miércoles, 16 de abril de 2014

Tiempo de glamour y de dragones

Cuesta mucho explicarle a alguien a quien no le gusta Mad Men sus bondades, algo que se convierte en una cuestión de fe si se va más allá y se centra uno en porqué algunos momentos concretos nos han tocado la fibra sensible. Sigo asombrado con los comentarios de los detractores sobre la actual serie estrella de AMC (¿The Walking Dead? zzzzz) aludiendo a su lentitud o a que nunca ocurre nada. Como se suele decir para gustos colores. Pero, ciertamente, en el mundo de los publicistas de Madison Avenue pasan infinidad de cosas. Centrales, residuales o transversales. Y todas tienen sentido en un todo. Quizá esa percepción errónea sea fruto de una cierta impresión de hastío, tras unos primeros capítulos donde se intenta explicar demasiado.

  
Estos errores de base llevan a algunas personas a afirmar que Mad Men es una serie machista. Esto clama el cielo. La creación de Matthew Weiner dibuja unos personajes femeninos extraordinarios. Son ellas y sólo ellas las que emocionan y las que, de manera audaz, provocan los cambios sociales que de fondo tan bien recoge la serie. Vale que lo hacen a través, principalmente, de un personaje masculino vehicular, como es Don Draper. Pero precisamente los anhelos, las insatisfacciones y la eterna melancolía que destila su personaje tienen como epicentro la mujer como concepto. Las mujeres de Mad Men llevan en los ojos la cruz de las heroínas anónimas. Sufren burlas, vergüenza, miradas acusadoras bajo un prima social que las condena por ser lo que son y a la vez querer hacer cosas que las deberían ser ajenas. Cada una lleva escrita en la cara una tragedia. Pero nos emocionan. Y más allá nos muestran como ser pioneras en un mundo hostil, a veces a costa de su propia felicidad.     
Mad Men's women
Si no se es capaz de ver esto es difícil que un producto tan bien hecho te pueda llegar a gustar tanto como a mí y quizá por ahí venga mi alegato, muchas veces estéril, de que algo que me conmueve de esa manera sea capaz de resultar insípido al paladar emocional de otras personas. Y claro que hay un componente fan bajo este punto de vista. Todos los seriéfilos lo somos en mayor o menor medida, al igual que en la ideología hay parte de racionalidad, pero otra menos diáfana de dogma. El cómo se crea este dogma simplemente viendo la televisión es un misterio que otro día intentaré descifrar. Ahora tengo ganas de hablar de dragones.

Abril además del estreno de la última (dividida en dos partes) temporada de Mad Men nos ha regalado la cuarta entrega de Juego de Tronos. Estos regresos conforman una mezcla fantástica, con dos imaginarios completamente opuestos, pero igualmente apetecibles. De momento, y evitando (como suelo intentar siempre) desvelar nada de lo visto, lo que en la tercera temporada se fue cocinando a fuego lento a la espera de un momento culmen que nos dejara boquiabiertos (y vaya si lo hizo), en esta parece que el ritmo empieza a acelerar desde el principio. Se acabaron los juegos de palabras ambiguos y las taimadas confabulaciones. Las cartas sobre la mesa. Y aquí es donde aparece una cuestión que para mí es vital en el éxito de la serie de HBO. La falta de maniqueísmo.
Tyrion Lannister
En una obra mezcla de fantasía, magia y aventura parece que la constatación de la sempiterna lucha entre el bien y el mal sería algo que se da por hecho. Pues no. Aquí hay muchos grises y eso redunda en que Juego de Tronos sea una obra mayor, más allá de sus alucinantes virtudes técnicas. Con ello HBO está diciendo que no es un drama para un público adolescente y manejable. Que su público objetivo es transversal y que solo obedece a dos principios: que la maldad humana  puede ser algo meramente circunstancial, no un sello fijo en nuestro cerebro. Y que no nos encariñemos con ningún personaje, porque en los Siete Reinos la suerte está echada y los preconceptos con los que veníamos de géneros parecidos se hacen añicos ante la temeridad de los guionistas y la mente creativa del autor de las novelas, George R.R. Martin.     
A disfrutar.
  

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