Como un vehículo en dirección contraria en medio de una
autopista. Así me siento cuando veo que ‘A dos metros bajo tierra’ (Six Feet Under) es elevada por la
crítica, especializada o no, a obra maestra.
La creación de Alan Ball cuenta en cinco temporadas la vida
de la familia Fisher, que regenta una funeraria en la ciudad californiana de
Los Ángeles. La serie parte en el
momento en que el patriarca fallece en un accidente de coche y el resto de
componentes debe dar un paso al frente para hacerse cargo del negocio.
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| Que pesadilla de mujer |
A la cabeza, la madre, Ruth Fisher (Frances Conroy), con un serio problema
bipolar, que pasa de reaccionar duramente ante los retos generacionales que le
plantean sus hijos a querer tratarlos con una familiaridad más allá de la
amistad, con resultados igual de desastrosos. Pocos personajes tan mal
construidos, con una evolución tan errática y difusa. El mejor ejemplo de porqué
no me gusta.
El hijo abnegado y servicial está representado por David (Michael
C. Hall – nuestro Dexter). Es el que más ayudaba al padre en la
funeraria, por lo que debería ser el líder natural, pero es extremadamente tímido. David
oculta su homosexualidad que le hace sentirse culpable a los ojos de Dios y de
los demás. De los Fisher es el personaje más normal, lo que tampoco es mucho.
Claire, (Lauren Ambrose) es la hija pequeña. Aunque aún roza la adolescencia
sus ganas de experimentar son ilimitadas, pero se revuelve con vehemencia
cuando la vida no se ajusta a lo que ella espera. Emocional y consentida, su
carácter extremo la hace asumir cualquier cliché relacionado con un estudiante
tipo de instituto. Personaje cargante y excesivo a más no poder.
Peter Krause da vida a Nate, el hijo esquivo e idealista, que vuelve
de Seattle. Guapo y con encanto, su falta de objetivos le hace inadecuado para
una profesión que se ve obligado a
liderar. Es extremadamente reflexivo, aunque a la hora de actuar no sea muy
sensato. Soñador, introspectivo y un tanto ególatra, su personaje se complica
más cuando conoce a Brenda. Lo que debía ser una breve historia se convierte en
algo más.
Brenda (Rachel Griffiths) es extremadamente inteligente, independiente, frívola y con un carácter dominante
por encima de todo. La relación amor-odio con Nate es de lo más cansino de la serie y sus
eternas secuencias de discusión no llevan a ninguna parte. Por si fuera poco, entra en continuo conflicto con su rica y liberada madre, (la mítica Joanna Cassidy) y con su hermano Billy (Jeremy Sisto). Billy tiene graves trastornos piscológicos, es sensible en extremo y además está enamorado de su hermana.
Hay algún personaje que sí es interesante, como el hispano
ayudante de la funeraria, Federico y su mujer Vanessa. Junto a ellos, sin duda,
lo mejor de esta historia es la relación entre David Fisher y su novio Keith (Mathew St. Patrick),
lo más creíble de toda la serie.
Otros son horrorosos clichés que ayudan a explicar
situaciones. Personajes límite de una sola cara. Tópicos que sirven de ejemplo
de lo que uno puede encontrarse por el mundo. Todo vale para explicar que los Fisher sí son
especiales.
‘A dos metros bajo tierra’ es un universo propio, complejo,
figurativo y muy lento. Hay capítulos enteros que elevan a cuestión vital
alguna reivindicación personal de Claire, Nate o su madre, como si tuviera
algún tipo de importancia. Todo con discusiones subidas de tono y bajo la
excusa de un fondo existencialista, basado en la dualidad vida-muerte.
La muerte como principio y final. Cada capítulo comienza con
la explicación de una defunción que finaliza con un fondo blanco y la
correspondiente esquela. Son múltiples las alusiones a la parca, los
paralelismos barrocos, el miedo a vivir, que intentan explicar finalmente como el
miedo a la muerte, en vueltas de tuerca que los espectadores debemos entender como
poesía vital.
Otra licencia de esta serie es la capacidad de los
personajes para hablar con los muertos, sean familia o desconocidos. Llegan
incluso a discutir con ellos, a recriminarse actos, a pedir consejo. Todo es aceptable porque la mente humana
divaga por senderos de culpa y frustración. En fin.
La fotografía es deficiente. No hay planos arriesgados y eso
que la serie se desarrolla en la luminosa California donde hay exteriores (y luz) estupendos donde dar más profundidad. Podría decirse que ese fondo
claustrofóbico está pensado para angustiar más al espectador, en una metáfora
global de la funeraria y de la misma vida. No creo que Alan Ball haya hilado
tan fino.
El guión es extremadamente flojo y va encaminado a que el
señor Ball pueda lucirse con un final (no diré nada más) previsible, aunque visualmente impactante. Este final, lleno de sensibilidad aparente nos deja claramente (ahora sí) un mensaje de carpe diem. 'La vida es un regalo'. 'Traza tu propio camino'. Desde luego si pudiera hacer uso
del mío andaría marcha atrás y recuperaría el tiempo que perdí viendo esta producción
de HBO. Aunque para gustos colores.
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| Todo es posible en un entierro en 'Fisher & sons' |







Casi me gusta más cuando criticas una serie que cuando te ha gustado!!
ResponderEliminarMe gusta...
ResponderEliminarMuy Interesante..
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