Gomorra acaba de conformar mi trilogía televisiva perfecta
llegada del país transalpino, junto con Romanzo Criminale y La mejor juventud.
Vale que ésta última sea un híbrido entre una película doble y una miniserie,
pero me quedo con este último formato porque nunca me he visto capaz de aguantar
frente al televisor seis horas seguidas, aunque la bella historia de los
hermanos Matteo y Nicola Carati, que resume a su vez tres décadas de la Italia del siglo XX, lo mereciese.
Para entender la trascendencia de Gomorra hay que explicar que hubo una exitosa película previa, plasmación, a su vez, de la magnífica novela de Roberto Saviano. Esa por la cual el autor tuvo que infliltrarse prácticamente en el submundo criminal de Nápoles y Caserta. Y la misma que le puso una diana en la cabeza por airear en su feroz crítica el modus vivendi de la camorra. De ese enorme riesgo nacieron su novela, la película y finalmente la serie de televisión de la que hablamos.
Para entender la trascendencia de Gomorra hay que explicar que hubo una exitosa película previa, plasmación, a su vez, de la magnífica novela de Roberto Saviano. Esa por la cual el autor tuvo que infliltrarse prácticamente en el submundo criminal de Nápoles y Caserta. Y la misma que le puso una diana en la cabeza por airear en su feroz crítica el modus vivendi de la camorra. De ese enorme riesgo nacieron su novela, la película y finalmente la serie de televisión de la que hablamos.
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| Terraza y relax ¿en el paraíso? |
La versión catódica de Gomorra, por el contrario,
vuelve a la historia lineal, basada en la familia Savastano y su equilibrio de
poder en una Nápoles terrible. La trama se sustenta en la amistad entre el
heredero del imperio, Gianni Savastano y Ciro, uno de los jóvenes capos del
clan. La tutela de éste sobre el aún inexperto Gianni es el punto de partida de una
historia dura, extremadamente violenta, pero absolutamente creíble.
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| Ciro y Gianni |
La obra se apoya en unas interpretaciones
notables, como Marco D’amore (Ciro), el camaleónico Salvatore Exposito (Gianni)
o la fantástica Maria Pia Calzone (como consorte de Pietro Savastano). Éste
último, el actor Fortunato Cerlino, era el único que no me terminaba de creer
como cúspide de tanta maldad. Aunque el paso de los capítulos despejó mis dudas
iniciales y demostró el porqué le dieron ese complicado papel.
Por cierto, entre todos los actores y actrices ningún modelo. Ninguna Miss metida a actriz, ni siquiera un torso de gimnasio, ojos susceptibles de vender perfumes o miradas de seducción exageradas. Únicamente profesionales (y buenos) de la interpretación haciendo de personas normales. Sin subtramas románticas ridículas, ni nuevos ídolos que llenen de desplegables las carpetas de quinceañeras. A ver cuando aprendemos en España que se pueden hacer producciones para personas que no tengan cercenada una importante parte del cerebro. Ni sale más caro, ni (por supuesto) es peor y será algo susceptible de ser exportado sin que nos tengamos que morir de vergüenza por ello. Ver Gomorra o Romanzo Criminale y compararlo con bazofias como El Príncipe es para echarse a llorar y no entender absolutamente nada.
Don Pietro y Donna Imma Savastano
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| Si ESTO es lo mejor que se puede hacer en ficción televisiva en España es para suicidarse |
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| El templo de la droga, con sus vigías |
La banda sonora, como en casi todas las producciones
italianas, es extensa y explica bien la simbiosis que tienen los italianos (sobre
todo los del sur) con la música y como a través de ésta se puede explicar
mucho del temperamento italiano, sus filias y sus fobias.
La trama es irregular en cuanto a los nudos, si bien
hay un momento crucial que en los últimos capítulos se percibe como inevitable.
El final es sorpresivo porque un par de planos menos podría ser perfectamente redondo, sin añadir nada
más, pero un último giro de guión nos emplaza a una segunda temporada, la cual nos tendrá
como testigos sí o sí, aunque al Vesubio le dé por despertar. Gomorra lo merece sin duda.
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| Las tripas de la marginalidad. O el mismo infierno. |







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