido como en ‘Boardwalk
Empire’.
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| Stephen Graham es el mejor Al Capone que he visto |
Quizá en la primera temporada teníamos la sensación de que estábamos
viendo una bicefalia alrededor de la cual se producía todo, pero como no se
explicaba bien y los elementos acompañantes estaban en fase germinal el tempo
era demasiado pausado y hubo espectadores que desistieron. Craso error. En su
segunda entrega esa lucha caínica se recrudece, pero hay brotes verdes (tan de
moda hoy en día) que nos permiten vislumbrar una serie grande, con mayúsculas, a las puertas. De hecho esta es la sensación que nos queda
tras su final. Ya no hay dudas sobre la calidad del producto en cuestión.
Únicamente se cuestiona el giro obligado que dará la serie en su tercera
entrega. Y cuando lo hace no deja resquicio para la crítica. Steve Buscemi ya
es un personaje eterno en la piel de Nucky, los nudos del guión se van construyendo
con la precisión de un reloj suizo y con una plasmación técnica que parece del
futuro. Las ambiciones, esperanzas y motivaciones de cada personaje son creíbles
y legítimas. Cada paso tiene sentido en un todo perfecto. La contención y la
explosión en las actuaciones no dejan lugar sino para el aplauso.‘Boardwalk
Empire’ es un maravilloso espectáculo
visual.
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| Michael Shannon, como el atormentado Nelson Van Alden |
Lejos de pagar el peaje de una tercera temporada sublime, la
cuarta ha cambiado derroteros, pero ha seguido evolucionando. Creciendo. Otro producto
con los mismos objetivos podría ser catalogado, sin reparos, de pretencioso.
Pero es que ‘Boardwalk Empire’ no sólo nos explica una convulsa época de la
historia americana, a través de unos hipnóticos personajes como no se había hecho antes. Es que además muestra pautas tan atemporales en las
miserias humanas que son una representación veraz de sentimientos confrontados
a una realidad. A la nuestra. Con otro escenario y otras reglas, pero tan
interiorizada dentro de nuestras entrañas que remueve. Desde los tiempos de ‘The
Wire’ y su hermana pequeña ‘The Corner’, no me conmovía tanto estar sentado
frente al televisor. Y ya aquella vez me preguntaba que tendría que ver mi vida
con el tráfico de drogas en un barrio negro de Baltimore para que me emocionase
tanto. Pero es que al final, más allá del color, del lugar o de las circunstancias,
las personas somos igual en todos los lados. Y la pérdida, la esperanza, el
éxito o el fracaso nos trastocan por igual. Y el hecho de que terminemos
viviéndolo en primera persona es mérito de la magia de la HBO. En serio,
hacedme caso y dadle una oportunidad a esta maravilla. Tras el espléndido final
de la cuarta temporada estuve dándole vueltas al porqué de cómo salían parados cada
uno de los personajes. De cómo sus decisiones les empujaron en una u otra
dirección y sus consecuencias. Eso y una metáfora final que fue de poner la carne
de gallina. La vida y la muerte en una secuencia. Triste, hermosa, desgarradora
y a la vez como una tibia esperanza disfrazada de caricia. Qué grande es ‘Boardwalk
Empire’.

















