jueves, 16 de octubre de 2014

Fargo: Imagen fija o vídeo


En el año 1996 los hermanos Coen escribieron, produjeron y dirigieron Fargo. Una película que por estética, temática y esa ambigüedad entre lo ficticio y lo real les llevó a ganar el Oscar al mejor guión, además de otro que reconocía el excelente trabajo de la protagonista, Frances McDormand.

La estructura de la película no era nada novedoso. Con una presentación, un nudo y un desenlace de manual. Lo que realmente fue resaltado por la crítica especializada fue el concepto de tiempo dentro de la estructura narrativa. Ahí el escenario, la blanca y gélida Dakota del Norte, sirve como metáfora continua a un lugar donde parece que el tiempo se ha detenido. Esos descendientes de emigrantes escandinavos, pulcros, ceremoniosos y tradicionales. Pues hete aquí que en este clima de paz y tranquilidad asistimos al lado más oscuro del ser humano: ambición, violencia, egoísmo, mentiras, falta de misericordia. Todo atornasolado por esos fondos helados y con la vana esperanza de que una policía de pueblo, embarazada y algo cándida sea la persona encargada de resolver el caso.
Desde el principio me gustó esa idea que subyace en Fargo de que la maldad no precisa de una mente privilegiada. Es más, la crueldad y la estupidez vienen muchas veces de la mano, como demuestra la película o como podemos confirmar abriendo un periódico. Si se quedase solamente en esa idea podríamos tachar a los hermanos Coen de cierto maniqueísmo. Pero lo mejor lo descubrimos en el reverso ético, al contemplar como la bondad intrínseca puede tener mil caras y no siempre van ligadas a una estética o unos modelos al uso. Las escenas de cariño entre la agente de policía Gunderson (McDormand) y su marido son de un realismo prosaico contundente. Y nos gusta.
Frances McDormand, como agente Gunderson y que ganó un Oscar por ello
Así mismo, los pasos que da la protagonista para ir uniendo puntos son tan elementales, como lógicos. Ese sentido común básico, desprovisto de artificios y valiéndose únicamente de una libreta y ganas de resolver el caso mediante preguntas y testigos es un guiño continuo al espectador. Ese trabajo lo puedo hacer yo. La línea para conseguir triunfar frente al mal no es ni larga, ni curvada. Un mensaje aparentemente simplón, pero cargado de todos los matices y vericuetos que un guión bien pensado permiten.
Jerry Lundegaard (William H. Macy) desbordado, como casi toda la película
Por el contrario, y volvemos a la ambigüedad de la que hablamos al principio, el antagonista (un genial William H. Macy) es también un tipo normal. Superado, eso sí,  por las circunstancias y que, desgraciadamente para él, suma una mala decisión tras otra hasta verse continuamente al filo del desastre.

La paradoja de ambos personajes es que no son especialmente diferentes, ni socialmente, ni a nivel intelectual, incluso tampoco en principio moralmente son tan opuestos como podría parecer. Pero los hechos se desencadenan, cada uno juega su papel y al espectador se le queda cara de matizar si realmente lo que está viendo es real o ficticio. De hecho y contrariamente al texto que aparece al comienzo de la película los hechos no son reales. Es una licencia que se tomaron los autores como ironía de tantas películas de serie B que comienzan con ese epígrafe.   
Unas testigos con ganas de ayudar
La película de Fargo fue una imagen fija de una situación ficcionada, con un fondo blanco, inmenso y desolador. Pero llegamos a 2013, cuando el canal Fx le encarga a Noah Hawley escribir una historia que tenga el mismo escenario, con una duración de diez capítulos y que de alguna manera continúe la temática de los hermanos Coen. La empresa, de primeras, se antojaba complicada. Es casi una herejía coger una obra de arte y darle una continuidad, aunque los personajes sean diferentes. Pero Hawley juega con algo a favor, que es la duración de la trama. La foto fija, aunque casi perfecta, podía ser desarrollada hasta tal punto que pareciese un vídeo. Un continuo. Lo malo que tiene el cine es que con una duración a lo sumo de dos horas la evolución de los personajes se antoja complicada o, por el contrario como el quid vertebrador del argumento.
Vendedor de seguros, profesión de riesgo
Por ejemplo, en Fargo el film, el vendedor de coches Jerry Lundegaard es retratado de manera fantástica por William H. Macy. Pero la inseguridad y las vacilaciones del personaje son casi idénticas al principio y al final. No hay recorrido. Al contrario, el Lester Nygaard (un enorme Martin Freeman) de la serie si sufre un cambio, de hecho hasta nada evidente, ni previsible. Esta evolución en los personajes se suma a un universo más rico, con más implicados. Con tramas, subtramas y una deliciosa conexión ante la que sólo cabe cuestionarse si, allá por 1996, los hermanos Coen ya pensaron que ese detalle tendría continuidad. Hilo de orfebre para relacionar ambas historias.
Lester Nyagaard y Lorne Malvo, algo más que un encuentro casual
La doble dimensión de  los hermanos Coen tiene continuidad en la serie con una imagen poliédrica donde el lado oscuro de las personas se ha perfeccionado hasta momentos de absoluto deleite ante la pequeña pantalla. El siempre camaleónico Billy Bob Thornton nos regala escenas con mucho más fondo que la crueldad estúpida (aunque magníficamente interpretada) de Steve Buscemi en la película. Pero cuidado que la maldad tiene muchas caras y los caminos para llegar a ella son misteriosos, ya sea uno un advenedizo en estas cuestiones o un auténtico profesional del mal.
Collin Hanks y Allison Tolman. Las fuerzas del bien. 
Por otro lado, la bondad cándida de Frances McDormand sufre un desdoblamiento en los papeles de Colin Hanks y Allison Tolman. Ambos policías, de lugares y con enfoques distintos, son los encargados esta vez de descubrir qué ha ocurrido. Con Tolman, que da vida a Molly Solverson, nos encontramos al primer personaje neutro de todo Fargo. Como neutro me refiero a un personaje al que asirse por parte del público. Piensa de manera más o menos convencional y reacciona también como se esperaría que alguien normal hiciese. Aún no sé si este faro en medio de tanta transgresión de tópicos es algo deliberado o no. Quizá con ello se acentúan los erráticos actos de los otros protagonistas y quedan más todavía en evidencia las delirantes conclusiones a las que llegan algunos de sus compañeros. Entre estos policías destaca Bob Odenkirk, el brillante Saul Goodman de Breaking Bad, a punto de empezar a filmar su spin off ‘Better call Saul’.

En la serie no disfrutamos de una actuación de José Feliciano, como sí ocurre en la gran pantalla, pero se rodea de actores muy importantes como Keith Carradine, Adam Goldberg u Oliver Platt que elevan el tono interpretativo de unos protagonistas ya de por sí muy notables.
Bob Odenkirk, para cualquier problema legal ¿Si le valió a Walter White?
En definitiva, la serie escrita por Noah Hawley es sobresaliente. Por sí misma y por lo difícil que es acometer esta mezcla entre continuación y homenaje a Fargo, en un género tan complicado como es la mezcla de drama con humor negro. Uno sabe que en algún momento se va a reír, pero no tiene nada claro que deba ser la risa la respuesta a lo que está viendo.      

                  

2 comentarios:

  1. Magnífica critica. Acabo de ver el episodio 1 y la película me encantó

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  2. Magnífica critica. Acabo de ver el episodio 1 y la película me encantó

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