lunes, 23 de marzo de 2015

El tono absurdo de Allegiance


Lo peor que le puede pasar a una ficción es que el espectador no tenga claro qué está viendo. Eso precisamente es lo que le ocurre a Allegiance. Una historia de espías donde en los primeros minutos hay un asesinato bastante explícito no puede mutar por momentos en una sitcom con la música de Beethoven (la del simpático perrito) de fondo. A continuación analizaré el primer capítulo que quizá contenga algún spoiler.
Intentaré contextualizar, pero me es imposible hacerlo sin compararla con la estupenda The Americans a la que, indudablemente quiere tomar como referencia. Para marcar diferencias lo primero que establece la trama de esta serie de la NBC es que esté basada en la actualidad, a diferencia de la serie de FX que lo hace en los años ochenta. Aquí se encuentra el primer problema grave. No estamos en la guerra fría y para que el enemigo rojo siga siendo susceptible de ser tan temido como antaño el episodio piloto se empeña en dejarnos claro que la KGB soviética ha evolucionado en la también perversa SVR.

Por si esto no fuera suficiente una de las primeras escenas nos muestra explícitamente como se las gastan desde Moscú con aquellos que deciden traicionar a su país. Parece que esto es el punto de partida para que una espía rusa, presente en la escena, descubra de repente que está al servicio de un país donde barbaridades tan extremas ocurren. 

Que este cambio de perspectiva política sea real o un postureo será el (inquietante) nudo para que su supuesta predisposición a pasar información sea tomado por la CIA como una victoria o como un engaño donde reciban información poco relevante o incluso errónea si al final resulta ser un agente doble.
Pues no, no lo venden como una comedia, aunque lo parece ¿verdad?
Para desentrañar tal dilema que mejor idea que encargarle el asunto a un novato analista de la CIA, que, casualidades de la vida, es hijo de una pareja de espías rusos ‘jubilados’ hace seis años y que ya viven en la tierra del tío Sam como iguales. El delirio va más allá cuando vamos conociendo que la hija mayor de la pareja también trabajó para la SVR rusa. Esto convierte a esta familia en la única en el mundo que tiene a un hijo trabajando a cada lado del telón de acero ¿He dicho telón de acero? Sí, porque seguramente las absurdas mentes de los guionistas han tomado las discutibles decisiones del actual Presidente ruso, Vladimir Putin, en política exterior como el reinicio de una guerra fría latente.

Este cambio se intuye cuando se les insta a los antiguos (y retirados) agentes a que recluten a su propio hijo para la causa. Ante lo que ellos aducen, que ya habían llegado a un acuerdo con las autoridades rusas seis años antes para dejar su misión, el enlace les señala que tales pactos son papel mojado para quienes mandan ahora.

Los antiguos espías del SVR 'retirados'. No se puede transmitir menos en televisión
Desde luego entre el tono inestable del drama que va desde la Spy Kids de Antonio Banderas a una tensión de risa y después el tener que asumir una situación geopolítica como real (o futura a corto plazo) el seguir viendo esta serie se convierte en un ejercicio de fe, rayano con el masoquismo semejante de quien aguanta con estoicismo los vídeos de comuniones ajenos. No está el panorama para tales sacrificios. Ni para tales bodrios.  

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