lunes, 7 de septiembre de 2015

Nacer grande. Morir sin ruido.


Lo más triste que le puede pasar a un producto televisivo que nace con muchas expectativas es que concluya sin que prácticamente nadie se percate de ello. Y morir en silencio podría ser un eufemismo enorme si se utiliza para calificar el final de Mad Dogs. Bodrio, aberración o tremenda tomadura de pelo serían más acertados.

Es una pena, porque todos los que celebrábamos el reencuentro de John Simm y Philip Glenister, tras la estupenda Life on Mars, nos esperábamos algo mucho mejor. Y eso que la cosa prometía: el reencuentro de cuatro cuarentones británicos con un compañero de instituto que ha hecho fortuna, en un lugar tan sugerente y hermoso como la isla de Mallorca. Tras unos efusivos saludos y mientras disfrutan de la mansión del anfitrión, éste les va haciendo reproches, uno a uno sobre cuestiones del pasado. A su vez estos sospechan que la fortuna de su colega quizá no sea tan lícita como pudiera parecer y algo turbio flota en el ambiente.

Con una presentación así es imposible que alguien no compre la idea. Si a eso le añadimos la presencia de Ben Chaplin, el excesivo (pero hipnótico) Marc Warren y dos actrices españolas como María Botto y Leticia Dolera es normal que incluso los norteamericanos hayan hecho una versión cinematográfica de esa continúa huida hacia adelante que es Mad Dogs.

Porque eso es lo que debería ser en esencia esta serie de la Sky1. Un Runaway contínuo, donde el miedo  y la continua tensión nos regalase momentos estupendos. Y a veces lo es. Se parte de la idea de que unos días de vacaciones con amigos no inspiran en absoluto temor. El primer escenario, además, la soleada Mallorca, tampoco es que sea un elemento ajeno como para perturbar a ningún británico, más allá de los diferentes ritmos de vida y algún tópico caducado (Spain: mañana, mañana).     

Pero la serie se mira demasiado al ombligo y quiere que la tensión emocional se plasme en primer plano para que no parezca que los acontecimientos se desarrollen a toda velocidad sin más. Y eso por sí mismo es lo que ralentiza la trama y la hace perder toda su fuerza. Los protagonistas se pierden en discusiones constantemente, pero reitero: cons-tan-te-men-te. Las múltiples posibilidades que dan los cuatro protagonistas de varias el objeto de sus ironías y puyazos hacen que el espectador se pierda en Baxter, Quinn, Buddy, Rick en un inacabable A versus B. Ahora una decisión discutible, después una herida del pasado, caracteres opuestos, etc. Cualquier motivo es bueno para tirarse los trastos a la cabeza. Pereza absoluta.
Un niño brujo en mitad de la pista de aterrizaje ¿porqué no?
Después está lo del cambio de ubicación. Que si bien en al principio parecen un acertado giro del guión terminan cansando ya al llegar a tierras sudafricanas.  La segunda temporada ya se ve un producto sin las ideas claras, para convertirse en algo extraño en la tercera (CIA, sortilegios y brujos, etc.) y convertirse en un monumento a lo absurdo en la última. El final es de los más impresentables que he podido ver nunca y hacen que el final de Perdidos parezca una obra maestra a la coherencia. 

En definitiva buenos ingredientes, un comienzo ilusionante y detrás de eso la nada. Para este viaje no hacían falta estas alforjas.        
Mallorca mola. Y a vista de yate aún más. 
   

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