Debe ser muy difícil explicarle a alguien que siempre ha
sido ciego en qué consiste la maravilla de poder ver. Captar la profundidad de
los colores, las sombras, las diferentes perspectivas que dotan de profundidad un
paisaje o los tonos ocres que encierran millones de matices en un bosque
otoñal. Todo esto viene a cuento porque no paro de encontrarme con gente que no
llegan a poder captar la magia visual que es Boardwalk Empire. Muchos de ellos
desanimados por tantas subtramas paralelas al imperio de Nucky Thompson en la
floreciente Atlantic City o por (atención SEMI- SPOILER!!!) el final de una
segunda temporada que reventó la ley no escrita de que los protagonistas nunca
desaparecen.
Boardwalk Empire enseña cómo debe ser un esquema global de
guión. Yendo de lo general, en este caso una historia que tiene fechas, nombres
e historias, hasta lo particular, donde los creadores puedan dar rienda suelta
a su imaginación. Por eso me gusta la serie de HBO. Me habla de cosas que ya he
visto, como mafia, ley seca, segregación racial, contrabando, etc. Pero también
de pequeños relatos donde la épica cotidiana humana cobra relevancia.
Esta extraordinaria serie termina en esta quinta temporada.
Y lo hace acortando sus habituales doce capítulos por ocho. Algo que podría revelar
cierto cansancio en los guionistas o inseguridad en cómo cerrar la historia.
Con este recelo vi este fin de semana el primer capítulo ‘Los días de oro de
los chicos y chicas’ (‘The golden days of boys and girls’) una maravilla visual
inaccesible para el cine actual y al alcance solamente de la élite de las
producciones televisivas.
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| Charlie 'lucky' Luciano (Vincent Piazza) escalando poco a poco la poder |
Su metraje, cincuenta y cinco minutos, de puro oro
televisivo, tendría que ser de obligado visionado para todos aquellos que
quieran entrar en la industria de la ficción. Los diferentes escenarios son un crisol de eficacia televisiva, cada una con su diferente trama y con un ritmo propio. (Nuevo SPOILER). No es lo mismo, ni
en encuadres, ni en luz, ni la tensión actoral que subyace en una escena para describir a unos convictos
negros en un frío bosque trabajando, que la cálida luz que dibuja las prendas
blancas de los habitantes de la Habana o las tristes consecuencias del crack económico
del 29 en los vendedores de sueños. Todo ello mezclado con un flashback perfecto,
que comienza con unos chiquillos recogiendo bajo el mar las monedas que las clases
adineradas de Atlantic City les arrojan. Ahí se nos presenta a un pequeño Nucky Thompson
en el momento justo en que empieza a comprender que con la honradez nunca va a escapar de su vida de miseria y
privaciones.
Steve Buscemi, sigue dando clases magistrales de acción y
contención en una misma secuencia. Con silencios que dicen más que mil palabras
y que olfatean el mundo con esa suspicacia propia de quien nada tiene y ve
peligros a cada paso. Ese instinto
luchador que aprende desde niño a no subestimar a la competencia, a no creer en
las casualidades y a entender que los errores del pasado, bien utilizados,
pueden ser un apoyo más que una rémora.
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| Steve Buscemi, como Nucky Thompson, bajo el sol cubano |
No voy a tratar de convencer a nadie de nuevo, porque me distrae la belleza de lo que contemplo. Una historia
dentro de otra contada en menos de una hora. Y con tantas secuencias
extraordinarias, tanta tensión dramática y tantas frases lapidarias que da para pensar
semanas. El imperio de Nucky Thompson es una maravilla para el espectador. Qué grande
es HBO.
La quinta y última temporada de Boardwalk Empire puede verse actualmente en
Canal +.




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