martes, 23 de diciembre de 2014

Homeland: la enésima decepción


Antes de empezar a leer aviso que este post está lleno de spoilers correspondientes a la cuarta temporada de Homeland. Así que si no la has visto completa deja de leer y espera a hacerlo porque si no te vas a acordar de mis parientes más cercanos, los cuales además de no tener culpa tampoco la han visto. Por si acaso: ATENCIÓN SPOILERS!!!

Mi espíritu controvertido ya aupó la tercera temporada de la serie de Showtime como la mejor. Más acción, más exteriores y menos triángulos amorosos estúpidos. Me molesta muchísimo cuando supuestamente estás viendo una trama policíaca, de espionaje o política y en medio aparece una simplona historia de amor. Ese componente bucólico es un aderezo extraño, de otra comida. Aparte de que no interesa desenfoca el centro de atención y al final simplemente es un recurso fácil de unos guionistas especialmente perezosos.

Además la tercera temporada incluyó la muerte de uno de sus protagonistas, situación ésta que siempre da sensación al unísono de realismo y conmoción, características exigibles a un drama de este tipo. Algo no debe funcionar en Showtime con esta serie cuando en la cuarta temporada han amagado con resucitar lo irresucitable. Esto no me hubiese extrañado del todo, viendo las persistentes ganas de convertir una serie política en un culebrón, pero me hubiera obligado rápidamente a renunciar seguir viendo semejante bazofia.
Reunión bilateral Pakistán-EEUU
Al final no se llegó a tanto, pero la sensación de vacío es mayor al final de esta última temporada cuando en la misma hemos asistido a capítulos con una tensión dramática admirable. El noveno, en concreto, titulado There’s something else going on (‘Algo más está pasando’) fue el mejor capítulo de Homeland en sus cuatro temporadas. Con esa tensión en el aire de que algo no iba bien, pero el espectador no tiene ni idea de qué es. Eso sí es un buen thriller político. Si hasta la visión de la multigestual Claire Danes no resultaba tan embarazosa como otras veces.

Porque los primeros capítulos, donde Carrie Mathison intenta seducir al joven pakistaní y para ello su argucia es fingir aflicción frente a su propio pasado, son de vergüenza ajena. Esas diez muecas por segundo, para mostrar una inquietud interior que empatizase con el futuro doctor son un ejercicio de sobreactuación extrema que superan incluso a Estela Reynolds en La que se avecina.
Esta cara ¿de qué es? Por Dios, esta mujer es la reina de las muecas imposibles
Lo peor de todo es que no se puede decir que no haya alternativas sin salir de casa. Saul Berenson (Mandy Patinkin) sigue regalando una actuación notable en cada escena. El distante e hipnótico Quinn (Rupert Friend) se haría el amo del cotarro a nada que le dejasen. Este chico tiene, indudablemente, el factor X. La taimada Tasneem (la hindú Nimrat Kaur) se come con patatas a Carrie en su papel de némesis pakistaní de inteligencia. Martha Boyd (Laila Robins) es una dignísima embajadora, incluso cuando debe elegir entre su deber y su marido, Mark Moses (el ‘Duck’ Phillips de Mad Men), que tampoco está mal. Aasar Khan (el británico Raza Jaffrey) también hace una actuación sobresaliente, que suma credibilidad en esta desigual cuarta temporada.   
Tasneem, vehículo de lujo actoral para la hindú Nimrat Kaur
Pero a pesar de todos estos mimbres, de unos exteriores soberbios, de un villano espléndido como Haissam Haqqani, el turco Numan Acar (se me olvidaba) y de una inestabilidad manifiesta en Pakistán que tiene réplica con la actualidad, la trama se desinfla como un globo viejo en los tres últimos capítulos ¿Falta de ideas? Tiene toda la pinta. Al final una vuelta a casa, con un oportuno y póstumo homenaje a James Rebhorn (el padre de Carrie), que sirve de excusa para volver al punto de partida y ofrecernos una incipiente historia de amor entre Quinn y Carrie, tan metida con calzador como predecible, viendo la fe que tienen en SHO en el sex appeal de Claire Danes. No salgo de mi asombro.

Homeland, a través de su protagonista, sigue adoleciendo de credibilidad en ciertos detalles. Obvio el ridículo ejercicio de fe que supone creer que alguien con esos problemas mentales pueda ostentar esos cargos de responsabilidad en la CIA. Pero su facilidad para obtener lo que quiere (como el mando en la base de Islamabad), lo escéptico que es su mimetismo entre la población árabe (a pesar de esa larga melena rubia), el cómo se pone en riesgo continuamente (y que se lo permitan), etc. Creo que la escena final de Homeland será una discusión entre el Presidente y ella, con el primero claudicando ante la incontenible determinación de la voluntariosa Carrie. En fin.    
Seducción para idiotas: 1. Sin remordimientos. 2. Contacto físico. 3. Contacto visual. 4. Fingir cuatro cosas a la vez 
Que tres capítulos más tarde de la magnífica escena del intercambio de prisioneros en las afueras de Islambad hayamos desembocado en un intrascendente beso es una tomadura de pelo. La fallida y chapucera genialidad de ver, en la última escena, a una ofendida Carrie que se marcha al descubrir la complicidad entre Saul y Dar Adal, con paso de penn drive comprometido mediante, es demasiado poco (poquísimo) y demasiado extraño. Lo dicho, los guionistas de vacaciones después del capítulo nueve y las ideas fluyendo del becario robado a la revista Cosmopolitan. Menudo fiasco.  
Estética casual bien. Intentar pasar desapercibida por las calles de Islamabad, mal.



viernes, 28 de noviembre de 2014

El poder y la cuarta pared


El mejor ejemplo de que no todos los remakes son malas ideas es la excelente House of Cards de la plataforma Netflix. La primigenia miniserie británica (BBC) intentaba reflejar, a través de Francis Urquhart como protagonista, los resortes del poder en la Gran Bretaña de los años ochenta. Desde un punto de vista feroz, terrible, sin atisbo de compasión, en un crítico retrato de la clase política. Estos cuatro capítulos pueden verse a través del portal youtube, con subtítulos en castellano.

En 2013 Netflix decide crear su versión americana, con trece capítulos vertiginosos, complejos, profundos. Que nos enseñan sin ambages la manera de mantenerse y escalar en el poder, por medio de alianzas, traiciones y una falta de ética y moral apabullantes.
Jackie Sharp y Remy Denton
La elección de Kevin Spacey como Frank Underwood fue una elección acertada, porque nadie como él para encarnar a un político tan lleno de ambición como carente de escrúpulos. Además su relación con la cuarta pared es un sello diferenciador de la serie, aunque ya lo hayamos visto en más productos televisivos. La cuarta pared es la pantalla invisible que separa a una obra, ya sea cine, teatro o televisión, de los espectadores. Cuando alguien, durante la representación, se dirige a los espectadores se llama romper la cuarta pared y es, además de un guiño a la complicidad con el público, un recurso para enfatizar la tensión del momento.
Claire y Frank Underwood
Underwood puede estar departiendo en el Gabinete un tema crucial que en un momento dado girará la cabeza, nos mirará de frente y explicará lo que acabamos de ver o su próxima jugada. Esta técnica que parece importante termina por parecernos lógica y normal y no aleja ni un ápice nuestra atención de lo que estamos viendo: una serie fantástica sobre política.

House of Cards ha terminado su segunda temporada y ya tiene una tercera en camino. Lo que empezó siendo una historia algo lenta y quizá con demasiado por abarcar, se ha ido concretando con un solo objetivo: el poder absoluto. Esta sintetización de la trama no ocurre de hecho entre ambas temporadas, sino en mitad de la segunda. Y no lo hace de manera aleatoria o carente de sentido, pero es un punto de inflexión que el espectador reconoce y asocia con un vértigo dramático que se va acelerando a medida que llega al final y amenaza con descarrilar y llevarse todo por delante.

Francis Underwood está acompañado en su escalada al poder por la fría y calculadora Claire (notable Robin Wright, Globo de Oro a mejor actriz 2014), con quien además de sueños comparte falta de prejuicios, determinación y un lado oscuro. Como toda pareja la relación pasa por mejores y peores momentos. La superación de éstos últimos, y más allá, la manera de hacerlo, conseguirán que nos expliquemos la naturaleza real de esta unión.  Aquí está, en mi opinión una de las virtudes de House of Cards. La capacidad para bosquejar el alma humana cuando esta trata de poner absolutamente todos los recursos al servicio de un fin último. Sin que aparezcan en ningún momento dudas morales o remordimientos que la alejen de su éxito.
Francis en su local de BBQ
Respecto al conjunto del guión la trama política no se sale de lugares comunes, como el equilibrio de poder, la tensión entre partidos (Underwood es demócrata), el poder de las grandes corporaciones, la relación con los medios de comunicación y a través de ellos con la opinión pública, etc. Estamos viviendo una época en que tanto los Media como los entresijos de poder han cobrado especial relevancia en las producciones televisivas. Bienvenidos sean, ambos. A nadie se le escapa que estos temas al ser de rabiosa actualidad necesitan ser, a su vez, un reflejo de su tiempo, de un lugar y un momento determinados. Por ello la actualización de las nuevas tecnologías, la relación con las redes sociales o como se retroalimentan el poder y la calle tiene que ser contados de tal manera que olvidemos por un momento que se trata de ficción.
La periodista Zoey Barnes, cruzando la delgada línea entre lo ético y lo que no lo es 
 House of Cards además de un drama sobresaliente pretende ser un reflejo de una parte de la sociedad. Que esta representación sea una parte tan comprometida como la clase política permite licencias narrativas que nos lleven a encrucijadas donde las posturas se radicalizan y la ingenuidad desaparece ¿Son los políticos así de perversos? ¿O simplemente son personas que han llegado a determinados grados de poder donde no cabe otra manera de actuar? Ahora que está tan de moda la palabra ‘casta’ para definir a la clase política estaría bien que nos preguntásemos cuanto de Frank Underwood hay en nosotros mismos. Sería inocente pensar que la serie de Netflix no pretende, además de entretener, precisamente eso.  

martes, 18 de noviembre de 2014

La vida de Mindy


Una vez consolidada la era de oro de la televisión, el gran reto actual consiste en encontrar a la heredera de las grandes comedias de los años noventa, que marcaron un nivel y unos estándares de calidad difíciles de recuperar. Los ejemplos de ello los conocemos: Frasier, Seinfeld o Friends. Que en la actualidad, la moderadamente buena Modern Family acapare año tras año todos los premios que se otorgan a la mejor comedia dice mucho del vacío que hay en el humor televisivo.

Este hueco y la continua necesidad de equiparar las producciones cómicas a los dramas hacen que se tomen como tales series que, bajo mi modesto punto de vista, distan mucho de serlo. No veo a Girls, a The Big C, ni a Nurse Jackie como comedias. Al igual que no creí que lo fueran Californication o Entourage. Menos intensas y con menos pretensiones por supuesto, pero ¿comedia? A veces quien promueve estas etiquetas lo defiende argumentando que al final todo va enfocado al gran escaparate que son los Emmys y Los Globos de Oro donde estos dramedias (palabro) tendrían escasas posibilidades de competir con dramas puros. En comedia, y más en los últimos tiempos, la competencia es menor y hay más opciones de ganar y salir en los medios, con la consiguiente satisfacción de las cadenas, que obtienen así promoción de su producto gratis. Que Nurse Jackie sea una comedia o un drama es lo de menos para Showtime. Lo importante es la repercusión de los premios. Y a fin de cuentas también hay momentos graciosos ¿no?

Esta última explicación puede tener sentido para alguien que no se tome el género cómico tan en serio como yo. Para mí una comedia lo ha de ser sin ninguna duda, o sino no lo es. Por eso últimamente me he obstinado en encontrar la mejor comedia actual. Tenemos desde Louie o Mulaney y sus monólogos, la excelente The Big Bang Theory (que va ya por su octava temporada), las nuevas y ya canceladas Selfie y Manhattan Love Story (algo raro esta última, porque pintaba bien), la política (y a veces aburrida) Veep de Julia Louis-Dreyfus, la extraña A to Z, la radical You ‘re the Worst, la británica gamberra Scrotal Recall, la que juega con la moral Jane the Virgin, la sátira policiaca Brooklyn Nine Nine, el humor simple de Eagleheart, etc.
Serie de mujeres para mujeres (y hombres sensibles con ganas de reírse)
Dentro de esa amplia oferta me quedo con una sin dudarlo: The Mindy Project. Así a bote pronto la vida de una doctora de ascendencia hindú, con puntuales voces en off de la protagonista (a lo Sexo en Nueva York), con tendencia a recrearse en asuntos frívolos (propios de gente sin problemas económicos) y con un colorido intenso de fondo no es algo que me interese. Pero The Mindy Project es el paradigma de serie que te gusta en función de si amas u odias a su protagonista. No cabe otra opción. Y Mindy Kaling me gusta. Es graciosa, sabe reírse de sus defectos (aunque no al nivel de Lena Dunham en Girls), es competitiva y al final uno se da cuenta que no está haciendo otra cosa que viendo una buena comedia romántica moderna, con una actriz principal que engancha.
Además de unos créditos notables, los carteles promocionales están genial
Mindy Kaling trabaja en una clínica privada donde convive con el irascible Danny (Chris Messina) y el conquistador Jeremy (Ed Weeks). El equilibrio de poder y la búsqueda de Mindy de su propia relevancia en la empresa darán pie a multitud de situaciones divertidas, sin alejarse demasiado de las comedias al uso, pero con un ligero acento novedoso que darán frescor a la serie.    

The Mindy Project, a pesar de ser una idea ya utilizada es valiente porque siendo como es una serie de mujeres (que no para, porque a mí me encanta) rompe con los estereotipos de chicas flacas y obsesionadas con su cuerpo que pululan por la pequeña pantalla. Mindy se gusta (con sus lógicas excepciones, como todos) porque sabe que es encantadora. El que tenga más o menos sobrepeso es sólo un rasgo y ella misma abandera esa máxima de que si te gusta lo que ves te gusta todo. Una mujer que es capaz de hacerte reír mientras está llena de sangre porque tiene la nariz rota es que tiene un don.
Felicidad y buen rollo, para ver y tomar
El aparente defecto de la ligereza de sus problemas y su vanidad mal aceptada va difuminándose para dejar sitio a una mujer inteligente e interesante, con unos compañeros de trabajo que complementan perfectamente la vida (el proyecto) de Mindy. A pesar de que en la protagonista subyace la depresión de mujer que cumplidos los treinta aún no sabe hacia dónde va su vida, las situaciones, tanto las traídas en forma de recuerdos con precisos flashbacks, como las que suceden a tiempo real producen una sensación de felicidad latente que enganchan al espectador. Ese buenrollismo es uno de los puntos fuertes de la serie de FOX. Uno quiere pertenecer al proyecto de Mindy. Participar de sus chistes, de sus dardos irónicos y de sus piques laborales.

Está claro que la fortaleza del producto no está en sus pretensiones. Uno se da cuenta de que la serie te tiene a sus pies cuando llevas tres capítulos seguidos y quieres más. El mejor síntoma de una que comedia ha pasado, sin forzarlo, a nuestra lista de favoritas.          

The Mindy Project puede verse en Cosmo TV, en casi todos los operadores de pago de televisión (Canal +, Orange, Movistar tv, Ono, Euskaltel, etc).     
      

lunes, 3 de noviembre de 2014

55 minutos para aprender a ver


Debe ser muy difícil explicarle a alguien que siempre ha sido ciego en qué consiste la maravilla de poder ver. Captar la profundidad de los colores, las sombras, las diferentes perspectivas que dotan de profundidad un paisaje o los tonos ocres que encierran millones de matices en un bosque otoñal. Todo esto viene a cuento porque no paro de encontrarme con gente que no llegan a poder captar la magia visual que es Boardwalk Empire. Muchos de ellos desanimados por tantas subtramas paralelas al imperio de Nucky Thompson en la floreciente Atlantic City o por (atención SEMI- SPOILER!!!) el final de una segunda temporada que reventó la ley no escrita de que los protagonistas nunca desaparecen.

Boardwalk Empire enseña cómo debe ser un esquema global de guión. Yendo de lo general, en este caso una historia que tiene fechas, nombres e historias, hasta lo particular, donde los creadores puedan dar rienda suelta a su imaginación. Por eso me gusta la serie de HBO. Me habla de cosas que ya he visto, como mafia, ley seca, segregación racial, contrabando, etc. Pero también de pequeños relatos donde la épica cotidiana humana cobra relevancia.

Esta extraordinaria serie termina en esta quinta temporada. Y lo hace acortando sus habituales doce capítulos por ocho. Algo que podría revelar cierto cansancio en los guionistas o inseguridad en cómo cerrar la historia. Con este recelo vi este fin de semana el primer capítulo ‘Los días de oro de los chicos y chicas’ (‘The golden days of boys and girls’) una maravilla visual inaccesible para el cine actual y al alcance solamente de la élite de las producciones televisivas.
Charlie 'lucky' Luciano (Vincent Piazza) escalando poco a poco la poder
Su metraje, cincuenta y cinco minutos, de puro oro televisivo, tendría que ser de obligado visionado para todos aquellos que quieran entrar en la industria de la ficción. Los diferentes escenarios son un crisol de eficacia televisiva, cada una con su diferente trama y con un ritmo propio. (Nuevo SPOILER). No es lo mismo, ni en encuadres, ni en luz, ni la tensión actoral que subyace en una escena para describir a unos convictos negros en un frío bosque trabajando, que la cálida luz que dibuja las prendas blancas de los habitantes de la Habana o las tristes consecuencias del crack económico del 29 en los vendedores de sueños. Todo ello mezclado con un flashback perfecto, que comienza con unos chiquillos recogiendo bajo el mar las monedas que las clases adineradas de Atlantic City les arrojan. Ahí se nos presenta a un pequeño Nucky Thompson en el momento justo en que empieza a comprender que con la honradez nunca va a escapar de su vida de miseria y privaciones.

Steve Buscemi, sigue dando clases magistrales de acción y contención en una misma secuencia. Con silencios que dicen más que mil palabras y que olfatean el mundo con esa suspicacia propia de quien nada tiene y ve peligros a cada paso. Ese instinto luchador que aprende desde niño a no subestimar a la competencia, a no creer en las casualidades y a entender que los errores del pasado, bien utilizados, pueden ser un apoyo más que una rémora.    
Steve Buscemi, como Nucky Thompson, bajo el sol cubano
No voy a tratar de convencer a nadie de nuevo, porque me distrae la belleza de lo que contemplo. Una historia dentro de otra contada en menos de una hora. Y con tantas secuencias extraordinarias, tanta tensión dramática y tantas frases lapidarias que da para pensar semanas. El imperio de Nucky Thompson es una maravilla para el espectador. Qué grande es HBO.   

La quinta y última temporada de Boardwalk Empire puede verse actualmente en Canal +.

jueves, 23 de octubre de 2014

Tyrant, maniqueísmo de andar por casa

Aunque IMDB (Internet Movie Data Base) sigue siendo la Biblia de los amantes de la ficción televisiva (y del cine) hay veces que sus calificaciones, votadas por los usuarios, se antojan incomprensibles, por mucho que el hecho en sí mismo de que una serie de televisión te guste o no sea algo subjetivo.

Me ha ocurrido esta vez con el ocho que le dan a Tyrant (Fx), la nueva creación de Gideon Raff. Raff es uno de los padres de Homeland, una de las series bandera de Showtime, que a su vez es adaptación norteamericana de la original israelí Prisoners of War. Como en algunos aspectos de Homeland, Tyrant es enormemente ingenua y meliflua. Tanto que a veces como espectadores nos sentimos profundamente insultados por la candidez del fondo de la serie. Esa moralina obvia y pueril se disfraza por momentos de alta complejidad. Como si lo que es tan elemental fuera en realidad otra cosa. Pero no.

Junto a su contemporánea británica The Honourable Woman (pero con un resultado infinitamente peor) han decidido recordarnos que la violencia sólo conduce a más violencia y que poner la otra mejilla es el primer paso para conseguir la paz. La asignatura de educación para la ciudadanía se ve que es más común de lo que nos creíamos y su temática trasciende las aulas ¿Hace falta realmente que el espectador sea reeducado?

Que la ficción televisiva quiera ser reflejode lo que ocurre en cualquier sociedad es una cosa. Deseable, además. Pero que pase por veraz la hoja de ruta de un futuro Nobel de la Paz, particularmente simple, es otra muy distinta. En Tyrant asistimos a situaciones que no se darían de ninguna manera en un escenario real. Para empezar el protagonista, Adam Rayner, tiene de árabe lo que yo de coreano. Parece que para ese contrasentido toda la solución fue que se dejase barba. Todo el mundo sabe que un nórdico que no se afeite en unos días pasará por musulmán sin problemas. Entiendo que la elección para hacer de Bassar (Barry) Al-Fayeed, es gracias a que borda la cara de pasmo. Y pasmo tras pasmo es lo que siente al regresar a su país de origen, tras su vida tranquila en la bella California. Los atropellos que cometen su padre y su hermano, desde la cúspide de un régimen autoritario le hacen avergonzarse continuamente. Y ahí, sí ahí, hay que poner esa cara.     
Adam Rayner, un árabe al uso
Por si no fuera ya complicado encontrarse a un tipo caucásico rodeado de familiares de raza árabe, los flashbacks nos presentan al joven Barry con fisonomías absolutamente increíbles. Ni el cirujano de Cher habría conseguido tanto. Parece que estoy siendo duro con este punto, pero lo mínimo que le pido a un producto televisivo es que sea creíble y si el encargado del casting empieza haciendo una chapuza nada funcionará.

Además de estos errores básicos hay otros, lugares comunes de tantas series, como madres de adolescentes casi adolescentes, clichés culturales que rozan el ridículo, antagonismo exagerado entre buenos y manos (dejemos las cosas claras desde el principio y así no hay que pensar), unos hijos adolescentes cuya trama es irrelevante, etc.
La canadiense Jennifer Finnigan es la esposa de Bassar. La enésima maniquí prescindible en medio de un drama.
La sinopsis de Tyrant es que con motivo de la boda de su sobrino, Barry Al Fayeed (el de la cara de pasmo) deja atrás veinte años renegando de su pasado y regresa a su país. Allí confirma que la dictadura que dirige su padre y que su déspota hermano heredará en breve sigue igual. Pero Barry (antes Bassam) ya tiene la mentalidad de un norteamericano próspero y demócrata y esto hace que constantemente cuestione las decisiones de su familia. Además, se lleva consigo a su mujer (jovencísima, atentísima y algunos cuantos ísima más), a su hijo (algo crédulo, incluso por encima de la media) y su hija, que es la voz crítica, con esa acidez propia de algunos jóvenes, de los despropósitos de los que son testigos. Que el protagonista esté en perpetuo estado de reflexión ante lo que ve es lógico. Que se permita dar consejos de cómo llevar el país es más extraño. Y que, finalmente, le hagan caso punto por punto, unos tiranos acostumbrados a hacer lo que les da la gana, roza el esperpento.
Ashraf Barhom como Jammal Al Fayed y Moran Atias que da vida a su bella esposa Leila 
No sé aún cómo terminará esta primera temporada, porque entre la suma de absurdos y la falta de realismo los capítulos se me hacen larguísimos, pero la decepción ya es absoluta. Además, es una pena porque parecía buena idea, se utilizan unos exteriores notables y el tema es de candente actualidad. A la cadena FX, que es donde puede verse, le pudieron las ganas de moralizar y así les fue.
Los exteriores son lo mejor de Tyrant
             

jueves, 16 de octubre de 2014

Fargo: Imagen fija o vídeo


En el año 1996 los hermanos Coen escribieron, produjeron y dirigieron Fargo. Una película que por estética, temática y esa ambigüedad entre lo ficticio y lo real les llevó a ganar el Oscar al mejor guión, además de otro que reconocía el excelente trabajo de la protagonista, Frances McDormand.

La estructura de la película no era nada novedoso. Con una presentación, un nudo y un desenlace de manual. Lo que realmente fue resaltado por la crítica especializada fue el concepto de tiempo dentro de la estructura narrativa. Ahí el escenario, la blanca y gélida Dakota del Norte, sirve como metáfora continua a un lugar donde parece que el tiempo se ha detenido. Esos descendientes de emigrantes escandinavos, pulcros, ceremoniosos y tradicionales. Pues hete aquí que en este clima de paz y tranquilidad asistimos al lado más oscuro del ser humano: ambición, violencia, egoísmo, mentiras, falta de misericordia. Todo atornasolado por esos fondos helados y con la vana esperanza de que una policía de pueblo, embarazada y algo cándida sea la persona encargada de resolver el caso.
Desde el principio me gustó esa idea que subyace en Fargo de que la maldad no precisa de una mente privilegiada. Es más, la crueldad y la estupidez vienen muchas veces de la mano, como demuestra la película o como podemos confirmar abriendo un periódico. Si se quedase solamente en esa idea podríamos tachar a los hermanos Coen de cierto maniqueísmo. Pero lo mejor lo descubrimos en el reverso ético, al contemplar como la bondad intrínseca puede tener mil caras y no siempre van ligadas a una estética o unos modelos al uso. Las escenas de cariño entre la agente de policía Gunderson (McDormand) y su marido son de un realismo prosaico contundente. Y nos gusta.
Frances McDormand, como agente Gunderson y que ganó un Oscar por ello
Así mismo, los pasos que da la protagonista para ir uniendo puntos son tan elementales, como lógicos. Ese sentido común básico, desprovisto de artificios y valiéndose únicamente de una libreta y ganas de resolver el caso mediante preguntas y testigos es un guiño continuo al espectador. Ese trabajo lo puedo hacer yo. La línea para conseguir triunfar frente al mal no es ni larga, ni curvada. Un mensaje aparentemente simplón, pero cargado de todos los matices y vericuetos que un guión bien pensado permiten.
Jerry Lundegaard (William H. Macy) desbordado, como casi toda la película
Por el contrario, y volvemos a la ambigüedad de la que hablamos al principio, el antagonista (un genial William H. Macy) es también un tipo normal. Superado, eso sí,  por las circunstancias y que, desgraciadamente para él, suma una mala decisión tras otra hasta verse continuamente al filo del desastre.

La paradoja de ambos personajes es que no son especialmente diferentes, ni socialmente, ni a nivel intelectual, incluso tampoco en principio moralmente son tan opuestos como podría parecer. Pero los hechos se desencadenan, cada uno juega su papel y al espectador se le queda cara de matizar si realmente lo que está viendo es real o ficticio. De hecho y contrariamente al texto que aparece al comienzo de la película los hechos no son reales. Es una licencia que se tomaron los autores como ironía de tantas películas de serie B que comienzan con ese epígrafe.   
Unas testigos con ganas de ayudar
La película de Fargo fue una imagen fija de una situación ficcionada, con un fondo blanco, inmenso y desolador. Pero llegamos a 2013, cuando el canal Fx le encarga a Noah Hawley escribir una historia que tenga el mismo escenario, con una duración de diez capítulos y que de alguna manera continúe la temática de los hermanos Coen. La empresa, de primeras, se antojaba complicada. Es casi una herejía coger una obra de arte y darle una continuidad, aunque los personajes sean diferentes. Pero Hawley juega con algo a favor, que es la duración de la trama. La foto fija, aunque casi perfecta, podía ser desarrollada hasta tal punto que pareciese un vídeo. Un continuo. Lo malo que tiene el cine es que con una duración a lo sumo de dos horas la evolución de los personajes se antoja complicada o, por el contrario como el quid vertebrador del argumento.
Vendedor de seguros, profesión de riesgo
Por ejemplo, en Fargo el film, el vendedor de coches Jerry Lundegaard es retratado de manera fantástica por William H. Macy. Pero la inseguridad y las vacilaciones del personaje son casi idénticas al principio y al final. No hay recorrido. Al contrario, el Lester Nygaard (un enorme Martin Freeman) de la serie si sufre un cambio, de hecho hasta nada evidente, ni previsible. Esta evolución en los personajes se suma a un universo más rico, con más implicados. Con tramas, subtramas y una deliciosa conexión ante la que sólo cabe cuestionarse si, allá por 1996, los hermanos Coen ya pensaron que ese detalle tendría continuidad. Hilo de orfebre para relacionar ambas historias.
Lester Nyagaard y Lorne Malvo, algo más que un encuentro casual
La doble dimensión de  los hermanos Coen tiene continuidad en la serie con una imagen poliédrica donde el lado oscuro de las personas se ha perfeccionado hasta momentos de absoluto deleite ante la pequeña pantalla. El siempre camaleónico Billy Bob Thornton nos regala escenas con mucho más fondo que la crueldad estúpida (aunque magníficamente interpretada) de Steve Buscemi en la película. Pero cuidado que la maldad tiene muchas caras y los caminos para llegar a ella son misteriosos, ya sea uno un advenedizo en estas cuestiones o un auténtico profesional del mal.
Collin Hanks y Allison Tolman. Las fuerzas del bien. 
Por otro lado, la bondad cándida de Frances McDormand sufre un desdoblamiento en los papeles de Colin Hanks y Allison Tolman. Ambos policías, de lugares y con enfoques distintos, son los encargados esta vez de descubrir qué ha ocurrido. Con Tolman, que da vida a Molly Solverson, nos encontramos al primer personaje neutro de todo Fargo. Como neutro me refiero a un personaje al que asirse por parte del público. Piensa de manera más o menos convencional y reacciona también como se esperaría que alguien normal hiciese. Aún no sé si este faro en medio de tanta transgresión de tópicos es algo deliberado o no. Quizá con ello se acentúan los erráticos actos de los otros protagonistas y quedan más todavía en evidencia las delirantes conclusiones a las que llegan algunos de sus compañeros. Entre estos policías destaca Bob Odenkirk, el brillante Saul Goodman de Breaking Bad, a punto de empezar a filmar su spin off ‘Better call Saul’.

En la serie no disfrutamos de una actuación de José Feliciano, como sí ocurre en la gran pantalla, pero se rodea de actores muy importantes como Keith Carradine, Adam Goldberg u Oliver Platt que elevan el tono interpretativo de unos protagonistas ya de por sí muy notables.
Bob Odenkirk, para cualquier problema legal ¿Si le valió a Walter White?
En definitiva, la serie escrita por Noah Hawley es sobresaliente. Por sí misma y por lo difícil que es acometer esta mezcla entre continuación y homenaje a Fargo, en un género tan complicado como es la mezcla de drama con humor negro. Uno sabe que en algún momento se va a reír, pero no tiene nada claro que deba ser la risa la respuesta a lo que está viendo.      

                  

viernes, 5 de septiembre de 2014

Gomorra. Otro regalo de realismo italiano

Gomorra acaba de conformar mi trilogía televisiva perfecta llegada del país transalpino, junto con Romanzo Criminale y La mejor juventud. Vale que ésta última sea un híbrido entre una película doble y una miniserie, pero me quedo con este último formato porque nunca me he visto capaz de aguantar frente al televisor seis horas seguidas, aunque la bella historia de los hermanos Matteo y Nicola Carati, que resume a su vez tres décadas de la Italia del siglo XX, lo mereciese. 
Para entender la trascendencia de Gomorra hay que explicar que hubo una exitosa película previa, plasmación, a su vez, de la magnífica novela de Roberto Saviano. Esa por la cual el autor tuvo que infliltrarse prácticamente en el submundo criminal de Nápoles y Caserta. Y la misma que le puso una diana en la cabeza por airear en su feroz crítica el modus vivendi de la camorra. De ese enorme riesgo nacieron su novela, la película y finalmente la serie de televisión de la que hablamos. 
Terraza y relax ¿en el paraíso? 
Vistas ambas, la película y la serie, no ocurre lo mismo que con la excelsa Romanzo Criminale a la que a la película le siguió su versión de la pequeña pantalla, con igual argumento, pero mejorando con mucho la versión de cine. En la Gomorra televisiva, sin embargo, no se trata de explicar lo mismo que en su versión primigenia, sino de hacerlo de otro modo. La Gomorra previa era una radiografía de la camorra vertebrada a través de varias tramas transversales. Todo con un toque de documental que buscaba alejar las conclusiones del espectador de la ficción (aunque lo fuese) para denunciar que ESO estaba ocurriendo realmente, aunque a muchos nos parezca aún inverosímil.   

La versión catódica de Gomorra, por el contrario, vuelve a la historia lineal, basada en la familia Savastano y su equilibrio de poder en una Nápoles terrible. La trama se sustenta en la amistad entre el heredero del imperio, Gianni Savastano y Ciro, uno de los jóvenes capos del clan. La tutela de éste sobre el aún inexperto Gianni es el punto de partida de una historia dura, extremadamente violenta, pero absolutamente creíble.
Ciro y Gianni 
La obra se apoya en unas interpretaciones notables, como Marco D’amore (Ciro), el camaleónico Salvatore Exposito (Gianni) o la fantástica Maria Pia Calzone (como consorte de Pietro Savastano). Éste último, el actor Fortunato Cerlino, era el único que no me terminaba de creer como cúspide de tanta maldad. Aunque el paso de los capítulos despejó mis dudas iniciales y demostró el porqué le dieron ese complicado papel.    
Don Pietro y Donna Imma Savastano 
Por cierto, entre todos los actores y actrices ningún modelo. Ninguna Miss metida a actriz, ni siquiera un torso de gimnasio, ojos susceptibles de vender perfumes o miradas de seducción exageradas. Únicamente profesionales (y buenos) de la interpretación haciendo de personas normales. Sin subtramas románticas ridículas, ni nuevos ídolos que llenen de desplegables las carpetas de quinceañeras. A ver cuando aprendemos en España que se pueden hacer producciones para personas que no tengan cercenada una importante parte del cerebro. Ni sale más caro, ni (por supuesto) es peor y será algo susceptible de ser exportado sin que nos tengamos que morir de vergüenza por ello. Ver Gomorra o Romanzo Criminale y compararlo con bazofias como El Príncipe es para echarse a llorar y no entender absolutamente nada.   
Si ESTO es lo mejor que se puede hacer en ficción televisiva en España es para suicidarse
Gomorra no sólo es una historia cruenta y bien contada, con unas actuaciones veraces. Las localizaciones son estupendas, como los edificios/colmenas de viviendas, que nos evocan a las ‘casas baratas’de The Wire y que son las mismas que la película (una de las poquísimas coincidencias entre ambas). También lo son esas avenidas mal iluminadas y con aspecto tan deteriorado que sirven de enlace entre barrios marginales y que de vez en cuando están salpicados por algún monumento, Cristo o Virgen a la cual venerar. En este sentido y como consecuencia del guión, hay varias secuencias grabadas en Barcelona, que sirven como contrapunto entre una ciudad y otra. La Barcelona que se nos ofrece es una ciudad moderna, bella, limpia y segura. Quizá sea una licencia estética exagerada para radicalizar aún más el contraste con las barridas del sur de Nápoles, algo que impacta de lleno en el espectador.
El templo de la droga, con sus vigías
La banda sonora, como en casi todas las producciones italianas, es extensa y explica bien la simbiosis que tienen los italianos (sobre todo los del sur) con la música y como a través de ésta se puede explicar mucho del temperamento italiano, sus filias y sus fobias.

La trama es irregular en cuanto a los nudos, si bien hay un momento crucial que en los últimos capítulos se percibe como inevitable. El final es sorpresivo porque un par de planos menos podría ser perfectamente redondo, sin añadir nada más, pero un último giro de guión nos emplaza a una segunda temporada, la cual nos tendrá como testigos sí o sí, aunque al Vesubio le dé por despertar. Gomorra lo merece sin duda. 
Las tripas de la marginalidad. O el mismo infierno.

      

lunes, 7 de julio de 2014

Cuando una serie se hace grande: ‘The Americans’

Siempre me han gustado las historias de espías. Son la hermana moderna de la novela negra policiaca y como ella se actualiza en un género sin fronteras y que evoluciona constantemente. Dentro de los espías los hay que buscan el tirabuzón sorpresivo por encima de la tensión y la credibilidad, como el eterno 007 o el más contemporáneo Burne. A mí me gustan más las encrucijadas morales que se derivan de un trabajo tan inestable. Más todavía si en algún momento se ponen en duda las motivaciones de un trabajo que se supedita al romanticismo de un ideal. Por eso me decepcionó tanto Homeland, tras una primera escena que parecía que iba a ser precedida de oro puro televisivo. Luego llegaron el enamoramiento de Carrie y Nicholas y los morritos de Morena Baccarin y empezaron los bostezos. Por eso me acerqué con reticencias a The Americans en su primera temporada. Una pareja de espías rusos, cuyos hijos ignoran su condición, en los Estados Unidos de Ronald Reagan. El fondo de la Guerra Fría es siempre un punto a favor, aunque haya gente que lo interprete como pasado y prefiera la incertidumbre que generan otros temas más actuales. Exagerando los años ochenta para algunos es como ver Los Tudor, obviando que si bien el clima de distensión rebajó ese escenario, los trasfondos políticos en el binomio capitalismo-comunismo siguen vigentes hoy en día. Si, además, pensamos que el guión de la serie de FX está escrito por norteamericanos el asombro es aún mayor, al llegar a profundizar en multitud de dilemas políticos desde un punto de vista neutro,  limpio de prejuicios y dogmas.

El malabarismo empático comienza cuando a un espectador (en principio yankee) se le enseñan unos protagonistas rusos que cometen espionaje y sabotajes múltiples en tierras del Tío Sam. El looping emocional se dispara cuando vemos que la tapadera perfecta es que estos espías estén absolutamente integrados en los EEUU, aunque dirigidos en la sombra por la Madre Rusia. Sus hijos, desconocedores de la misión, nacen, crecen e interactúan como ciudadanos americanos normales. Para mayor asimilación, la pareja regenta una agencia de viajes moderadamente próspera. Entonces hay momentos en que los actores principales se sienten felices con su ‘American way of life’. Y ahí surge la paradoja absoluta. ‘Estamos –podrían pensar- luchando contra un modo de vida en el que estamos plenamente integrados y cuyo sueño americano tiene su mejor ejemplo en nosotros mismos’. Que la tierra de las oportunidades se haya convertido finalmente en la tierra de ‘sus oportunidades’ les debe llevar indefectiblemente a cuestionar si lo que se hace en la Unión Soviética es mejor. Como toda persona evolucionan y a veces ya no saben si ese dogma interior, esa exhaustiva preparación que les hizo aptos para su vida encubierta no pertenece a seres que quedaron lejos, en el pasado. La espada de Damocles del KGB les recuerda su deber y las posibles consecuencias de dejar de cumplirlo.

La máxima tensión que se deriva de un escenario complejo y rico de matices es llevado a la pantalla de manera sobresaliente por la pareja de protagonistas. Keri Russell, cuyo encasillamiento de niña bonita y políticamente correcta bebió de las aguas de Malibu Shores para consagrar definitivamente tanto empalago en Felicity, pasó la prueba de sobra en la primera entrega, pero en esta segunda está llegando a límites increíbles para una actriz cuyo techo consideraba bastante predecible. Esa madre abnegada, agente fría y determinada, esposa pragmática y reflexiva dota al personaje de Elizabeth Jennings de multitud de escorzos gestuales que hacen que ambas, actriz y personaje, se fundan ante nuestros agradecidos ojos.
Los Jennings en plena misión
La otra cara de la luna es el galés Matthew Rhys,  al que conocía por esa bobada llamada Cinco hermanos (Brothers & Sisters, para matar al traductor y sus licencias para traducir lo que se le antoje) y del que, sinceramente, tampoco me esperaba demasiado. A priori , la pareja sería idónea, con su currículum, para algún drama romántico de poco nivel, pero nunca para un thriller de espionaje de tanta altura. Rhys se metamorfosea (Russell también, ojo) en ambiguos personajes que le ayudan a llevar a cabo sus misiones. Hasta ahí todo normal. Lo que más me sorprende es que uno de sus alter ego sea de carácter casi permanente y le obligue a llevar una doble vida, al estilo de la que lleva Bill Paxon en Big Love. A causa de ello se producen situaciones o conversaciones entre la pareja protagonista que sin pretenderlo despiertan mi pasmo y, a veces, mi risa, ante lo surrealista de las mismas. Bravo por el ingenio narrativo.

La familia Jennings se completa con un hijo pequeño, Henry, irrelevante como tantos otros personajes infantiles. Ajeno a lo que se cuece, es la parte escéptica a las dudas que generan algunos de los actos de sus padres en su hermana mayor. Nada más que añadir, más allá de lo abofeteable que es la voz que le dobla en español. En serio, que esos detalles y más en una obra notable como esta deberían ser más cuidados. Y llegamos a la adolescente Paige (Holly Taylor), que se encuentra en una edad en la que una puerta cerrada ya no implica intimidad, sino invitación a conocer lo que ocurre tras ella. Si esto puede resultar embarazoso en una familia normal, qué decir de las cajas de Pandora que se pueden abrir en casa de unos comunistas infiltrados en las verdes praderas americanas. Por ahí va parte de la trama y sólo queda conocer como resolverán los hábiles guionistas el ineludible descubrimiento.    
Paige y la política de puertas cerradas
Como némesis de los protagonistas un actor de mucho nivel: Noah Emmerich. Emmerich encarna a Stan Beeman, el vecino que trabaja en el FBI. Además, el agente Beeman se encarga de luchar contra el espionaje soviético en EEUU, reclutando a comunistas con dudas y destapando a los enemigos del capitalismo. Beeman es el personaje más ambiguo de la serie. Su relación con la secretaria de la embajada soviética Nina llega a un nudo emocional y estratégico en el que no se sabe quién está engañando a quien para sus propósitos. Ambos interpretan un papel que exige tanta convicción que ellos mismos dudan por momentos de su objetivo final. Tiene mucho mérito lo de Nina, porque Beeman es del tipo de agente que consigue con una simple mirada desnudar a su interlocutor. Le acompaña su preciosa mujer Sandra, con unas facciones que nos recuerdan irremediablemente al mito ochentero Bo Derek. La similitud de esos pómulos puede ser casual, pero no es el único guiño que The Americans le hace a la protagonista de Bolero y 10, la mujer perfecta.
Beeman y Nina: amor y secretos
Otro personaje importante es la inquietante Margo Martindale, como Claudia, el enlace con el KGB. Martindale demuestra que sí existen papeles idóneos para mujeres de su edad y que su imagen de abuelita protectora puede ser, igualmente, apta para muy diferentes papeles. En este caso, esa bonhomía aparente esconde una personalidad dura y calculadora, con la que hay que tener mucho cuidado. Martindale suma mucho en The Americans y cada vez que asoma por la pantalla la zozobra de la trama es aún mayor.  
Es aparecer Claudia y la incertidumbre aumenta
Argumentalmente nada es casual en la serie creada por Joe Weisberg. Las intrigas, las sospechas y los miedos mantienen al espectador continuamente en tensión. No con los manidos giros de final de capítulo que sólo sirven para esperar con ganas el siguiente. Todo lo que ocurre (y ocurren muchas cosas) no se deja entrever y el tempo de la acción está notablemente construido. La propia tensión de la Guerra Fría está muy bien transmitida y nos hace partícipes de ella. De repente estamos comprando en un supermercado en una escena anodina y al momento no dejamos de mirar a todos los lados buscando aquello que nos acecha y nos perturba.

Aún me queda por ver gran parte de esta segunda temporada, pero no puedo dejar de pensar en lo que les espera a continuación a los Jennings. Esa hipnótica atracción es otro fuerte de la serie, al alcance de muy pocas producciones, pero que en The Americans es tangible. No dejéis de verla. La América de Ronald Reegan no está tan lejos y la temática no puede ser más actual.
Ronald Reagan, los años ochenta y la Guerra Fría. Una temática apasionante