Por fin encontré hueco para ver los cinco capítulos de los
que se compone esta miniserie de la HBO (2011), que tratan sobre la vida de una
mujer de mediana edad, que intenta salir adelante tras una separación en plena
depresión de los años 30 en California. ‘Mildred Pierce’ es una versión extendida
y para la televisión de la original de Michael Curtiz (1945) protagonizada por
una excelsa Joan Crawford y que tuvo en nuestro país el extraño nombre de ‘Alma
en suplicio’. La traducción, a pesar de
lo rimbombante, se ajusta a lo que en aquella época se demandaba a este tipo de
dramas: una congoja continua, porque siempre hay alguna faceta en la vida que descarrila,
por mucho empeño que se ponga en lo contrario.
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| Joan Crawford, en la versión de Michael Curtiz |
El argumento no ha envejecido mal, porque el tema de la
crisis económica es un asunto candente y es, en principio, el tema principal, alrededor
del que gira todo lo demás. Un escenario dramático donde se tiene que elegir
entre reducir las expectativas sociales o pasar hambre. De hecho, al principio
de la serie, hay varias escenas curiosas, respecto a la crisis y los parados, que son de
rabiosa actualidad en nuestro contexto temporal y geográfico.
También es una cuestión de superación personal por medio
del trabajo, en una sociedad tan neoliberal y protestante como la norteamericana,
donde la culminación de la realización personal pasa, ineludiblemente, por el éxito
profesional. Por último, y es la
cuestión que centra el final de la serie y de manera circular, los cinco
capítulos en su conjunto, la búsqueda de los equilibrios afectivos que hagan
posible una paz interior necesaria para poder seguir adelante.
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| Con las tartas comienza todo |
Sobresale, como podría suponerse, la actuación de
Kate
Winslet, desencarnada en el dramatismo, diligente en la acción y cándida en lo
afectivo. Es un papel para el lucimiento o para el caos, porque no se deja ni
por un momento a otro personaje dominar la trama y son muchos los cambios de
registro actorales que, hacen que sea un caramelo para una buena actriz
dispuesta a darlo todo. La actriz de ‘
Titanic’ supera la prueba con buena nota,
pese a enfrentarse a un desafío tan grande como es la comparación con Joan
Crawford.
Mildred Pierce es pionera porque tiene que serlo. Se ve
sola, sin ingresos y con dos hijas a las que rebajar el nivel de vida supone en
sí mismo un drama. Todo intentando no condenar a su propia familia a una
situación de penuria y hambre y buscando una salida momentánea desde donde pueda,
con el tiempo, despegar.
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| James Legros, como Wally Burgan |
La historia cae en demasía en lo folletinesco, consciente
quizá de ello y sustentándose en un atrezzo y unos exteriores más que notables.
Quizá es en estos aspectos técnicos donde la serie quiere marcar diferencias y
donde nos recuerda que estamos ante un producto
HBO, a sabiendas que no va a
ser la vida de los Pierce, por mucho que el guión se haya querido actualizar 65
años más tarde, lo que va a deslumbrar por su contenido a los espectadores.
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| Monty Baragon (Guy Pierce) y la buena vida |
Kate Winslet está acompañada de un irregular
Guy Pierce. El
actor inglés de origen, en el papel del vividor Monty Beragon es una suma de clichés demasiado
planos. No hay nada en sus actos que nos hagan pensar que puede actuar de
manera diferente de como esperamos que lo haga y en la manera en que retrata a
ese aristócrata venido a menos.
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| Mary Winningham. Pocas bromas. |
Sobresale la veterana
Melissa Leo ('Treme') como amiga y
consejera de Mildred,
James Legros, muy bien caracterizado, el sobrio
Bryan F.
O’Byrne (su exmarido) y el rostro contundente de
Mary Winningham (como Ira).
Obvio, a propósito a las dos actrices que hacen de hija mayor en diferentes etapas,
Veda Pierce, por insulsas, abofeteables y, sobretodo, prescindibles como actrices.
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| Tan mal maquillada que parece un travelo |
Me esperaba más de un producto cuya historia no está a la
altura de su plasmación técnica y menos aún de los parabienes con los que me la
habían aconsejado, a pesar del buen papel de Kate Winslet. Me quedo, sin embrago, con algunos exteriores sobresalientes, cuyas casas
y conjuntos residenciales, unidos a la ética social-familar imperantes en la
época, plasman el sueño americano de manera perfecta.
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