viernes, 23 de mayo de 2014

Insomnes, ricos o piratas

Quitándole horas al sueño ¿merece la pena?
Recientemente, el Ministerio de Sanidad, Asuntos Sociales e Igualdad, a través de su Ministra Ana Mato ha mandado una carta a las principales televisiones privadas para instarlas a adelantar el horario de máxima audiencia o ‘prime-time’. Esto vendría sustentado en un adelanto de una hora en sus informativos de noche (de 21 horas a 20), lo que haría que sus programas estrella, ya sean películas, realities (palabra horrorosa para producto infame) o series de televisión terminen antes y así la gente que, normalmente, debe madrugar al día siguiente para trabajar o estudiar tenga un mayor descanso y esto redunde en una mejora de la salud general.
Tele de madrugada, la confirmación de que el fin del mundo se acerca 
La UTECA (Unión de televisiones comerciales asociadas), ha respondido a su vez con una carta donde se niega a aceptar esta sugerencia, argumentando que tal propuesta no se corresponde con la realidad actual de lo que demandan los consumidores. ¿Alguien tenía dudas de que las televisiones privadas iban rechazar la sugerencia de la señora Ministra?

Quizá algún purista pueda pensar que desde el Gobierno (este o el que venga) no se debería educar en hábitos a los televidentes, pero soy de la opinión de que cualquier medida que se tome que ayude a mejorar la salud debe aplaudirse. Lo contrario es exponerse a que las exigencias comerciales supediten absolutamente todo y esto es una barbaridad. Necesitamos colocar unas líneas rojas éticas que no se puedan traspasar, más que nada porque si no podríamos ver en unos años cumplimientos de pena de muerte, mutilaciones u otras barbaridades con éxitos de share ¿Exagerado? Tiempo al tiempo.

Claro que antes de pensar en adelantar los telediarios debería pensarse en adelantar el cierre de los horarios comerciales o la adecuación cada vez más común de la jornada intensiva, muy presente ya en otros países de Europa. Pero me gusta que de vez en cuando a alguien se le encienda una luz y desde un tímido consejo se explique que no es sano que los programas con máxima audiencia terminen a altas horas de madrugada.

No voy a entrar en a qué hora debe acabar un concurso con famosos haciendo el idiota, porque francamente no me importa en absoluto. Pero en la parte que me toca, la de las series de televisión, hemos llegado a un punto donde hay emisiones que doblan (incluso más) el tiempo real de duración por culpa de la exagerada publicidad. Todos sabemos que hay unas pautas sobre los parones de los anuncios, al igual que sabemos que a los canales privados les da igual y pagan gustosamente las multas ridículas (cuando se las ponen) que les impone la Administración porque las ventajas económicas por infringir la ley son altamente copiosas.        

Llegados al punto de que nos negamos categóricamente a acostarnos a la una de la madrugada por ver nuestra serie favorita nos quedan dos opciones. La legal presupone un poder adquisitivo mínimo como para pagar mensualmente algún canal de pago o alguna plataforma de servicios conjunta, que oferte también esta opción, tan de moda últimamente, como Movistar con Imagenio, ONO, etc. Si no podemos (o no queremos) hacer este desembolso ya nos empezaremos a mover en el terreno de la ilegalidad, con descargas por Internet, vía emule, utorrent, etc. Aunque cabe una remota última posibilidad, que es esperar a que saquen ese producto en DVD o Blue-ray o bien verlo en alguno de los bares o cafeterías que amplían a su oferta de retransmisiones futbolísticas con la de las series de TV de moda. Aplaudo esta estrategia comercial.

Con todo esto se abre el debate sobre el modelo de televisión que queremos. La tan anunciada televisión a la carta sigue siendo una quimera o sólo al alcance de quienes hacen un pago mensual normalmente abusivo. Hace unos meses la plataforma Neftlix decidió no entrar en el mercado español porque no tenía claro que la gente aquí estuviera preparada para pagar únicamente por aquello que quisiera ver (el matiz respecto a las teles de pago), cuando, donde y las veces que se deseen.
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Demasiada competencia desleal, empezando por las descargas ilegales, que sigo defendiendo como un mal lógico cuando quienes están en posesión de ofrecer un mercado a millones de potenciales compradores siguen obstinados en su desfasado modelo de negocio. También es justo reconocer que sin estas descargas el impacto de muchos productos sería mucho menor. En algunos caso residual, incluso inexistente. Seguimos en una situación donde una ficción del extranjero sólo nos llegará (por vías legales) con el beneplácito del censor de turno, que decidirá en nuestro nombre que tenemos y que no tenemos opción de ver. Sea esta opción de pago o vía inundación publicitaria.

El mejor ejemplo de esto que explico es que hay productos televisivos que sin haberse estrenado jamás en España generan ganancias por venta de merchandising, algo que para las cabezas pensantes que mandan en las televisiones en nuestro país les debe parecer absolutamente inverosímil. Incluso los ejecutivos de algunas cadenas norteamericanas exhiben sus números de descargas como éxito objetivo, porque implica que su producto es estupendo ya que pueden negociar con las cadenas la próxima temporada al alza, sus ventas en otros conceptos van aumentando y cada vez cuesta menos pagar un dinero por tener para nosotros y para siempre esa maravilla catódica, bien presentada y a precios normales.

Nos encontramos, por tanto, en la actualidad, en un punto entre dos maneras de entender la televisión, que terminará por evolucionar cuando las cadenas o quien corresponda ofrezca a todos aquellos que amamos la buena televisión la oportunidad de poder verla sin anuncios, sin paquetes abusivos, dentro de la legalidad y a un precio razonable. Mientras esa revolución ocurre seguiremos ojerosos, pagando demasiado o al margen de la ley. Cualquier cosa antes de ver a horteras famosillos tirándose desde un trampolín. Como si a alguien (con cerebro) le importase.
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