Lo más triste que le puede pasar a un producto
televisivo que nace con muchas expectativas es que concluya sin que prácticamente
nadie se percate de ello. Y morir en silencio podría ser un eufemismo enorme si
se utiliza para calificar el final de Mad Dogs. Bodrio, aberración o tremenda
tomadura de pelo serían más acertados.
Es una pena, porque todos los que celebrábamos el
reencuentro de John Simm y Philip Glenister, tras la estupenda Life on Mars,
nos esperábamos algo mucho mejor. Y eso que la cosa prometía: el reencuentro de
cuatro cuarentones británicos con un compañero de instituto que ha hecho
fortuna, en un lugar tan sugerente y hermoso como la isla de Mallorca. Tras
unos efusivos saludos y mientras disfrutan de la mansión del anfitrión, éste
les va haciendo reproches, uno a uno sobre cuestiones del pasado. A su vez
estos sospechan que la fortuna de su colega quizá no sea tan lícita como
pudiera parecer y algo turbio flota en el ambiente.
Con una presentación así es imposible que alguien no
compre la idea. Si a eso le añadimos la presencia de Ben Chaplin, el excesivo (pero
hipnótico) Marc Warren y dos actrices españolas como María Botto y Leticia
Dolera es normal que incluso los norteamericanos hayan hecho una versión cinematográfica
de esa continúa huida hacia adelante que es Mad Dogs.
Porque eso es lo que debería ser en esencia esta
serie de la Sky1. Un Runaway contínuo, donde el miedo y la continua tensión nos regalase momentos
estupendos. Y a veces lo es. Se parte de la idea de que unos días de vacaciones
con amigos no inspiran en absoluto temor. El primer escenario, además, la soleada
Mallorca, tampoco es que sea un elemento ajeno como para perturbar a ningún
británico, más allá de los diferentes ritmos de vida y algún tópico caducado (Spain:
mañana, mañana).
Pero la serie se mira demasiado al ombligo y quiere
que la tensión emocional se plasme en primer plano para que no parezca que los
acontecimientos se desarrollen a toda velocidad sin más. Y eso por sí mismo es
lo que ralentiza la trama y la hace perder toda su fuerza. Los protagonistas se
pierden en discusiones constantemente, pero reitero: cons-tan-te-men-te. Las
múltiples posibilidades que dan los cuatro protagonistas de varias el objeto de
sus ironías y puyazos hacen que el espectador se pierda en Baxter, Quinn,
Buddy, Rick en un inacabable A versus B. Ahora una decisión discutible, después
una herida del pasado, caracteres opuestos, etc. Cualquier motivo es bueno para
tirarse los trastos a la cabeza. Pereza absoluta.
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| Un niño brujo en mitad de la pista de aterrizaje ¿porqué no? |
Después está lo del cambio de ubicación. Que si bien
en al principio parecen un acertado giro del guión terminan cansando ya al
llegar a tierras sudafricanas. La segunda
temporada ya se ve un producto sin las ideas claras, para convertirse en algo
extraño en la tercera (CIA, sortilegios y brujos, etc.) y convertirse en un
monumento a lo absurdo en la última. El final es de los más impresentables que
he podido ver nunca y hacen que el final de Perdidos parezca una obra maestra a
la coherencia.
En definitiva buenos ingredientes, un comienzo
ilusionante y detrás de eso la nada. Para este viaje no hacían falta estas
alforjas.
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| Mallorca mola. Y a vista de yate aún más. |



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