viernes, 5 de septiembre de 2014

Gomorra. Otro regalo de realismo italiano

Gomorra acaba de conformar mi trilogía televisiva perfecta llegada del país transalpino, junto con Romanzo Criminale y La mejor juventud. Vale que ésta última sea un híbrido entre una película doble y una miniserie, pero me quedo con este último formato porque nunca me he visto capaz de aguantar frente al televisor seis horas seguidas, aunque la bella historia de los hermanos Matteo y Nicola Carati, que resume a su vez tres décadas de la Italia del siglo XX, lo mereciese. 
Para entender la trascendencia de Gomorra hay que explicar que hubo una exitosa película previa, plasmación, a su vez, de la magnífica novela de Roberto Saviano. Esa por la cual el autor tuvo que infliltrarse prácticamente en el submundo criminal de Nápoles y Caserta. Y la misma que le puso una diana en la cabeza por airear en su feroz crítica el modus vivendi de la camorra. De ese enorme riesgo nacieron su novela, la película y finalmente la serie de televisión de la que hablamos. 
Terraza y relax ¿en el paraíso? 
Vistas ambas, la película y la serie, no ocurre lo mismo que con la excelsa Romanzo Criminale a la que a la película le siguió su versión de la pequeña pantalla, con igual argumento, pero mejorando con mucho la versión de cine. En la Gomorra televisiva, sin embargo, no se trata de explicar lo mismo que en su versión primigenia, sino de hacerlo de otro modo. La Gomorra previa era una radiografía de la camorra vertebrada a través de varias tramas transversales. Todo con un toque de documental que buscaba alejar las conclusiones del espectador de la ficción (aunque lo fuese) para denunciar que ESO estaba ocurriendo realmente, aunque a muchos nos parezca aún inverosímil.   

La versión catódica de Gomorra, por el contrario, vuelve a la historia lineal, basada en la familia Savastano y su equilibrio de poder en una Nápoles terrible. La trama se sustenta en la amistad entre el heredero del imperio, Gianni Savastano y Ciro, uno de los jóvenes capos del clan. La tutela de éste sobre el aún inexperto Gianni es el punto de partida de una historia dura, extremadamente violenta, pero absolutamente creíble.
Ciro y Gianni 
La obra se apoya en unas interpretaciones notables, como Marco D’amore (Ciro), el camaleónico Salvatore Exposito (Gianni) o la fantástica Maria Pia Calzone (como consorte de Pietro Savastano). Éste último, el actor Fortunato Cerlino, era el único que no me terminaba de creer como cúspide de tanta maldad. Aunque el paso de los capítulos despejó mis dudas iniciales y demostró el porqué le dieron ese complicado papel.    
Don Pietro y Donna Imma Savastano 
Por cierto, entre todos los actores y actrices ningún modelo. Ninguna Miss metida a actriz, ni siquiera un torso de gimnasio, ojos susceptibles de vender perfumes o miradas de seducción exageradas. Únicamente profesionales (y buenos) de la interpretación haciendo de personas normales. Sin subtramas románticas ridículas, ni nuevos ídolos que llenen de desplegables las carpetas de quinceañeras. A ver cuando aprendemos en España que se pueden hacer producciones para personas que no tengan cercenada una importante parte del cerebro. Ni sale más caro, ni (por supuesto) es peor y será algo susceptible de ser exportado sin que nos tengamos que morir de vergüenza por ello. Ver Gomorra o Romanzo Criminale y compararlo con bazofias como El Príncipe es para echarse a llorar y no entender absolutamente nada.   
Si ESTO es lo mejor que se puede hacer en ficción televisiva en España es para suicidarse
Gomorra no sólo es una historia cruenta y bien contada, con unas actuaciones veraces. Las localizaciones son estupendas, como los edificios/colmenas de viviendas, que nos evocan a las ‘casas baratas’de The Wire y que son las mismas que la película (una de las poquísimas coincidencias entre ambas). También lo son esas avenidas mal iluminadas y con aspecto tan deteriorado que sirven de enlace entre barrios marginales y que de vez en cuando están salpicados por algún monumento, Cristo o Virgen a la cual venerar. En este sentido y como consecuencia del guión, hay varias secuencias grabadas en Barcelona, que sirven como contrapunto entre una ciudad y otra. La Barcelona que se nos ofrece es una ciudad moderna, bella, limpia y segura. Quizá sea una licencia estética exagerada para radicalizar aún más el contraste con las barridas del sur de Nápoles, algo que impacta de lleno en el espectador.
El templo de la droga, con sus vigías
La banda sonora, como en casi todas las producciones italianas, es extensa y explica bien la simbiosis que tienen los italianos (sobre todo los del sur) con la música y como a través de ésta se puede explicar mucho del temperamento italiano, sus filias y sus fobias.

La trama es irregular en cuanto a los nudos, si bien hay un momento crucial que en los últimos capítulos se percibe como inevitable. El final es sorpresivo porque un par de planos menos podría ser perfectamente redondo, sin añadir nada más, pero un último giro de guión nos emplaza a una segunda temporada, la cual nos tendrá como testigos sí o sí, aunque al Vesubio le dé por despertar. Gomorra lo merece sin duda. 
Las tripas de la marginalidad. O el mismo infierno.

      

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