Cuesta mucho explicarle a alguien a quien no le
gusta Mad Men sus bondades, algo que se convierte en una cuestión de fe si se
va más allá y se centra uno en porqué algunos momentos concretos nos han tocado
la fibra sensible. Sigo asombrado con los comentarios de los detractores sobre
la actual serie estrella de AMC (¿The Walking Dead? zzzzz) aludiendo a su
lentitud o a que nunca ocurre nada. Como se suele decir para gustos colores.
Pero, ciertamente, en el mundo de los publicistas de Madison Avenue pasan
infinidad de cosas. Centrales, residuales o transversales. Y todas tienen
sentido en un todo. Quizá esa percepción errónea sea fruto de una cierta impresión
de hastío, tras unos primeros capítulos donde se intenta explicar demasiado.
Si no se es capaz de ver esto es difícil que un producto tan bien hecho te pueda llegar a gustar tanto como a mí y quizá por ahí venga mi alegato, muchas veces estéril, de que algo que me conmueve de esa manera sea capaz de resultar insípido al paladar emocional de otras personas. Y claro que hay un componente fan bajo este punto de vista. Todos los seriéfilos lo somos en mayor o menor medida, al igual que en la ideología hay parte de racionalidad, pero otra menos diáfana de dogma. El cómo se crea este dogma simplemente viendo la televisión es un misterio que otro día intentaré descifrar. Ahora tengo ganas de hablar de dragones.
Abril además del estreno de la última (dividida en dos partes) temporada de Mad Men nos ha regalado la cuarta entrega de Juego de Tronos. Estos regresos conforman una mezcla fantástica, con dos imaginarios completamente opuestos, pero igualmente apetecibles. De momento, y evitando (como suelo intentar siempre) desvelar nada de lo visto, lo que en la tercera temporada se fue cocinando a fuego lento a la espera de un momento culmen que nos dejara boquiabiertos (y vaya si lo hizo), en esta parece que el ritmo empieza a acelerar desde el principio. Se acabaron los juegos de palabras ambiguos y las taimadas confabulaciones. Las cartas sobre la mesa. Y aquí es donde aparece una cuestión que para mí es vital en el éxito de la serie de HBO. La falta de maniqueísmo.
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| Tyrion Lannister |
En una obra mezcla de fantasía, magia y aventura parece que la constatación de la sempiterna lucha entre el bien y el mal sería algo que se da por hecho. Pues no. Aquí hay muchos grises y eso redunda en que Juego de Tronos sea una obra mayor, más allá de sus alucinantes virtudes técnicas. Con ello HBO está diciendo que no es un drama para un público adolescente y manejable. Que su público objetivo es transversal y que solo obedece a dos principios: que la maldad humana puede ser algo meramente circunstancial, no un sello fijo en nuestro cerebro. Y que no nos encariñemos con ningún personaje, porque en los Siete Reinos la suerte está echada y los preconceptos con los que veníamos de géneros parecidos se hacen añicos ante la temeridad de los guionistas y la mente creativa del autor de las novelas, George R.R. Martin.
A disfrutar.




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