jueves, 23 de octubre de 2014

Tyrant, maniqueísmo de andar por casa

Aunque IMDB (Internet Movie Data Base) sigue siendo la Biblia de los amantes de la ficción televisiva (y del cine) hay veces que sus calificaciones, votadas por los usuarios, se antojan incomprensibles, por mucho que el hecho en sí mismo de que una serie de televisión te guste o no sea algo subjetivo.

Me ha ocurrido esta vez con el ocho que le dan a Tyrant (Fx), la nueva creación de Gideon Raff. Raff es uno de los padres de Homeland, una de las series bandera de Showtime, que a su vez es adaptación norteamericana de la original israelí Prisoners of War. Como en algunos aspectos de Homeland, Tyrant es enormemente ingenua y meliflua. Tanto que a veces como espectadores nos sentimos profundamente insultados por la candidez del fondo de la serie. Esa moralina obvia y pueril se disfraza por momentos de alta complejidad. Como si lo que es tan elemental fuera en realidad otra cosa. Pero no.

Junto a su contemporánea británica The Honourable Woman (pero con un resultado infinitamente peor) han decidido recordarnos que la violencia sólo conduce a más violencia y que poner la otra mejilla es el primer paso para conseguir la paz. La asignatura de educación para la ciudadanía se ve que es más común de lo que nos creíamos y su temática trasciende las aulas ¿Hace falta realmente que el espectador sea reeducado?

Que la ficción televisiva quiera ser reflejode lo que ocurre en cualquier sociedad es una cosa. Deseable, además. Pero que pase por veraz la hoja de ruta de un futuro Nobel de la Paz, particularmente simple, es otra muy distinta. En Tyrant asistimos a situaciones que no se darían de ninguna manera en un escenario real. Para empezar el protagonista, Adam Rayner, tiene de árabe lo que yo de coreano. Parece que para ese contrasentido toda la solución fue que se dejase barba. Todo el mundo sabe que un nórdico que no se afeite en unos días pasará por musulmán sin problemas. Entiendo que la elección para hacer de Bassar (Barry) Al-Fayeed, es gracias a que borda la cara de pasmo. Y pasmo tras pasmo es lo que siente al regresar a su país de origen, tras su vida tranquila en la bella California. Los atropellos que cometen su padre y su hermano, desde la cúspide de un régimen autoritario le hacen avergonzarse continuamente. Y ahí, sí ahí, hay que poner esa cara.     
Adam Rayner, un árabe al uso
Por si no fuera ya complicado encontrarse a un tipo caucásico rodeado de familiares de raza árabe, los flashbacks nos presentan al joven Barry con fisonomías absolutamente increíbles. Ni el cirujano de Cher habría conseguido tanto. Parece que estoy siendo duro con este punto, pero lo mínimo que le pido a un producto televisivo es que sea creíble y si el encargado del casting empieza haciendo una chapuza nada funcionará.

Además de estos errores básicos hay otros, lugares comunes de tantas series, como madres de adolescentes casi adolescentes, clichés culturales que rozan el ridículo, antagonismo exagerado entre buenos y manos (dejemos las cosas claras desde el principio y así no hay que pensar), unos hijos adolescentes cuya trama es irrelevante, etc.
La canadiense Jennifer Finnigan es la esposa de Bassar. La enésima maniquí prescindible en medio de un drama.
La sinopsis de Tyrant es que con motivo de la boda de su sobrino, Barry Al Fayeed (el de la cara de pasmo) deja atrás veinte años renegando de su pasado y regresa a su país. Allí confirma que la dictadura que dirige su padre y que su déspota hermano heredará en breve sigue igual. Pero Barry (antes Bassam) ya tiene la mentalidad de un norteamericano próspero y demócrata y esto hace que constantemente cuestione las decisiones de su familia. Además, se lleva consigo a su mujer (jovencísima, atentísima y algunos cuantos ísima más), a su hijo (algo crédulo, incluso por encima de la media) y su hija, que es la voz crítica, con esa acidez propia de algunos jóvenes, de los despropósitos de los que son testigos. Que el protagonista esté en perpetuo estado de reflexión ante lo que ve es lógico. Que se permita dar consejos de cómo llevar el país es más extraño. Y que, finalmente, le hagan caso punto por punto, unos tiranos acostumbrados a hacer lo que les da la gana, roza el esperpento.
Ashraf Barhom como Jammal Al Fayed y Moran Atias que da vida a su bella esposa Leila 
No sé aún cómo terminará esta primera temporada, porque entre la suma de absurdos y la falta de realismo los capítulos se me hacen larguísimos, pero la decepción ya es absoluta. Además, es una pena porque parecía buena idea, se utilizan unos exteriores notables y el tema es de candente actualidad. A la cadena FX, que es donde puede verse, le pudieron las ganas de moralizar y así les fue.
Los exteriores son lo mejor de Tyrant
             

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