miércoles, 26 de junio de 2013

'The Fall': las dos caras del crimen

Aprobado alto para esta primera temporada, de ‘The Fall’. Y empiezo poniéndole nota porque quizá las críticas leídas sobre ella habían disparado mis expectativas en demasía. Esta nueva producción de la BBC tiene elementos de thriller sobradamente conocidos: un asesino en serie, una mujer policía fría y calculadora, un orden cronológico natural (sin saltos en el tiempo, flashbacks…) etc. Y otros no tanto: Belfast como turbador escenario, un serial killer con empatía o un protagonismo dual, entre la detective y el criminal. Precisamente estos dos focos de atención que surgen por separado, pero van confluyendo poco a poco, son el punto fuerte de la historia.
John Lynch, recordarlo en 'En el nombre del padre' 
Paradójicamente me deja algo frío la interpretación de Gillian Anderson, la detective Stella Gibson. Es una de esas actuaciones que parecen tan naturales que le hacen a uno preguntarse cuanto de la Gillian  hay en Stella. La detective especial sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Quizá por ello ha sido elegida y enviada desde Londres a Belfast para lidiar con el caso. Un lugar donde las connotaciones políticas y sociales son mucho más que eso y se precisa de alguien por encima de cualquier disquisición moral.  
 
Una Gillian muy contenida...y desatada
Por el contrario, el norirlandés Jamie Dornan es un hallazgo que nos hace ponernos rápidamente de su lado. Su alter ego, Paul Spector, compatibiliza su ‘hobby nocturno’ de matar mujeres trabajando como terapeuta. Y en ese punto vemos al ser humano que trasciende del asesino. Paul tiene una relación peculiar, pero a la vez muy real con su mujer y sus dos hijos pequeños. Busca sensaciones a través de los crímenes que le lleven a la belleza y a la perfección, que su rutina no le ofrece. Y aquí es donde crece el monstruo. Un asesino frustrado alejado de la minuciosidad de otros asesinos en serie. Y que comete errores. Muchos errores. Su fuerte está en la capacidad para convertirse en padre abnegado cuando llega el día.
Paul (Jamie Dorman) padre y concienciado
The Fall’ es buena porque ofrece más capas que la simple contraposición entre el trabajo policíaco de  Stella y la ejecución de las fantasías de Paul. Estas cuestiones paralelas son interesantes y le dan profundidad, pero no siempre están bien introducidas en la trama general.
 
Que peligro tiene la red para los futuras estrellas 
Además el dúo protagonista, tenemos una esposa del criminal maternal y bondadosa, una policía curiosa y con ganas de medrar, un policía anárquico (el tan de moda Emmett Scanlan), una au pair jugando a lolita, un John Lynch dando vida a un mando policial con oscuros intereses políticos, Ian McElhinney  moviendo esos hilos, una forense interpretada por Archie Panjabi, un Michael McElhatton con problemas de conciencia (importante: no invitar NUNCA a una boda), un famoso delincuente celoso, etc. 
Archie Panjabi, como forense y confidente de Stella
En definitiva un magnífico elenco de actores, muchos de ellos norirlandeses y que dotan a ‘The Fall’ de grandes actuaciones.Quizá en su anunciada segunda entrega tenga ocasión de subir nota y encajar esas piezas que aún no terminan de encajar del todo. De momento, se ha ganado una oportunidad.      
Emmet Scanlan, el chico de moda


domingo, 23 de junio de 2013

'Rectify': excesivamente contemplativa


Otra apuesta del ‘Sundance Channel’, tras la estupenda ‘Top of the Lake’,  con desigual recibimiento de la crítica a un producto con ganas de ser diferente. ‘Rectify’ cuenta la historia de Daniel Holden, que recupera la libertad tras diecinueve años en el corredor de la muerte gracias a una prueba de ADN circunstancial y que regresa al pequeño pueblo donde quedan muchas heridas por cerrar.

Rectify’, creada por Ray McKinnon, es un drama al uso, que cuenta una historia poco apasionante, pero que es en ritmo y fondo donde quiere marcar diferencias. Un ritmo pausado, como corresponde al pequeño pueblo de Georgia escenario de la historia. La lenta integración del liberado a su familia primero y con los demás vecinos posteriormente, dota de un crudo realismo que el espectador debería agradecer, sino fuera porque esa espesa tensión dramática no aporta nada digno de conmover o llamar la atención.
Daniel Holden volviendo a socializar
El protagonista, el canadiense Aden Young, escenifica todo un catálogo de muecas, silencios y gestos que terminar por desquiciar y me recuerdan al británico Wentworth Miller (Michael Scofield, en ‘Prison Break’), pero sin mapas en la espalda, ni fugas de prisión. Este presunto síndrome de ‘Forrest Gump’ que invade al protagonista intenta poner sobre la mesa cómo se debe sentir alguien que ha burlado en el último momento la inyección letal y, que de repente, vuelve a la vida que dejó siendo joven. Obviamente todo ha cambiado, incluso su familia, cuyo lazo más sólido es el que le ofrece su hermana Amanda (Abigail Spencer).       
Abigail Spencer, lo mejor de 'Rectify, sin duda
Abigail Spencer es lo mejor de la serie, con diferencia. La actriz despeja las dudas que puede ofrecer una belleza que brilla en demasía, pero que se ve acompañada por un dominio perfecto de pasión y contención.  Abigail no sólo enamoró a  Don Draper, como maestra en ‘Mad Men’, en un inocente baile escolar de primavera. Allí se convertía en la madre de todos los clichés de ensoñaciones paternas, pero entreveíamos mucho más. Algo que en ‘Rectify’ sale a la luz. Tendremos más noticias de Abigail en un futuro. Seguro.
 
Hasta Don Draper sabía del potencial de Spencer 
Salvamos también de un conjunto de interpretaciones romas al padrastro de Daniel, Bruce McKinnon, quien en las no demasiado pródigas escenas en las que aparece hace un trabajo más que digno. También es reseñable J. Smith-Cameron, en el papel de madre. Notable actriz, que se ve perjudicada por un papel en un principio atractivo, la madre protectora con sentimientos encontrados respecto a su hijo, pero que un guión torpe se encarga de deslavazar. 
J. Smith-Cameron como Janet
Rectify’ se gusta demasiado y al final se convierte en un objeto de contemplación pesado. Repartido en sólo seis capítulos (menos mal) prescinde de esquemas tipo, lo cual es a la vez valiente y un suicidio con según qué público, pero cuya cadencia me hace obviar todo lo bueno que aporta. Ese dejar de lado la verdad para centrarse en sentimientos y sensaciones, como sexo, miedo, celos, envidia o violencia, es novedoso. También es de aplaudir una fotografía sobresaliente y unos créditos estupendos. Todo insuficiente, para una ‘Rectify’ donde aún sigo esperando que Daniel Holden salga de su ensimismamiento y nos de algo más.  

   

    

miércoles, 19 de junio de 2013

La mejor serie de televisión de la historia


Ahora que están tan de moda las listas de mejores producciones televisivas muchos de mis amigos se atreven a convertirme en su gurú catódico (pobres) y me hacen LA pregunta: ¿cuál es la mejor serie de televisión? Tremenda pregunta y tremendo el papelón para un servidor, cuyo único mérito atribuible es restar casi completamente el tiempo a la tele convencional para dárselo a la ficción televisiva programada (entre otras cosas).

Lo primero que hago al elaborar mi respuesta es resaltar la (obvia) división entre drama y comedia. Puede haber más y la frontera entre ambas está muchas veces desdibujada, con tanta dramedia (‘Entourage’, ‘Weeds’, ‘Girls’), pero es la más sencilla y divide de golpe la legión de series en dos.  

Como comedia hace tiempo que elegí ‘Frasier’. Es inteligente, dinámica, irónica, sutil, creíble y se constituye en mi ‘happy place’ por méritos propios. Once gloriosas temporadas, que parten desde que el ético psiquiatra deja Boston (y su ‘Cheers’) para regresar a Seattle y que nos dejan momentos extraordinarios liderados por un David Hyde Pierce (Niles Crane) sublime.
David Hyde Pierce y Kelsey Grammer: los hermanos Frasier
Al igual que ocurre en cine, literatura o teatro, en televisión la comedia es el hermano pobre, afirmación curiosa cuando es evidente que cuesta más hacer reír que llorar, pero los clásicos griegos marcaron unas pautas donde el drama (la tragedia) se elevaba sobre lo demás.

Así, finalmente, mi respuesta sobre cuál es la mejor serie de televisión (hasta la fecha, ojo, que soy optimista) es ‘The Wire’, el maravilloso homenaje de David Simon a la ciudad de Baltimore, donde se muestra con toda crudeza la problemática de la droga, desde un punto de vista global: policíaco, social, mediático, político, etc.     

El gran Vargas Llosa lo resume así: 'The Wire tiene la densidad, la diversidad, la ambición totalizadora y las sorpresas e imponderables que en las buenas novelas parecen reproducir la vida misma, algo que no he visto nunca en una serie televisiva, a las que suele caracterizar la superficialidad y el esquematismo'. 

Stringer Bell y 'Proposition Joe'
Perdón por el copia y pega de wikipedia, pero es que no se puede resumir mejor. Ninguna otra obra televisiva (o no televisiva) me ha hecho llorar tanto por dentro. Me ha devastado de esa manera emocionalmente. Me ha incluido en una realidad social a miles de kilómetros, pero como suele decirse, tan lejos, tan cerca.  The Wire’ (el alambre) es tan real que se respira. Cada una de las cinco temporadas de esta obra maestra de la HBO se centra en un tema. Con una base y personajes comunes y una trama que evoluciona a la par.

La primera temporada narra el trapicheo en una zona marginal llamada ‘las casa baratas’, escenario desde donde se esboza la lucha entre la policía y las bandas de narcotraficantes. El comienzo de ‘The Wire’ es denso, tanto que los espectadores menos pacientes abandonan haciendo caso omiso de que la espera será ampliamente recompensada. Un escenario verosímil donde la droga es casi el único medio de subsistencia para mucha gente y donde los policías no son esos superhéroes perspicaces que resuelven casos de manera mágica. Este inicio es así porque el universo que se plantea necesita cocinarse a fuego lento. No es un capítulo de ‘CSI’, la historia quiere forma, fondo y alma y vaya si lo consigue.

La segunda entrega se centra en el puerto de Baltimore, el control de los sindicatos, las grietas por donde cada cual intenta medrar más allá de un trabajo duro, pero honrado y donde los límites, una vez traspasados pueden ser fatales. Ese matiz, de personas honradas que, por avaricia, se mezclan con delincuentes peligrosos es la base de estos capítulos.
A la derecha, Chris Bauer como Frank Sobotka
La tercera temporada es un bello canto a la utopía, un regalo para aquellos que no conocen límites cuando se trata de encontrar una solución a la droga. En paralelo a la lucha política y el liderazgo social que marcan estos capítulos, se asigna una zona deprimida y acotada de la ciudad para el tráfico de drogas, eliminando casi el control policial en la zona. Esta situación de legalización de la droga de facto causa recelo no sólo en los defensores de la ley, sino también entre los delincuentes. Es un experimento social a espaldas de la opinión pública, que tarda tiempo en saber lo que de verdad ocurre.
Hamsterdam: la utopía hecha realidad
La cuarta sesión analiza la problemática desde el punto de vista educativo, donde se observan los condicionantes para que los niños pasen de un aula a una esquina a vender droga.  A la vez describe las elecciones a la alcaldía, de manera diáfana y concreta, demostrando el carácter absolutamente transversal de esta producción. Personalmente es mi temporada favorita y la que más adentro me llegó.
Niños con un destino escrito
Por último, en la última entrega, se examina la problemática de las drogas y la delincuencia desde el punto de vista mediático, a través de los reporteros de un diario de Baltimore. Sirve también como colofón al argumento central y como síntesis de la evolución de los personajes.
Los media como ojos de la opinión pública
Creo que no se ha hecho nunca nada, ni en cine, ni en TV, al nivel de la obra de David Simon. ‘The Wire’ tuvo una precuela en forma de miniserie llamada `The Corner’, donde en formato semidocumental se narraba la historia de un barrio sumido en la venta y el consumo de droga.

‘The Wire’ es una serie de obligado visionado si se quiere disfrutar de la mejor serie de televisión (hasta ahora) y si se quiere entender mejor cómo funciona el mundo.  
Omar Little, McNulty y 'Kima' Greggs

jueves, 6 de junio de 2013

'Gravedad Cero': ¿Qué estoy viendo?


Mis incursiones en la ciencia-ficción televisiva han sido escasas y casi nunca exitosas. Nunca me han atraído ‘Star Trek’, ‘Fringe’, ‘Battlestar Galactica’, o ‘Doctor Who’. Lo cual no deja de ser raro, porque en novela sí que me he dejado cautivar por Orson Scott-Ward, HG Wells o Isaac Asimov. El día que alguna cadena se decida a llevar los siete libros de ‘La Fundación’ de éste último a la pequeña pantalla me haré fan. I promise.

Por eso mi tropiezo con ‘Gravedad Cero’ (‘Defying Gravity’) sólo se puede definir como fortuito. Y ya es mala suerte que lo haga con un producto que, pese a basarse en un viaje espacial, tiene bien poco de sci-fi. Que en la red, una crítica lo defina como un ‘Anatomía de Grey’ del espacio, es bastante significativo. Por ahí van los tiros.
La nave mola
En un futuro cercano, un grupo de astronautas se embarcan en una misión de reconocimiento por varios planetas del sistema solar que durará seis años. Las relaciones entre los cuatro hombres y las cuatro mujeres de la tripulación marcarán la trama, además de las conexiones con el personal de tierra y por el descubrimiento de que la misión tiene una finalidad distinta, hecho que irá desvelándose poco a poco. Este es el supuesto nudo argumental que nos debe de recordar el género en el que está enclavada ‘Gravedad Cero’. Menos mal.

Digo esto porque quitando las (puntuales) escenas de la nave y el espacio la historia podría transcurrir en unas oficinas, en un instituto o en un hospital. La tensión dramática es ñoña, previsible y llena de candidez. Lejos de acercarse a unas mínimas pretensiones de entretenimiento.
Pantene Pro V, para la astronauta moderna
El tiempo presente se mezcla con flashbacks que nos ayuda (ejem) a entender como se ha llegado a ese punto concreto en las relaciones entre la tripulación y porqué cada uno está en la situación que está. Los filtreos durante el entrenamiento, la selección de candidatos aptos al viaje, las rivalidades derivadas de las mismas, así como la amistad son los ejes de estas explicaciones del pasado. Asuntos vanos de colegial vergonzoso, que vamos aguantando a la espera de algo más.
Zoey y su bondad son lo más
Y ese algo más sucede, pero es un sucedáneo y nos deja vacíos. Tampoco se debe obviar que es un periplo interplanetario con paradas en varios planetas y que se había previsto que cada temporada narrase un trayecto. Pero la serie termina en la primera parada, Venus. Y ya. No sé si porque la historia se veía que no daba para más o la cadena, ABC, no quiso alargar una agonía que no llevaba a ninguna parte. Paradójico.    

Los romances de instituto (‘le gustas a Zoey’), traumas gordísimos y escasa imágenes del siempre agradecido universo se quedan en una temporada. Mejor. ‘Gravedad Cero’ es totalmente prescindible. Ya la he sufrido yo, no hace falta que lo hagáis vosotros.
Ganesha en el espacio