domingo, 13 de diciembre de 2015

The Leftovers: mística y dolor

Desde luego no imagino un grupo de guionistas tan tolerante a las ocurrencias como el equipo de David Lindelof mientras escribían la segunda parte de The Leftovers ¿Qué tal una mujer vestida de novia regando el jardín? Qué bueno ¿Y una pareja copulando en medio de un disturbio? Lo compramos. Únicamente debía existir una premisa: atemperar ese angustioso clima de tristeza existencial de la primera temporada, dándole a la historia un sentido más simbólico para que cada espectador encuentre su propia explicación de lo que ocurre. 

Para quien no haya visto la primera entrega, algo que debería remediarse lo antes posible, el argumento gira sobre la desaparición repentina del tres por ciento de la población de manera repentina. Los primeros compases de la trama servían para calmar la desazón que nos producía el no saber a cuento de qué eso ocurría. Pero la historia no iba de eso y nuestra ansiedad debía centrarse en otros objetivos más difusos y profundos. Si la adaptación de la novela de Tom Perrota hubiera girado entorno al porqué estaríamos hablando de un producto de ciencia ficción, pero estamos viendo algo que nos plantea la dicotomía entre creencia y razón, realidad y ficción, vida y muerte. 
Los Murphy
La verdad es que así expuesto debería servir de poco aliciente para que espectador novel se acerque, pero en este caso el continente es casi tan importante como el contenido y gracias a una fotografía que roza el misticismo, una banda sonora cuidada (y extrañamente heterogénea) y un tempo de la trama estudiado al milímetro se consigue que algo difícil de digerir para el espectador medio se revista de la etiqueta de exquisito y nos obligue a seguir viendo y preguntándonos qué diablos ocurre.

No pasa mucho tiempo hasta que esa dependencia nos vence y queremos saber más, pese a que por momentos nos veamos desbordados ante tal cúmulo de acontecimientos extraordinarios. Lo peor (o quizá lo mejor), en este sentido, es que después de aceptar la premisa de que la desaparición es algo difícil de asimilar, todo lo que sucede después, el duelo, la búsqueda de respuestas, el dolor o las relaciones personales nos parecen no sólo absolutamente asumibles sino reflejo de otras situaciones actuales que nos afectan en mayor o menor medida. La crisis de fe, las masivas inmigraciones o el terrorismo son unas cuestiones que podrían tener su lectura a través de The Leftovers. Quizá incluso si rascamos un poco, podemos  llegar a la conclusión de que muchos de esos problemas están conectados y funcionan entre sí como fichas de domino. Algo posiblemente obvio, pero que gracias a la serie pensamos desde otra perspectiva.      
Jarden, la entrada al paraíso
El uso de los diferentes protagonistas para diferenciar las antagónicas posturas también es un acierto de los creadores. No sólo por humanizar todos los puntos de vista y generar empatía incluso con los actos más radicales, sino porque describen una evolución que a veces les hace estar en un lugar muy diferente de donde partieron.

Quizá lo más desgarrador de la serie es que nos permite observar como el dolor, aún llegando de diferentes maneras y grados, lo vivimos de manera muy parecida vengamos de donde vengamos. Es verdad que la desaparición de alguien nos obliga a decidir si afrontamos el trauma de inmediato o si intentamos permanecer más impermeables al duelo, pero una de las moralejas de la serie es que de una manera o de otra ese dolor se manifestará finalmente, por mucho que evitemos hacerlo.
Razón versus fe y en medio el absoluto desconocimiento. Nada a lo que agarrarse.
Por momentos The Leftovers da un giro completo y plantea qué nos hace felices. Aquí es donde uno se acuerda de la pirámide de Maslow, de filosofía, de conceptos tan amplios y cambiables como amor, familia, seguridad y hogar. Porque este producto de HBO es muchas cosas, pero sobretodo multidisciplinar. Ante cuestiones tan relevantes las tornas giran de nuevo para preguntarnos hasta que punto somos sinceros con nosotros mismos, nuestras prioridades en la vida, quiénes somos en realidad.

Mucho en qué pensar y todo ello gracias a David Lindelof, quien ya nos abrió un tiempo para la reflexión con Perdidos, con la que esta serie guarda alguna similitud. Al final todas las bizarras ideas de los guionistas, que comentaba al principio, tienen un porqué, a diferencia del galimatías de la isla. Hay una estructura, un plan general para que ningún cabo quede suelto.

Un cuento extraño, intenso, duro por momentos  y sensible que si peca de algo es de no ser apto para todos los espectadores. Muchos de ellos no tolerarán de entrada el que el quid de la historia no tenga ninguna relevancia. Pero a veces mirar hacia dentro, a cómo somos, nos puede llevar a sorprendernos más que en los mundos más distantes imaginables. 
Excelsa fotografía

viernes, 16 de octubre de 2015

La mejor comedia en mucho tiempo

  
El comienzo de The last man on earth (El último hombre en la tierra) es rompedor ya de por sí, para ser una comedia. Año 2020, la tierra por culpa de un virus ha borrado todo rastro del ser humano y Phil Miller, el único superviviente, recorre los Estados Unidos en busca de otras personas, con la ayuda de una furgoneta y un megáfono para hacerse notar. Como última opción, escribe en carteles de carretera que hay alguien vivo en Tucson, de donde es y donde se dirige, mentalizado de que con él termina la especie humana.        

Escribir un post sobre estos trece capítulos es un ejercicio complicado si se quieren evitar a toda costa los spoilers, por eso sobre la trama únicamente diré que es muy atractiva, dentro de lo malo que tiene sobrevivir a un apocalipsis y todo eso, la idea de vagar por todo un país, pudiendo coger todo a tu antojo, vivir donde quieras, conducir lo más descabellado que se te ocurra, etc.
Phil Miller y sus colegas esféricos. Cada uno con su nombre. 
Ahora pasemos a lo grave. Al fondo de esta desternillante serie de la FOX: ¿Cuánto de nosotros mismos somos capaces de ocultar para conseguir lo que queremos? Ocultar, en este caso, es un eufemismo grosero de mentir. Porque Phil Miller es un mentiroso compulsivo, además de egoísta, ruin, sucio, manipulador, etc. Will Forte, al que hemos podido ver antes en Nebraska y en la horrible comedia MacGruber, es todo lo malo que un hombre puede ser. Y cuando digo hombre me refiero al sexo masculino, con todos los tópicos exagerados de tal condición.
¿Una piscina llena de alcohol? Esto lo ha pensado antes más de uno
Lo que resulta cómico en The last man on earth es que el personaje de Phil Miller es creíble. Que alguien repulsivo, tan tóxico y embustero  pueda ser concebido como real es gracias a un guión donde, de manera tenue pero efectiva, se nos muestra que al final no deja de ser un pobre hombre por el que sentir lástima. El cinismo de Phil es tal que pasa de reírse del personaje de Tom Hanks en Náufrago por hablar con una pelota de voleibol a fundar su propio club social con pelotas de todas formas y colores. 
La comedia parece muy simple,pero tiene muchísimo más. Tengo tan claro que va a encantar como que si adelanto algo alguien se va a acordar de mi.


Y sin personal shopper
En serio, no quiero contar nada más de esta grata sorpresa, porque merece la pena irse sorprendiendo con cada capítulo. Además son cortos, muy amenos y van a dejar a quien los vea con ganas de saber mucho más en la segunda temporada. Tiene algo que me hace asociarla muy remotamente con Me llamo Earl. Y digo muy remotamente sólo por el tipo de humor, porque dentro de esta nueva generación de comedias, donde muchas se han tomado en serio lo de romper esquemas y hacer algo diferente, ésta es, con diferencia, la que menos va a costar adoptar como referente. Y quererla. Mucho.   
¿Hay alguien ahí?

miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿Mala True Detective 2? Es estupenda!!!

Uno de los carteles promocionales de HBO para True Detective reza: 'We get the world we deserve' (Tenemos el mundo que merecemos) y ésta podría ser la síntesis pesimista de lo que hemos visto en esta segunda entrega, donde Nic Pizzolatto nos sumerge en una intriga, por momentos bastante compleja, sobre la podredumbre moral de las personas que buscan el poder a toda costa o de quienes ya lo ostentan y quieren más. Políticos, empresarios y funcionarios corruptos tejiendo una tela de araña donde los protagonistas se ven atrapados, con la sensación de que a cada paso que dan se ven aún más envueltos en oscuridad. Ese clima opaco y opresivo se pone ya de manifiesto con la canción de los créditos, ‘Never mind’, interpretada magníficamente por Leonard Cohen, anticipándonos un escenario donde el paraíso californiano de sol y libertad ha tornado en algo mucho más sucio y podrido.

Ese descenso a los infiernos de Dante, porque hay diferentes niveles y pecadores concentrados en cada uno de ellos, parece que puede servir de catarsis a los cuatro protagonistas en la ficticia ciudad de Vinci (¿Vernon?). Los cuatro llevan una existencia envuelta en un halo trágico, donde el pasado está presente y los demonios interiores vigilan. En una especie de huida hacia adelante, la misma sensación de pesimismo absoluto, de que nada bueno puede extraerse de la vida, hace que los tres policías aborden el caso de la muerte del empresario Ben Caspere con la pasión de un suicidio final que al menos de sentido parcial a sus vidas.
Jordan Semyon (Kelly Reilly) a las duras y a las maduras
El personaje interpretado por Vince Vaughn, Frank Semyon, está en un plano similar al de los tres policias, pero tiene otra perspectiva. Cómodamente instalado en un limbo que bordea la ley, la muerte de su socio hace que todo su imperio se desmorone y se vea obligado a cruzar la línea para intentar recuperar lo perdido. Eso le retrotrae a tiempos donde hacía lo que fuera por sobrevivir, incluso cosas por las que ahora su conciencia sí le pide explicaciones. Para ponerle aún más en jaque en este dilema, su mujer, Jordan representa todo lo puro que ve en la vida. Aunque no es ajena al tipo de vida que debe acarrear Frank, ella es el delgado lazo que le une a la esperanza y a un futuro donde puedan, juntos, redimirse. Pero Semyon necesita algo de esa arcadia envenenada para tomar impulso. Un mínimo de dinero que les permita empezar desde cero muy lejos. Y eso es algo que le deben y que piensa recuperar aunque tenga que pasar por encima de todos. Más si cabe cuando percibe que su control se ha convertido en un poder hueco, donde cualquiera es capaz de retarle y muy pocos creen que en las nuevas circunstancias Semyon sea capaz de mancharse el traje para conservar su status. Hay que dar un golpe encima de la mesa. Y bien fuerte para que las ratas salgan asustadas.           
Frank Semyon demostrando quien manda
Por su parte, el detective Ray Velcoro, interpretado magistralmente por el irlandés Colin Farrell aúna trauma y punto de inflexión en un mismo lugar de su pasado. La violación sufrida por su exmujer hace años le llena de incertidumbre sobre la paternidad de su hijo, cuyo parecido físico es bastante exiguo. Ese ataque sexual que fue culminado cuando Frank le dio información sobre el presunto violador y Velcoro decidió tomarse la justicia por su mano. Desde ese momento nace una relación de cierta simbiosis entre ambos, con pequeñas confidencias de Ray, desde el lado bueno de la ley. El policía sabe que ha traspasado la línea, aunque no a tumba abierta, pero se carga de razones cuando piensa que ha merecido la pena. De algún modo la muerte del violador evita una controvertida prueba de paternidad y refuerza su papel de padre, a pesar del divorcio. Ese momento de venganza se convierte en el momento en que su vida toma otro camino. Su matrimonio se viene abajo, su ética policial es discutible y convierte la violencia en una respuesta apropiada para algunas situaciones. La distancia que la va separando de su hijo, poco a poco, le destroza por dentro.
Ray Velcoro, cuando se debe elegir entre uno y mismo y quien más se ama
Ani Bezzerides (la preciosa Rachel McAdams), es una detective arisca y concienzuda que tiene su propio infierno en un episodio de su niñez, bloqueado por su propia mente, donde desaparece de mano de un desconocido, para aparecer días más tarde abandonada en una furgoneta. Parece que ese es el principal motivo por el que odia al sexo masculino. Ese y un padre semi ausente que no ejerce como tal. Ani es un torbellino de dolor que ha construido una coraza para defenderse de todo aquello que la pueda dañar. Es consciente de que en un mundo violento y peligroso debe equilibrar fuerzas a base de que nadie penetre en su círculo de seguridad, porque allí dentro puede ser imprevisible y mortal. Bezzerides es el mejor ejemplo de que en este mundo, inhumano y cruel, las mujeres son aún más víctimas de los excesos del poder.
Bezzerides entrenándose y dando rienda suelta a su rabia
Por último, el joven Paul Woodrugh,  a quien da vida el canadiense Taylor Kitsch, es un excombatiente al que los pecados de guerra no son lo único que le atormentan. Sostiene una relación con una chica hispana a la que no puede dar más de sí mismo porque también se siente atraído por los hombres y no tiene claro qué clase de futuro puede esperar el producto de su ambigüedad secreta. Una acusación de abuso de poder con implicaciones sexuales con una actriz conocida hace que sea apartado de su puesto de motorista de tráfico, hasta que, accidentalmente, encuentra el cadáver de Ben Caspere.
Paul  defendiendo la verdad
Los tres servidores de la ley, que vienen de tres cuerpos policiales distintos, se ven de repente asignados al extraño caso y todos tienen en común el ser óptimas elecciones para servir como carne de cañón para los políticos de turno, que quieren llevar el asesinato y su investigación fuera de los titulares.

La fiscal del caso, Katherine Davis (Michael Hyatt), parece ser la única verdaderamente empeñada en encontrar la verdad. Todos los demás estamentos policiales o del ayuntamiento de Vinci parecen interesados en sumar sombras al caso.

Mi valoración final de la serie es francamente satisfactoria. No termino de entender a aquellos que la culpan de complicada. Y sí, lo es, pero eso acrecienta el realismo de lo que estamos viendo. Las tramas de corrupción y delincuencia son así en la vida real. Quizá hay personas para quienes incluso Epi y Blas precise de repeticiones y explicaciones varias, pero ese no es público de Nic Pizzolatto. Además para eso ya está Homeland.
Así comienza una de las mejores escenas de acción que he visto últimamente
Por el tempo, la fotografía, esas escenas de carretas infinitas como venas, la (sublime) música, una trama veraz y dura y unas actuaciones que no sólo sirven para poner de relieve unas interpretaciones sobresalientes, sino incluso en el caso de los cuatro protagonistas para sacarles de unos papeles cliché, donde parecían encasillados.

Cuando me enteré de que mi tocayo Vince Vaughn iba a ser uno de los cabeza de cartel me hice cruces. Ahora sé que pocos como él habrían aguantado ese mafioso con ánimo redentor, que por momentos nos retrotrae al tristemente desaparecido James Gandolfini en la piel de Tony Soprano. Rachel McAdams levanta un personaje que está siempre al filo de la tormenta emocional. Esa tensión contenida de rabia interior nos lo regala la actriz a quien parece que las protagonistas de comedia romántica se le pueden haber quedado pequeñas.  De Colin Farrell poco se pude decir. Solamente la escena (intentaré spoilear lo mínimo) telefónica con su exmujer donde toma una decisión desgarradora, pero generosa y noble, vale ya por sí misma la pena para ver toda la temporada. No me olvido del ídolo juvenil Taylor Kitsch, a quien cuesta verle más allá de Friday Night Lights, pero sus miradas y silencios nos presagian un actor mucho más grande que no tardará en romper.  

En definitiva, bendita curiosidad que nos hace comprobar por nosotros mismos y bendita la arrogancia de espíritu de contradicción que me hizo desconfiar de las críticas. En un mes veremos de nuevo a Carrie poniendo mohines extraños en Homeland y tendremos las masas a sus pies. Que cosas.  
          
   



            

jueves, 24 de septiembre de 2015

Pilotos de septiembre

La multitud de ficción televisiva hace que debamos elegir ver unas en concreto y desechar otras, lo cual siendo optimistas es un bendito dilema. La a veces ridícula continua angustia del hombre occidental del siglo XXI hace que incluso en esta situación nos fustiguemos por no haberle dado una oportunidad (o una segunda) a algún producto que sí la merecía. Por eso al final terminamos tomando como baremos la temática, la trama o si nos gustan los protagonistas. Personalmente ya he copado mi espacio dedicado a zombies, vampiros y demás criaturas que nos llevan esos lugares comunes donde el miedo, la risa y la vergüenza ajena pueden convivir tranquilamente.Pero hay más elementos a tener en cuenta, claro 

Por ello en las últimas semanas me he dedicado a hacer catas de series. Y me ha sorprendido que las ideas o prejuicios iniciales no hayan sido confirmadas. Es más, a tiempo estoy de que lo que aquí escribo tenga que corregirlo porque alguna serie alce el vuelo o porque otra que empieza bien termine de manera lamentable. 

1992; este retrato de la Italia de los años noventa se ha quedado en muy poco en este primer capítulo. Siempre he comparado la ficción transalpina con la nuestra, por cercanía y porque podría ser un espejo donde mirarnos, pero desde luego lo que he visto está al alcance de cualquiera sin tener que exprimirse demasiado los sesos. Plana y previsible.

Jonathan Strange & Mr. Norrell; la estética dickensiana se mezcla en esta historia de magos con detalles fantásticos. Quizá para paladares a los que este tipo de cosas les sorprendan o exciten su curiosidad. Tras tres capítulos me ha terminado aburriendo.

Cucumber; dramedia sobre un hombre maduro gay en Manchester. No sé si es la foto fija de determinadas relaciones sociales que despiertan mi interés (y no por pertenecer estrictamente al mundo homosexual) o porque Vincent Franklin se come la pantalla, pero estoy enganchado a Cucumber. Me dicen más como giran las órbitas oculares del protagonista, que declamaciones completas de otros, por mucho que se esfuercen.     
Henry Best y sus cuatro grados de dureza del pene. Genial.  
Catastrophe; ¿un embarazo inesperado como preludio de algo más? Bueno, todo muy british. Diálogos agudos, lenguaje malsonante, crítica social y la eterna dicotomía hombre-mujer, que en este caso eleva el envite al ser ella inglesa y él norteamericano. Entretenida y divertida a ratos.  

1864; llegamos a mi mayor decepción. Tras ver, de nuevo, la fantástica recreación de la política danesa, Borgen, esperaba otra cosa del particular trauma histórico danés, en su derrota contra los prusianos y la pérdida de sus territorios más meridionales. Tras dos capítulos, la veo muy pagada de sí misma, con pretensiones de ser algo mucho más grande de lo que es y con tópicos desgastados en busca de un realismo costumbrista que no termina de llegar al espectador.  
True Detective (2); reconozco que ni Colin Farrell ni Vincent Vaughn son santo de mi devoción, más bien lo contrario. Si a eso se suman las críticas hablando de decepción, más si cabe comparado con su primera temporada la cosa pintaba mal. Pero tras tres capítulos me está gustando lo que veo por múltiples razones. Actuaciones notables, ritmo pausado pero firme, más que buena fotografía y una estupenda elección de la música, tanto en los créditos, como después y la elección del momento para sacarla a relucir ¿algo más? sí, una madeja que según se va mostrando aumenta mi curiosidad por saber qué, quiénes, cómo. Quizá al final se estrelle, pero de momento mantiene un nivel alto.  
Una grata sorpresa...de momento. 
Show me a hero; la nueva creación de David Simon está ambientada en el barrio neoyorquino de Yonkers, a mediados de los ochenta. Allí, desde la perspectiva política local se pone foco en el problema de integrar viviendas sociales de población negra marginada entre población de clase media trabajadora. Pinta fe-no-me-nal.   
El guatemalteco Oscar Isaac, ante el papel de su vida
No está mal para para un par de semanas ¿no? Próximas paradas: Mr. Robot, Ray Doovan (3T), The Fall (3T), Regresión.... 

lunes, 7 de septiembre de 2015

Nacer grande. Morir sin ruido.


Lo más triste que le puede pasar a un producto televisivo que nace con muchas expectativas es que concluya sin que prácticamente nadie se percate de ello. Y morir en silencio podría ser un eufemismo enorme si se utiliza para calificar el final de Mad Dogs. Bodrio, aberración o tremenda tomadura de pelo serían más acertados.

Es una pena, porque todos los que celebrábamos el reencuentro de John Simm y Philip Glenister, tras la estupenda Life on Mars, nos esperábamos algo mucho mejor. Y eso que la cosa prometía: el reencuentro de cuatro cuarentones británicos con un compañero de instituto que ha hecho fortuna, en un lugar tan sugerente y hermoso como la isla de Mallorca. Tras unos efusivos saludos y mientras disfrutan de la mansión del anfitrión, éste les va haciendo reproches, uno a uno sobre cuestiones del pasado. A su vez estos sospechan que la fortuna de su colega quizá no sea tan lícita como pudiera parecer y algo turbio flota en el ambiente.

Con una presentación así es imposible que alguien no compre la idea. Si a eso le añadimos la presencia de Ben Chaplin, el excesivo (pero hipnótico) Marc Warren y dos actrices españolas como María Botto y Leticia Dolera es normal que incluso los norteamericanos hayan hecho una versión cinematográfica de esa continúa huida hacia adelante que es Mad Dogs.

Porque eso es lo que debería ser en esencia esta serie de la Sky1. Un Runaway contínuo, donde el miedo  y la continua tensión nos regalase momentos estupendos. Y a veces lo es. Se parte de la idea de que unos días de vacaciones con amigos no inspiran en absoluto temor. El primer escenario, además, la soleada Mallorca, tampoco es que sea un elemento ajeno como para perturbar a ningún británico, más allá de los diferentes ritmos de vida y algún tópico caducado (Spain: mañana, mañana).     

Pero la serie se mira demasiado al ombligo y quiere que la tensión emocional se plasme en primer plano para que no parezca que los acontecimientos se desarrollen a toda velocidad sin más. Y eso por sí mismo es lo que ralentiza la trama y la hace perder toda su fuerza. Los protagonistas se pierden en discusiones constantemente, pero reitero: cons-tan-te-men-te. Las múltiples posibilidades que dan los cuatro protagonistas de varias el objeto de sus ironías y puyazos hacen que el espectador se pierda en Baxter, Quinn, Buddy, Rick en un inacabable A versus B. Ahora una decisión discutible, después una herida del pasado, caracteres opuestos, etc. Cualquier motivo es bueno para tirarse los trastos a la cabeza. Pereza absoluta.
Un niño brujo en mitad de la pista de aterrizaje ¿porqué no?
Después está lo del cambio de ubicación. Que si bien en al principio parecen un acertado giro del guión terminan cansando ya al llegar a tierras sudafricanas.  La segunda temporada ya se ve un producto sin las ideas claras, para convertirse en algo extraño en la tercera (CIA, sortilegios y brujos, etc.) y convertirse en un monumento a lo absurdo en la última. El final es de los más impresentables que he podido ver nunca y hacen que el final de Perdidos parezca una obra maestra a la coherencia. 

En definitiva buenos ingredientes, un comienzo ilusionante y detrás de eso la nada. Para este viaje no hacían falta estas alforjas.        
Mallorca mola. Y a vista de yate aún más. 
   

lunes, 11 de mayo de 2015

Vis a vis. Vómito televisivo.

‘Se están poniendo de moda las series españolas’ es el mantra entre los críticos televisivos en este comienzo del 2015. Uno espera que tras esta afirmación haya una realidad que lo sustente y no puros intereses de las cadenas para promocionar productos que están muy lejos de lo que intentan vendernos. Pero eso ya está en que dudemos o no de la objetividad de quien está para contarnos si algo es bueno o no lo es. Y el porqué.  

Uno empieza a ver algunos pilotos de series españolas con la esperanza de que, de verdad, las cosas hayan cambiado y que ese sexto sentido que hace que estemos con la guardia puesta para que no nos la cuelen se relaje. Con Vis a vis prometo que fue así, pese a que el tráiler promocional obligatoriamente nos haga referenciar, aunque sea sólo estéticamente a Orange is the New Black. Serie norteamericana de relativo éxito, con tintes de humor negro y que nunca ha sido precisamente santo de mi devoción. Los norteamericanos usan para estos casos el término ‘overated’ (sobrevalorado), pero yo prefiero definirlo como una pastelada sin grandes pretensiones, con ínfulas de algo mucho más profundo y con la que me he aburrido bastante.

Sin embargo y afortunadamente para la plataforma Netflix mi opinión es minoritaria y a los ‘creadores’ de series patrios les llegó el eco de triunfo de las presas de los monos naranjas ¿Monos naranjas? Que buena idea, que impacto visual. Ya está el germen de la nueva joya de AtresMedia. De ahora en adelante intentaré razonar como supongo que lo hicieron la suma de creadores, guionistas y demás palmeros que perpetraron tamaña aberración. Y digo bien palmeros porque cuando quien decide esgrime ideas tan peregrinas sólo bajo ese concepto de aplaudir todo lo que diga el rey se pueden apoyar tantas barbaridades. Aunque el rey vaya desnudo y tenga que llegar un niño (o un borracho) a decirle que va haciendo el ridículo.
Laura Baena, la gitana que parece gitana más allá de un apellido. Me la creo y por tanto me gusta. 
A partir de aquí habrá algún spoiler, por lo que si alguien no ha visto aún la serie y quiere cometer tamaño desatino (cosa que desaconsejo fervientemente) debe dejar de leer.

Como escenario de esta ficción y para no caer en la cuenta de que las presas españolas no van precisamente de naranja las mentes pensantes trasladan la acción a una prisión privada. Que no existe, pero todo se andará, justifican ante sonoras carcajadas. En fin. 

La serie empieza con una metáfora tan obvia, tan ridícula que uno ya empieza a barruntar lo que le sigue. La protagonista que casualmente vive en un piso alto cuyo enorme ventanal da a la plaza de Callao, algo normalísimo, se apiada de un pobre canario vestido de amarillo (¿o es naranja?) encerrado en una jaula y lo deja volar alegremente por la Gran Vía madrileña. A partir de ahí una mezcla de imágenes donde la insulsa Macarena entra en prisión y las probables causas que la han llevado hasta ahí. La escena de desdoblamientos concluye con la protagonista hablando por teléfono con su madre y, para justificar su ausencia durante un tiempo esgrime (astutamente) un supuesto periplo en yate por el Mediterráneo por las Baleares, Cerdeña, incluso Corfú. Total, qué más da. 

Esta primera escena nos deja claras dos certezas: la menos obvia y menos importante es que María Salgueiro, la actriz que da vida a la madre de Macarena es mala hasta sin verla hacer gestos. Su voz es pura filfa y no la sirve de excusa la sarta de tonterías que está escuchando al otro lado de la línea. En otra escena de este piloto parece incluso que no puede contener la risa al hablar con Carlos Hipólito. Conozco vendedoras de castañas que aquí y ahora recitarían cualquier texto mejor que ella, con esa insufrible voz, impostada e irreal. La otra certeza, mucho más grave, es que Salgueiro parece Meryl Streep comparada con la protagonista, Maggie Civantos.

En todos los años que llevo viendo televisión en España, y soy de los que se iba a la cama con la familia Telerín, jamás he visto a nadie más incapacitada para ponerse en frente de una cámara. Todo en ella es absolutamente falso, increíble, absurdo. Acepto que los diálogos que la imponen no los salvaría ni la Hepburn y que durante todo el piloto uno sospecha de un grave retraso mental en la protagonista debido a las cosas que dice. Pero eso no la incapacita para mostrar algo, para quitarnos la horrible sensación de que estamos contemplando un cyborg especialmente tosco cada vez que vomita una frase. Es la suma de su vergonzosa actuación y un guión propio de niños de siete años lo que nos impide hacer zapping ante el cúmulo de arcadas producidas ¿Exagero? Muy bien. Un ejemplo. Macarena entra en su nueva celda y se presenta a sus compañeras penadas: ‘Hola, me llamo Macarena y soy nueva’. ‘Soy nueva’, sí. Sin comentarios.          
'Hola me llamo Macarena y soy nueva' Y el mejor guión 2015 es para... 
Pero tampoco sería justo cebarse con Maggie Civantos, cuyo único error ha sido creer a quien predijo que algún día tendría capacidad para ser actriz. Vis a Vis es un catálogo de tópicos y lugares comunes donde las ideas nuevas son un concepto imposible. Todo es cortado y copiado de algún sitio, como la malvada Zulema (que quizá algún día nos demos cuenta que no lo es tanto) quien juguetea con su mascota en la celda. Un escorpión. Normalísimo. WTF. Para dar vida a Zulema se eligió a Nawja Nimri. Y digo vida con cierto reparo porque la también cantante persevera en su costumbre de hablar en susurros. Esta mujer cree que los espectadores tenemos alma de sacerdotes confidentes a quienes nos encanta subir el volumen seis puntos cuando ella entra en escena.

Otro clásico de estos intentos de suspense es el personaje bueno con problemas de adaptación. Aquí este rol lo interpreta Roberto Enríquez (como Fabio) actor que no me entusiasma, pero que en medio de tanta ineptitud sobresale. Le reconozco, de propina, el hecho de que su voz sea un ejemplo de cómo debe sonar alguien que intenta transmitir a quien le está viendo. Muchos fallidos actores españoles podrían tomar nota. Su compañero en el arduo trabajo de vigilar el buen funcionamiento de la cárcel, Alberto Velasco (Palacios) podría ser uno de ellos, porque su actuación es tan pavorosa como la de otros compañeros de reparto. La sensación al verle y escucharle es la de estar frente a una actuación de final de curso escolar. Y particularmente mala. Otro presunto actor con el trabajo equivocado.
Palacios y Enríquez. Uno actuando y el otro no se sabe muy bien qué.
La coartada para no ser tachados de burda copia de Orange is the new black es el tono. Mientras que la producción americana es el día a día en una prisión, con un trasfondo más humano que nos plasma la vida carcelaria, Vis a vis es un thriller. Algo que, vista la alta capacidad de los guionistas está tirado de hacer. Porque en España las personas podemos no ser muchas cosas, pero cotillas somos un rato. Si Agroesfera terminase todos los días con un cliffhanger sus audiencias se multiplicarían asombrosamente. Ahí es donde el guión se lo curra. Un padre con un arma entre la caja de herramientas, un dinero escondido en alguna parte, una tarjeta de móvil enterrada en el huertecillo de las clases de jardinería. Que subidón. No puedo esperar al próximo capítulo.
María Isabel Díaz, una buena actriz en un proyecto equivocado
Lo mejor, ya en serio, de Vis a vis son las secuencias tipo documental donde las reas se expresan sobre cuestiones relacionadas con su vida entre rejas. Aquí Sole (María Isabel Díaz) o la presa gitana, no la patética Alba Flores, sino Laura Baena, se muestran aún más reales que en sus papeles. Y es que hasta un reloj estropeado marca bien la hora dos veces al día. Pero eso no quita que ambas sean buenas actrices encerradas en un desastre que ni les da la importancia que deberían tener, ni las merece.

Vis a Vis seguirá en antena porque la suma del qué ocurrirá de mercadillo, los desnudos en las duchas y la promoción hecha por lo que cobran por ello y los que no (o no deberían)  le da cuerda para continuar un tiempo. Al menos de momento no aparece el típico guaperas, muestra torsito gratuito, que confunde hablar con balbucear y que arrastraría fans adolescentes (y alguno/a más), tipo Mario Casas. A cambio está Berta Vázquez, la guapísima rizos, que es la novia del susodicho en la vida real y que al menos destila frescura y naturalidad. Salimos ganando.

Mientras tanto yo intentaré olvidar la escena en que Macarena intenta colar antipiojos y gingseng en la cárcel, aunque total no pasa nada, porque todo es un error y en breve ella estará fuera. Que AtresMedia venda esto como la pera limonera es lógico, porque es su obligación. Que lo alaben personas que cobran por hacer crítica televisiva y que, se supone, han visto suficientes series como para saber de qué va esto no es falta de criterio. Es falta de vergüenza.     
Carlos Hipólito acordándose del director de casting. Hasta trancas y barrancas son más expresivos. 


                        

miércoles, 22 de abril de 2015

Mejor televisión, mejores ciudadanos: Borgen


Hace pocos días el fenómeno televisivo/dirigente de Podemos, Pablo Iglesias, tuvo la ocurrencia durante una audiencia con el Rey Felipe VI de regalarle unos DVD de Juego de Tronos. Nada tengo que objetar al presente ya que es una de las mejores cosas que le pueden regalar a uno. Como no estoy en la cabeza del profesor de ciencias políticas no puedo alcanzar a entender el significado real del gesto, pero me gustaría saber qué cara pondría si el monarca, días más tarde, le hubiera correspondido con otro DVD de Borgen, la extraordinaria ficción sobre política en Dinamarca.

No quiero centrar mi reflexión en el representante de Podemos. Me gustaría que toda la clase política española disfrutase de su visionado. Y siendo ambicioso, los sueños siempre deben serlo, sería feliz si todo aquel que pudiera se regalase a sí mismo esa experiencia. A pesar de las diferencias que siempre se empeñan en recordarnos, Dinamarca (o cualquier país escandinavo) y España no son tan diferentes. Quizá las dimensiones, la población y la cultura sí lo sean, pero al final la búsqueda del estado del bienestar para sus conciudadanos es algo por lo que cualquier político debe luchar.
Katrine Fønsmark intentando dejar su sello propio en TV1    
En lo que sí es diferente Dinamarca es en la calidad de sus productos televisivos: Forbrydelsen (la excelente y original The Killing), su predecesora como thriller policiaco Ørnen, el drama Sommer, la coproducción Bron/broen (mediodanesa, medio sueca), Arvingerne (Legacy en inglés) o la más reciente bélica 1864. Cuesta entender que DR, un canal público con la mitad del presupuesto de TVE haga series de tantísima calidad.   

Borgen esboza la política en general, con tramas transversales que unifican la historia y capítulos que claramente nos exponen una problemática concreta. Educación, sanidad, emigración o libertad de prensa son algunos de los temas que esta maravilla de la cadena pública danesa DR nos ponen sobre la mesa. Como en una tertulia (seria) estos temas son diseccionados, explicados y devueltos al espectador para que cada cual conforme su propia opinión. Los protagonistas también lo harán, pero eso no quiere decir que esto interfiera en nuestra opinión. A mí me encanta la pasión y la manera de pensar de la protagonista Birgitte Nyborg y eso no quiere decir que esté de acuerdo en todo con ella. Casi al contrario, de tal modo que no creo que la votase nunca en la realidad.   
  
Cada asunto es expuesto de manera distinta. Se analizan los diferentes puntos de vista y luego el guión confronta unas opiniones contra otras. Las piruetas dialécticas nos llevan a veces a asentir con una cara de la moneda y con la contraria. O a negar las dos y crearnos nosotros mismos una alternativa. Esto presentado tal cual, sería sencillo y aburrido si no confluyesen unos personajes de carne y hueso que son los encargados de hacernos empatizar con lo que vemos. Un reparto donde cada uno sabe lo que tiene que hacer, la evolución que debe acarrear, donde los grandes espadas saben que tendrán su momento donde nos emocionarán y nos veremos reflejados en ellos.        
Kasper Juul, la mente en la sombra del poder
Desde el práctico y directo Kasper Juul, la ambiciosa y rebelde Katrine Fønsmark o la natural y apasionada de la política Birgitte Nyborg todos tiene deseos y anhelos más allá de la política. Y será esa condición humana la que haga crecer la dimensión de las decisiones políticas que se tomen. Aquí Borgen enseña que la política no es algo de lo que podamos ser ajenos. Que lo políticamente correcto no es siempre lo adecuado y que a veces es mejor dar una vuelta a una idea o una opinión antes de hacerla nuestra. Pero por encima de todo lo que la serie creada por Adam Price enseña es a pactar, a dialogar, a saber hacer concesiones en momentos determinados. No sólo en política. La vida misma es un toma y daca donde no pasa nada por cambiar de opinión si con ello conseguimos un acuerdo con la otra parte.       

No se puede obviar sin duda la importancia a los medios de comunicación que se le da a la serie. Los mecanismos que hacen que una entrevista hecha de una manera determinada consiga generar una corriente de opinión que saque una controversia a la calle. Los intereses empresariales en todas y cada una de las decisiones políticas tomadas en Borgen (que es como Moncloa aquí). Los hilos que van de las grandes corporaciones a los partidos políticos pasando por los media. En fin, actualidad pura, aunque el objeto de reflexión y análisis sea un país casi ejemplar como Dinamarca.
La presidenta de un partido yendo a trabajar en bici. Aunque sea ficción, ojalá copiásemos estas cosas por aquí 
Nos queda tanto por hacer, tanto por pensar y analizar que Borgen es una excelente piedra de toque para mostrarnos por donde volver al camino para ser ciudadanos responsables con todo lo que nos rodea. Y lo hace tratando al espectador con todo el respeto que su inteligencia se merece. Sin moralinas baratas, ni adoctrinamientos. Si te gusta la política o al menos eres consciente de que no eres un simple individuo y que tu opinión cuenta Borgen es tu serie. 

lunes, 23 de marzo de 2015

El tono absurdo de Allegiance


Lo peor que le puede pasar a una ficción es que el espectador no tenga claro qué está viendo. Eso precisamente es lo que le ocurre a Allegiance. Una historia de espías donde en los primeros minutos hay un asesinato bastante explícito no puede mutar por momentos en una sitcom con la música de Beethoven (la del simpático perrito) de fondo. A continuación analizaré el primer capítulo que quizá contenga algún spoiler.
Intentaré contextualizar, pero me es imposible hacerlo sin compararla con la estupenda The Americans a la que, indudablemente quiere tomar como referencia. Para marcar diferencias lo primero que establece la trama de esta serie de la NBC es que esté basada en la actualidad, a diferencia de la serie de FX que lo hace en los años ochenta. Aquí se encuentra el primer problema grave. No estamos en la guerra fría y para que el enemigo rojo siga siendo susceptible de ser tan temido como antaño el episodio piloto se empeña en dejarnos claro que la KGB soviética ha evolucionado en la también perversa SVR.

Por si esto no fuera suficiente una de las primeras escenas nos muestra explícitamente como se las gastan desde Moscú con aquellos que deciden traicionar a su país. Parece que esto es el punto de partida para que una espía rusa, presente en la escena, descubra de repente que está al servicio de un país donde barbaridades tan extremas ocurren. 

Que este cambio de perspectiva política sea real o un postureo será el (inquietante) nudo para que su supuesta predisposición a pasar información sea tomado por la CIA como una victoria o como un engaño donde reciban información poco relevante o incluso errónea si al final resulta ser un agente doble.
Pues no, no lo venden como una comedia, aunque lo parece ¿verdad?
Para desentrañar tal dilema que mejor idea que encargarle el asunto a un novato analista de la CIA, que, casualidades de la vida, es hijo de una pareja de espías rusos ‘jubilados’ hace seis años y que ya viven en la tierra del tío Sam como iguales. El delirio va más allá cuando vamos conociendo que la hija mayor de la pareja también trabajó para la SVR rusa. Esto convierte a esta familia en la única en el mundo que tiene a un hijo trabajando a cada lado del telón de acero ¿He dicho telón de acero? Sí, porque seguramente las absurdas mentes de los guionistas han tomado las discutibles decisiones del actual Presidente ruso, Vladimir Putin, en política exterior como el reinicio de una guerra fría latente.

Este cambio se intuye cuando se les insta a los antiguos (y retirados) agentes a que recluten a su propio hijo para la causa. Ante lo que ellos aducen, que ya habían llegado a un acuerdo con las autoridades rusas seis años antes para dejar su misión, el enlace les señala que tales pactos son papel mojado para quienes mandan ahora.

Los antiguos espías del SVR 'retirados'. No se puede transmitir menos en televisión
Desde luego entre el tono inestable del drama que va desde la Spy Kids de Antonio Banderas a una tensión de risa y después el tener que asumir una situación geopolítica como real (o futura a corto plazo) el seguir viendo esta serie se convierte en un ejercicio de fe, rayano con el masoquismo semejante de quien aguanta con estoicismo los vídeos de comuniones ajenos. No está el panorama para tales sacrificios. Ni para tales bodrios.  

jueves, 12 de marzo de 2015

American Crime: aburrida y plana


Siempre es loable que se quiera reflejar un tema tan controvertido como la delincuencia desde otra óptica. No lo es en absoluto que el resultado sea un producto tan cargado de ética barata y moralejas absurdas como las que desfilan en American Crime. Quizá una cadena tan blanca como ABC debería dedicarse a ficción para la que se sí se supone que está concebida, es decir, con denominación para todos los públicos.
American Crime es tan predecible e insulsa que podría estar firmada perfectamente por cualquier productora de nuestras dos megacadenas: Mediaset y Atresmedia. Cuesta pensar que John Ridley (escritor de ‘Doce años de esclavitud’), el presunto perpetrador de semejante pastelada sea norteamericano y haya visto, aunque de lejos, alguna situación como las que acontecen en su piloto.
El actor insulso también conocido como Timothy Hutton
La historia arranca con una llama telefónica donde se anuncia un crimen a un posible familiar. Que el familiar en cuestión sea el aburrido Timothy Hutton ya es un mal comienzo. No es ninguna sorpresa que se pase todo el metraje de este primer capítulo fluctuando entre con ganas de llorar y haciéndolo directamente. Sopor. Me animaba que su expareja fuera Felicity Huffman, pero su personaje se enroca en una mujer neurótica hasta tal punto que cuesta creer que dos personas tan parecidas hayan encontrado motivos para la separación. Es una lástima que Lynette, aquella atractiva MILF de Mujeres desesperadas se haya convertido en un clon de Rosa Díez en este bodrio.
Alonzo Gutiérrez enseñándole valores a su hijo Antonio
A través de estos dos personajes planos y con la ayuda de una policía, que queda en un segundo plano, se van reconstruyendo los hechos con historias paralelas cuya intención es converger en la verdad. La invisibilidad policial es algo deliberado, en busca de una mayor sensibilización del hecho en sí. Las causas del delito pasan a copar el interés de la historia. Y aquí es cuando American Crime se vuelve ya del todo manipuladora y sosa. Echar mano de tópicos raciales, paterno-filiales o culturales es aburridísimo. Algo que se convierte en absolutamente rancio si encima se le dan la vuelta en un guiño de los guionistas del tipo ‘Las apariencias engañan’. Negro sobre blanco, nunca mejor dicho o la solución al nudo dramático gracias al negativo de lo que sociedad norteamericana piensa. No digo más, porque tampoco hay mucho más que decir. Ah sí, sale Benito Martínez, el capitán David Aceveda de The Shield. Su papel en la serie de padre latino recto y autoritario es tan cliché como los demás.
Sí, señora Díez. TODAS las propuestas del Congreso son a cargo de su partido
American Crime debería postularse para amenizar esas tardes de domingo en Antena Tres. Sólo le falta comenzar con ‘Basado en hechos reales’ para que la siesta sea perfecta. Aunque dudo mucho que la realidad sea algo tan candoroso y melifluo como lo que se cuenta en este drama.