martes, 11 de septiembre de 2012

Enterrando 'A dos metros bajo tierra'



Como un vehículo en dirección contraria en medio de una autopista. Así me siento cuando veo que ‘A dos metros bajo tierra’ (Six Feet Under) es elevada por la crítica, especializada o no, a obra maestra.
La creación de Alan Ball cuenta en cinco temporadas la vida de la familia Fisher, que regenta una funeraria en la ciudad californiana de Los Ángeles. La serie parte en el momento en que el patriarca fallece en un accidente de coche y el resto de componentes debe dar un paso al frente para hacerse cargo del negocio.
Que pesadilla de mujer
A la cabeza, la madre, Ruth Fisher (Frances Conroy), con un serio problema bipolar, que pasa de reaccionar duramente ante los retos generacionales que le plantean sus hijos a querer tratarlos con una familiaridad más allá de la amistad, con resultados igual de desastrosos. Pocos personajes tan mal construidos, con una evolución tan errática y difusa. El mejor ejemplo de porqué no me gusta.

El hijo abnegado y servicial está representado por David (Michael C. Hall – nuestro Dexter). Es el que más ayudaba al padre en la funeraria, por lo que debería ser el líder natural, pero es extremadamente tímido. David oculta su homosexualidad que le hace sentirse culpable a los ojos de Dios y de los demás. De los Fisher es el personaje más normal, lo que tampoco es mucho.
Claire, (Lauren Ambrose) es la hija pequeña. Aunque aún roza la adolescencia sus ganas de experimentar son ilimitadas, pero se revuelve con vehemencia cuando la vida no se ajusta a lo que ella espera. Emocional y consentida, su carácter extremo la hace asumir cualquier cliché relacionado con un estudiante tipo de instituto. Personaje cargante y excesivo a más no poder.
Claire Fisher. No puede con la vida. 
Peter Krause da vida a Nate, el hijo esquivo e idealista, que vuelve de Seattle. Guapo y con encanto, su falta de objetivos le hace inadecuado para una  profesión que se ve obligado a liderar. Es extremadamente reflexivo, aunque a la hora de actuar no sea muy sensato. Soñador, introspectivo y un tanto ególatra, su personaje se complica más cuando conoce a Brenda. Lo que debía ser una breve historia se convierte en algo más.
Brenda y Billy. Otra vuelta de tuerca. 
Brenda (Rachel Griffiths) es extremadamente inteligente, independiente, frívola y con un carácter dominante por encima de todo. La relación amor-odio con Nate es de lo más cansino de la serie y sus eternas secuencias de discusión no llevan a ninguna parte. Por si fuera poco, entra en continuo conflicto con su rica y liberada madre, (la mítica Joanna Cassidy) y con su hermano Billy (Jeremy Sisto). Billy tiene graves trastornos piscológicos, es sensible en extremo y además está enamorado de su hermana.  

Hay algún personaje que sí es interesante, como el hispano ayudante de la funeraria, Federico y su mujer Vanessa. Junto a ellos, sin duda, lo mejor de esta historia es la relación entre David Fisher y su novio Keith (Mathew St. Patrick), lo más creíble de toda la serie.
Otros son horrorosos clichés que ayudan a explicar situaciones. Personajes límite de una sola cara. Tópicos que sirven de ejemplo de lo que uno puede encontrarse por el mundo. Todo vale para explicar que los Fisher sí son especiales.
De cháchara esperando que alguien monte la escenita
A dos metros bajo tierra’ es un universo propio, complejo, figurativo y muy lento. Hay capítulos enteros que elevan a cuestión vital alguna reivindicación personal de Claire, Nate o su madre, como si tuviera algún tipo de importancia. Todo con discusiones subidas de tono y bajo la excusa de un fondo existencialista, basado en la dualidad vida-muerte.
La muerte como principio y final. Cada capítulo comienza con la explicación de una defunción que finaliza con un fondo blanco y la correspondiente esquela. Son múltiples las alusiones a la parca, los paralelismos barrocos, el miedo a vivir, que intentan explicar finalmente como el miedo a la muerte, en vueltas de tuerca que los espectadores debemos entender como poesía vital.
Otra licencia de esta serie es la capacidad de los personajes para hablar con los muertos, sean familia o desconocidos. Llegan incluso a discutir con ellos, a recriminarse actos, a pedir consejo. Todo es aceptable porque la mente humana divaga por senderos de culpa y frustración. En fin.  
David y Keith. Aquí sí hay sensibilidad y realismo.
La fotografía es deficiente. No hay planos arriesgados y eso que la serie se desarrolla en la luminosa California donde hay exteriores (y luz) estupendos donde dar más profundidad. Podría decirse que ese fondo claustrofóbico está pensado para angustiar más al espectador, en una metáfora global de la funeraria y de la misma vida. No creo que Alan Ball haya hilado tan fino.  
El guión es extremadamente flojo y va encaminado a que el señor Ball pueda lucirse con un final (no diré nada más) previsible, aunque visualmente impactante. Este final, lleno de sensibilidad aparente nos deja claramente (ahora sí) un mensaje de carpe diem. 'La vida es un regalo'. 'Traza tu propio camino'. Desde luego si pudiera hacer uso del mío andaría marcha atrás y recuperaría el tiempo que perdí viendo esta producción de HBO. Aunque para gustos colores.
Todo es posible en un entierro en 'Fisher & sons'


  

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