A pesar de no haber
visto la original de la BBC (de los noventa), tenía ganas de enfrentarme a ‘House of Cards’
por muchas razones. La primara por confirmar cuanto había de cierto y cuanto de
fuegos de artificio respecto a la serie estrella de la plataforma de pago Netflix. Otro
tema era ver cómo se desenvolvían los guionistas en una temática tan árida como
la política, con tantas referencias televisivas (‘Boss’, ‘El ala Oeste de la
Casa Blanca’ o ‘Veep’) con las que ser comparada.
La última cuestión era
comprobar la adaptación a la pequeña pantalla de dos estrellas de cine, como
Robin Wright y Kevin Spacey, sobretodo éste último, con sus continuas
confidencias a cámara, tan criticadas. Ver
al protagonista hablándole directamente a los espectadores no deja de ser un
recurso de guión, que se utiliza como hilo conductor y explicativo, algo que, a
mí al menos, no me molesta. El que Frank Underwood (Spacey) cuente su siguiente
movimiento o que haga una pequeña introducción de la escena es complementario y
ayuda a entender aún mejor una trama no demasiado compleja, para lo que suelen
ser este tipo de enredos políticos.
Quizá, más allá de las
actuaciones, este sea el punto fuerte de la serie. Un guión redondo, sin flecos
y sin preguntas sin resolver, con ingredientes diversos, motivaciones
personales demasiado humanas para parecernos ficticias y personajes secundarios con sentido. Todo a disposición
del maestro de orquesta, el señor Spacey.
El protagonista es Frank
Underwood, un asesor sin escrúpulos en la Casa Blanca, que mueve los hilos del
poder con el fin de medrar políticamente. Paradójico a veces, racional y ambicioso, Kevin Spacey se
encuentra otra vez en su carrera con un papel que le viene como anillo al dedo.
Le escoltan dos
personajes femeninos, que junto a Frank conforman un triángulo de deseo y ambición.
La mujer de Frank, Claire, interpretada de manera sobresaliente por Robin
Wright, es directora de una empresa que trabaja con proyectos en el tercer
mundo. Este punto de partida, que nos muestra una mujer sensible y altruista
choca con el fondo que subyace en una persona extremadamente fría. Su relación
con el protagonista nos mantiene expectantes ante una lealtad sin límites ni
prejuicios, aunque sus propias metas pongan a prueba la reciprocidad de esa
confianza.
La otra mujer es la
joven redactora Zoey Barnes (Kate Mara), cuya ambición sin límites la hace
pactar con Underwood, en una relación confidente-portavoz donde busca cobrar
notoriedad en el mundo de los media. Esta alianza y el pago de la misma la
harán plantearse si está preparada para descender a los infiernos y, sobretodo,
que porcentaje de control tiene en la sociedad.
La realización técnica de
‘House of Cards’ es impecable y elimina cualquier crítica en este sentido. Los
créditos, que recuerdan bastante a los de ‘Boss’ (aunque ésta en Chicago) nos
van mostrando imágenes de Washington D.C., el escenario de los obscenos juegos
de favores y venganzas políticos donde Frank Underwood se mueve como pez en el
agua.
A la espera de la ya anunciada
segunda temporada, la serie de Neftlix se erige como una de las mejores sorpresas
de este año.






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