lunes, 3 de noviembre de 2014

55 minutos para aprender a ver


Debe ser muy difícil explicarle a alguien que siempre ha sido ciego en qué consiste la maravilla de poder ver. Captar la profundidad de los colores, las sombras, las diferentes perspectivas que dotan de profundidad un paisaje o los tonos ocres que encierran millones de matices en un bosque otoñal. Todo esto viene a cuento porque no paro de encontrarme con gente que no llegan a poder captar la magia visual que es Boardwalk Empire. Muchos de ellos desanimados por tantas subtramas paralelas al imperio de Nucky Thompson en la floreciente Atlantic City o por (atención SEMI- SPOILER!!!) el final de una segunda temporada que reventó la ley no escrita de que los protagonistas nunca desaparecen.

Boardwalk Empire enseña cómo debe ser un esquema global de guión. Yendo de lo general, en este caso una historia que tiene fechas, nombres e historias, hasta lo particular, donde los creadores puedan dar rienda suelta a su imaginación. Por eso me gusta la serie de HBO. Me habla de cosas que ya he visto, como mafia, ley seca, segregación racial, contrabando, etc. Pero también de pequeños relatos donde la épica cotidiana humana cobra relevancia.

Esta extraordinaria serie termina en esta quinta temporada. Y lo hace acortando sus habituales doce capítulos por ocho. Algo que podría revelar cierto cansancio en los guionistas o inseguridad en cómo cerrar la historia. Con este recelo vi este fin de semana el primer capítulo ‘Los días de oro de los chicos y chicas’ (‘The golden days of boys and girls’) una maravilla visual inaccesible para el cine actual y al alcance solamente de la élite de las producciones televisivas.
Charlie 'lucky' Luciano (Vincent Piazza) escalando poco a poco la poder
Su metraje, cincuenta y cinco minutos, de puro oro televisivo, tendría que ser de obligado visionado para todos aquellos que quieran entrar en la industria de la ficción. Los diferentes escenarios son un crisol de eficacia televisiva, cada una con su diferente trama y con un ritmo propio. (Nuevo SPOILER). No es lo mismo, ni en encuadres, ni en luz, ni la tensión actoral que subyace en una escena para describir a unos convictos negros en un frío bosque trabajando, que la cálida luz que dibuja las prendas blancas de los habitantes de la Habana o las tristes consecuencias del crack económico del 29 en los vendedores de sueños. Todo ello mezclado con un flashback perfecto, que comienza con unos chiquillos recogiendo bajo el mar las monedas que las clases adineradas de Atlantic City les arrojan. Ahí se nos presenta a un pequeño Nucky Thompson en el momento justo en que empieza a comprender que con la honradez nunca va a escapar de su vida de miseria y privaciones.

Steve Buscemi, sigue dando clases magistrales de acción y contención en una misma secuencia. Con silencios que dicen más que mil palabras y que olfatean el mundo con esa suspicacia propia de quien nada tiene y ve peligros a cada paso. Ese instinto luchador que aprende desde niño a no subestimar a la competencia, a no creer en las casualidades y a entender que los errores del pasado, bien utilizados, pueden ser un apoyo más que una rémora.    
Steve Buscemi, como Nucky Thompson, bajo el sol cubano
No voy a tratar de convencer a nadie de nuevo, porque me distrae la belleza de lo que contemplo. Una historia dentro de otra contada en menos de una hora. Y con tantas secuencias extraordinarias, tanta tensión dramática y tantas frases lapidarias que da para pensar semanas. El imperio de Nucky Thompson es una maravilla para el espectador. Qué grande es HBO.   

La quinta y última temporada de Boardwalk Empire puede verse actualmente en Canal +.

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