Llegué a
la cita de ver San Junipero, abrumado por el hype que había provocado en las redes
y con una curiosidad bastante grande de saber si haría el mismo efecto en mí. Al
cuarto episodio de Black Mirror, de su tercera temporada, le precedían unas
excelentes y unánimes críticas.
Me cuidé
de leer ninguna que profundizase en la
trama, para no estropear la sorpresa. Y obtuve una respuesta, recubierta de
clara decepción. Me explico, pero mejor que dejes de leer si aún no has visto
este capítulo.
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| Caminando del purgatorio al infierno |
San
Junipero es como una imagen de photoshop con multitud de capas. Como toda la
saga de Charlie Brooker trata de las tecnologías y de cómo nos relacionamos
socialmente con ellas. Pero también trata de amor. Un amor que a su vez hace
bandera del movimiento LGTB, por ser sus protagonistas dos mujeres
enamorándose. El contexto temporal son los exuberantes años ochenta, lo cual
ejerce como gancho para introducirnos en el desarrollo de una historia cuyo
fondo hubiera podido ser cualquiera, pero no es para nada circunstancial que se
trate de esta época en concreto.
Lo que a
la mayoría de la gente les sirve para empezar a adorar el capítulo, a mí me empieza
a generar dudas. Vale sí, son los ochenta, qué de recuerdos me trae, las secuencias
se suceden repletas de iconos y
canciones de esos años, pero el envoltorio me parece muy artificial. Por
momentos me acuerdo del decorado social y real del Show de Truman, por donde un
ingenuo Jim Carrey vagaba.
Por
mucho que suene el ‘Heart and soul’ de T Pau noto que me están manipulando
emocionalmente. Voy a algún sitio que no es ni tan divertido, ni tan bonito
como lo que estoy viendo. El destino en este caso es una paradoja metafísica
sobre realidad y ficción. Sobre muerte y eternidad. Siempre me da pereza pensar
en estos temas, pero hacerlo medio engañado frente al televisor me hace recordar
las religiones, aunque en este caso Charlie Brooker lo pueda justificar con que
no empuja en una u otra dirección. Simplemente invita a reflexionar. Como todo
Black Mirror.

Quizá
sea ese poso de intensidad que se le da al nudo lo que me desagrada. Como una
cebolla pasada, voy quitándole capas a la trama y me voy quedando sin nada. La
relación de amor me aburre sobremanera. Por supuesto que no por prejuicios o
distancia emocional con la pareja lésbica. Aún sigo saboreando esa maravilla de
Cucumber. E incluso la más profunda Banana, donde las historias de amor LGTB me
parecían creíbles y hermosas. Esta de San Junipero no me la creo. Es forzada y
a veces absurda.
El
trasfondo tecnológico es otra vez manido, porque lleva de la mano el paso del
tiempo, la vejez y el final de la vida, que dibujan notas sensibleras que
tampoco me llegan. Tras un comienzo bastante esperanzador, preguntas en el aire
y un paisaje social llamativo nos quedamos con una invitación a pensar,
abocándonos a un final que tenemos bastante claro desde que somos conscientes
de los saltos en el tiempo.
Brooker juega con la ventaja de que todos en algún momento (con religión o sin
ella) hemos fantaseado con esa idea de la eternidad, donde nuestras vidas son
plácidas y bellas. En San Junipero es una especie de purgatorio
bien vendido. La vida real es otra cosa, por mucho que la tecnología sea
el comodín para inducirnos al todo será posible. Demasiados fuegos de artificio
para un truco tan sencillo.




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